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Sorprende y enorgullece que un nicaragüense sea el autor de una obra con este título. Editada hace siete años en inglés por X-Libris de Filadelfia, Pensilvania, en 2004 apareció en español; pero aún no se ha valorado como merece. Porque --y ésta es su primera singularidad-- quien la escribió pertenece al grupo de coterráneos que Carlos Mántica Abaunza identifica como aficionados excepcionales: Napoleón Alvarado Narváez, leonés de nacimiento, pero arraigado desde muy joven en Managua --donde ha vivido como empresario tenaz y ejemplar ciudadano--. Alvarado Narváez evoca y recrea, siguiendo a Norman Mailer (Noches antiguas) y a Mika Waltari (Sinubé, el Egipcio), la asombrosa civilización construida por la poderosa Persia.

Resulta un fenómeno curioso en nuestro país que gente consagrada a disciplinas profesionales, lucrativas y demás actividades aparentemente reñidas con la investigación literaria --la farmacia, la medicina, la ingeniería, el comercio-- hayan logrado fundamentales aportes al conocimiento y al rescate de nuestras manifestaciones culturales. Bastaría nombrar al propio Mántica Abaunza, un administrador de empresas en el ramo de alimentos, quien ha profundizado como nadie en las raíces del habla nicaragüense. Y, sobre todo, a Salvador Cardenal Argüello, máximo estudioso y difusor de la música nicaragüense en todas sus manifestaciones.

Como el último, Napoleón Alvarado Narváez --cuya firma en la versión inglesa de su obra la redujo a Napp Alva, nombre acertado de acuerdo con el contenido-- es un autodidacta. Pero sus nociones de historia antigua, acrecentadas a través de los años, se remontan a las adquiridas en los felices, transparentes días de su niñez. Por tanto, su ámbito temático no se restringe a su patria, sino que tiende --continuando la tradición rubendariana-- a la universalidad. Más exactamente, se dedica con no poco afán a develar, en forma de novela histórica, el fabuloso Imperio Persa, tan desconocido como cargado de actualidad por los acontecimientos bélicos y políticos que han consternado y conmocionado al mundo, iniciando una época de carácter pre-apocalíptico.


Sin embargo, tal connotación no se advierte en esta obra recreativa, sustentada en las lecturas infatigables y en el deleite artístico de Alvarado Narváez, quien se traslada a Persépolis o Susa, visita los suntuosos palacios de los grandes reyes persas y se emociona con la tenaz persecución de la princesa Roxana por parte de su antiguo guardaespaldas. Fascinado, admira los idílicos Jardines Colgantes de Babilonia, describe al profeta Daniel conspirando a favor de su pueblo y disfruta la vívida noche del festín de Baltazar.

Después, en Egipto, oye al Faraón disertar sobre los poderes esotéricos de las Grandes Pirámides y, sobrecogido, presencia al astuto estratega ateniense Milcíades dirigir a sus decididos hoplitas en la crucial batalla de Maratón.

Para el autor, el Imperio Persa es objeto de una resurrección literaria, aunque fiel a la historia. Su simpatía hacia los personajes que lo forjaron no la oculta: la despliega con gracia y devoción. Y, sobre todo, con rigor tanto descriptivo como estilístico. Por eso optó concebirla y desarrollarla como una novela. La misma actitud animó a Salomón de la Selva (1893-1959), otro nicaragüense universalista y literato de profesión, en su Novela de Dioses y Héroes Ilustre Familia (1954): resumen de la mitología griega, biblia de la sensibilidad y compendio de la sabiduría de Occidente.

Por su lado, Alvarado Narváez obsequia la de un sector de Oriente, mejor dicho el legado cultural de Persia, meseta enclavada entre la Mesopotamia y la India, de un millón seiscientos cuarenta y ocho mil kilómetros cuadrados de extensión y una altura media de 1,300 metros, lo que le proporciona un clima permanentemente templado.

Con estas características, Persia constituyó un vasto ámbito civilizatorio que produjo a Darío I, el primer magno administrador que conociera la humanidad. Según el mexicano Benjamín Arredondo Muñozledo, Darío I demostró ser “el mejor administrador de cuantos jefes de Estado o presidentes hayan existido hasta hoy […] aún cuando posteriormente hubo monarcas o jefes de Estado que fueron buenos organizadores (Alejandro Magno, Octavio Augusto, Adriano, Napoleón, etc.), todos ellos partieron, en mayor o menor proporción, de las mismas directrices que estableció Darío”. No en vano se había coronado Emperador del Imperio más grande --fundado por Ciro-- que hasta entonces el mundo había conocido.

Desde luego, Alvarado Narváez, parte de Ciro, conquistador del Imperio Asirio y de Lidia, país situado entre el Mar Mediterráneo y el Mar Negro, al norte de lo que es hoy Turquía, donde gobernaba el rey más rico de aquellos tiempos, Creso, de cuya incalculable riqueza los griegos construyeron numerosas leyendas.

En la vieja Babilonia, Ciro dejó en libertad a los judíos, sometidos a esclavitud allí desde los tiempos de Nabucodonosor. A partir de Lidia, el mismo Ciro pretendió conquistar a los indomables escitas, sin lograrlo. Subió entonces al trono su hijo Cambises en 529 a. C., quien se lanzara a la conquista de Egipto, lográndolo cuatro años después en la batalla de Pelusio.

Pero no quiero impartir una lección de historia antigua. Alvarado Narváez la ofrece --sin pretensiones doctorales-- en su ameno libro: El ESPECTACULAR IMPERIO PERSA, que se lee con gozo, en virtud de un dominio narrativo y del diálogo oportuno y verosímil. Sin afectación alguna, esta capacidad dialógica es el hilo conductor que integra su prosa efectiva e impresionante. Y no recurro a la hipérbole. En resumen, su autor llena un vacío: el señalado por el historiador Arnold Toynbee, quien en su tabla de resúmenes de las 21 civilizaciones que estudia no es muy explícito sobre esta parte de la humanidad: la civilización iránica, que se fusionó con la arábica, para producir la islámica. No obstante, ya había creado su religión: el zoroastrismo, fundado por Zarathustra.

Por último, sólo quisiera recordar dos hechos: el Persa fue el Imperio más grande que existió antes del Imperio Macedónico (el de Alejandro Magno); y el propio Imperio Romano no hizo otra cosa que aprovechar las tierras dominadas por Darío I. Seguramente, este hecho fascinó a nuestro coterráneo para ilustrarnos con su obra: la segunda aproximación de un nicaragüense a la cultura persa, después del prólogo de Rubén Darío a la clásica Rubaiyat (Buenos Aires, 1914) de Omar-All-Khallan.


El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.