Jorge Eduardo Arellano
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La Habana de los primeros meses de 1959 reflejaba un ambiente de invencibilidad del pueblo, y de confianza absoluta en los dirigentes de la revolución. Fuerza popular y dirigencia revolucionara eran las categorías que se imponían de entrada, como una sola categoría, a la abigarrada presencia de exiliados políticos de todas las latitudes de la tierra, en particular de América Latina y El Caribe.

Y, aunque todos ellos buscaban apoyo de sus principales dirigentes, en particular de Camilo, Almejeira, y probablemente Raúl, a través de Piñeiro; para los exiliados latinoamericanos el Che tenía un atractivo adicional, superior en un sentido al de Fidel, desde entonces héroe-mítico-legendario, con proyección internacional. Precisamente el carisma, la autoridad, y la imagen arrolladora de Fidel los habían convocado espontáneamente a La Habana.

Porque la nacionalidad argentina del Che y su calidad de dirigente revolucionario cubano de primera línea lo proyectaban ante el exilio latinoamericano como su propio héroe-mítico-legendario. No como internacionalista, sino como nacional de la región. Una suerte de símbolo de la revolución pendiente en todos los países americanos, que entonces pocos imaginaban socialista.

Y esta especial imagen del Che se agigantaba entre los nicaragüenses, probablemente mayoritarios en aquel abigarrado exilio revolucionario universal. Tres reconocidos compañeros se referían a él con la misma familiaridad con que lo habían apoyado durante su participación en le Revolución Guatemalteca y su posterior exilio en México: el profesor Edelberto Torres, Rodolfo Romero (testimonio viviente, que reside en Granada), y la doctora Concepción Palacios. Los dos últimos presentes entonces en La Habana.

Pero además de familiar —un sentimiento asumido por todos los nicaragüenses—, el Che fue compañero de lucha, incómodo para una buena parte, que terminó retirándose de La Habana. Porque desde enero de 1959 había sido designado por la dirigencia revolucionaria cubana para atender la revolución nicaragüense. Y aunque sólo muy pocos se relacionaban directamente con él, en el marco de la familiaridad, todos los demás se sentían con derecho a interpelarlo, a cuestionarlo de igual a igual en función de lo que oían de terceros, que también reproducían otras versiones de oídas. Hasta que el Che se hartó.

Entonces, ninguno de nosotros conocía la formación intelectual del Che, ni su capacidad de estudio, ni su espíritu científico; capaz de traducir sus conocimientos en teoría, en todos los ámbitos revolucionarios. Menos aún el compromiso de Fidel de respetar su decisión de llevar a cabo la revolución latinoamericana. Una ignorancia que potenciaba la irresponsabilidad de la mayoría de los nicaragüenses en su trato coloquial indirecto con el Che. Pasaría mucho tiempo para que nos diéramos cuenta de su ya reconocida calidad de adelantado ideólogo revolucionario.

En aquel complejo escenario, tuve el honor de reunirme con el Che por lo menos en cuatro ocasiones. Dos o tres veces para expresarle la inquietud de los jóvenes nicaragüenses alrededor de la marginación-exclusión de que éramos víctima (la excepción habría sido Manuel Baldizón, según algunos afirman); de los rumores acerca de la escogencia del líder del movimiento revolucionario, y hasta de nuestras propias carencias. Y posteriormente otras dos, acompañando a Rafael Somarriba para analizar el fracaso del El Chaparral, advertidamente grabadas por él. Sin duda las transcripciones de estas conversaciones se encuentran en el archivo del Che.

Esta es mi impresión del Che que yo conocí, fugaz pero intensamente: de mirada penetrante, incisiva, inquisidora. Más atento que partícipe de la conversación. Con preguntas oportunas, directas, cuestionadoras; esperando una respuesta convincente, para volver a preguntar. De intervenciones también oportunas, precisas, justas, sin concesiones, jamás halagadoras. Totalizador, nada se le escapaba. Desaliñado. Noctámbulo. Un hombre frío, duro, desconfiado, impersonal; tal como lo exigía la defensa de la revolución, desde entonces amenazada, frente aquella masa de exiliados nicaragüenses, tan desconocidos para él como divididos.

Después de todo esto, en diciembre de 1959 salí de La Habana con un profundo sentimiento de frustración, producto de una nueva y más profunda división en nuestro exilio a raíz del fracaso del El Chaparral, que entonces no pude asimilar; pero también de la decisión cubana de suspender indefinidamente el apoyo a la revolución nicaragüense, comunicada por el Che con el tono demoledor de su personalidad. Salí sin reclamos, es cierto, pero sobrecargado de dudas, desesperanzado. La vida y el estudio se encargaron de resolver las dudas más o menos rápidamente, aunque pasaron casi veinte años para recobrar la esperanza en el triunfo de la revolución nicaragüense.

En todo este proceso de recuperación de la esperanza siempre estuvo presente la revolución cubana, principalmente a través de las participaciones de Fidel y del Che (los otros dirigentes cubanos no solían hacerlo) en los foros internacionales, oficiales y partidarios. Siempre tomando la iniciativa frente a la agresión externa, y siempre refiriéndose a la liberación americana, y en general del Sur. Complemento importante de mi formación ideológica, que sólo empecé a sistematizar con el triunfo de la revolución sandinista. Luego vendría el reencuentro intelectual con el Che, a través de sus obras, y el seguimiento consciente de la revolución cubana.

Escribo esto como un sentido reconocimiento a esa ya larga relación ideológicamente productiva, en memoria de Ernesto Che Guevara, en ocasión de su ochenta aniversario este 14 de junio. Un reconocimiento que hago con un sentimiento pleno de reencuentro con el hombre y la naturaleza, potenciado por la fuerza popular y la dirigencia revolucionaria de la segunda independencia americana. El mismo sentimiento que me embargó cuando llegué a La Habana en los primeros meses de 1959, aunque entonces no hubiera podido definirlo como ahora lo hago.