Por Pramit Pal Chaudhuri
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Cómo han cambiado los tiempos al hombre. El acosado presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, declaró una vez: “No soy para nada un político, no creo estar hecho para la política”. Ocho años después de llegar al poder y exiliar a sus principales opositores civiles, el general está moviendo cielo y tierra para aferrarse a su cargo político.
Si bien se hizo con el poder mediante un golpe sin sangre, había pocas dudas acerca de su popularidad en esos días. La gente estaba cansada de un régimen civil marcado por la corrupción y el caos económico. La franqueza e integridad que demostraba Musharraf resultaron atractivas para el hombre de la calle y le significaron una legitimidad de facto.
El general, que presentaba como su modelo al padre de la Turquía moderna, Kemal Atatürk, también parecía representar una visión acerca de su país que combinaba crecimiento económico y apoyo a los impulsos secularizadores. Sin embargo, con su falta de voluntad para buscar apoyo en las urnas para su régimen y sus políticas, Musharraf logró socavar ambos aspectos. A lo largo de los años subsiguientes falseó plebiscitos, amenazó al poder judicial y pidió apoyo a los partidos islamistas para apuntalar su gobierno. La visión modernizadora del presidente se convirtió en la miopía ansiosa de poder de un dictador.
Musharraf admitió en la televisión este año, "sí, ha bajado mi popularidad". Claramente, no supo comprender que no se trataba sólo de índices de aprobación. El centro político de su régimen se había vuelto vacío.
En marzo sacó de su cargo al presidente de la Corte Suprema, Iftikhar Muhammad Chaudhry, probablemente porque éste objetó el que Musharraf buscara un tercer periodo, cuestionable desde el punto de vista constitucional. Esto terminó siendo el punto de inflexión, generando olas de protestas de abogados y otros grupos en las principales ciudades de Pakistán. Incapaz de derrocar al general por las urnas, el pueblo se volcó a las calles. Las encuestas muestran que el apoyo a Musharraf ha caído a un tercio de la población y que dos tercios se oponen a que busque otro periodo presidencial.
Al mismo tiempo, ha habido una importante erosión del apoyo del principal respaldo externo de Musharraf, Estados Unidos. Después de que se hiciera con el poder, los estadounidenses vieron con beneplácito su disposición a combatir contra Al Qaeda y los talibanes en su territorio, a cambio de grandes flujos de ayuda militar.
El general luchó menos por convicción que por pragmatismo, pero el resultado final fue el mismo. O eso creyó Estados Unidos. Dada la larga relación entre los militantes islamistas de Pakistán y el Ejército, quedó en evidencia que había límites para cuán lejos Musharraf estaba en condiciones de llegar en la "guerra contra el terrorismo".
Hoy Musharraf está desesperado por mendigar, robar o tomar prestada cualquier legitimidad política que pueda obtener, incluida de los dos líderes políticos civiles a los que envió al exilio. Su estrategia más ambiciosa ha sido intentar formar una relación de colaboración con Benazir Bhutto, la jefa de uno de los dos principales partidos democráticos. Inicialmente, Bhutto lo vio como una oportunidad de poner fin al exilio y allanarse el acceso al cargo de primer ministro con un socio políticamente herido. Su primera exigencia fue que Musharraf renunciara al uniforme.

El otro líder civil, Nawaz Sharif, respondió desafiando su condición de exiliado, retornando a Pakistán para ser prontamente expulsado de nuevo. Sin embargo, consiguió socavar el plan Bhutto-Musharraf, posicionándose como el genuino campeón pakistaní de la democracia. Con un solo movimiento, revirtió la dinámica política de Pakistán: estar alejado del dictador se convirtió en algo más valioso que estar cerca de él. No es de sorprender que ahora Bhutto se la esté pensando dos veces acerca de formar una alianza con Musharraf, a quien no le queda más remedio que convertirse en una figura que va tras sus pasos tratando de convencerla de cerrar el trato.
Musharraf, según las declaraciones de su abogado ante la Corte Suprema, planea renunciar a su uniforme después de las elecciones presidenciales indirectas que ha programado para el 6 de octubre. Preparándose para ello, ha reemplazado a los generales de mayor rango con oficiales que considera más apegados a él, obviamente esperando que esto le asegure la lealtad del Ejército, incluso después de salir de la cadena de mando.
Sin embargo, sus opciones se están reduciendo con rapidez. Estados Unidos, preocupado de asegurar la estabilidad en caso de una transición a un nuevo gobierno, se ha mantenido silente acerca de si desea que Musharraf se mantengan como jefe tanto del gobierno como del Ejército. La administración Bush se está dando cuenta, lentamente, de que para que un gobernante pakistaní sea un aliado eficaz contra el terrorismo, debe tener un mínimo de legitimidad. Puede que pronto los dos líderes civiles comiencen a competir uno con el otro para ver quién puede decir que es más anti-Musharraf. Hasta Osama Bin Laden, percibiendo una oportunidad de crear problemas y ganar apoyo popular, ha difundido un vídeo llamando a una jihad contra Musharraf.
Musharraf tampoco puede contar con el Ejército, a pesar de sus nombramientos recientes. Los generales siempre han puesto la institución del ejército por sobre todas las cosas, incluso de líderes procedentes de sus propias filas. Si se convencen de que se está hundiendo, se puede esperar que lo abandonen a su suerte, especialmente si se convierte en un simple civil.

Pramit Pal Chaudhuri es miembro de la Asia Society, Nueva York.

Copyright: Project Syndicate/The Asia Society, 2007.
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