Ricardo Antonio Cuadra García
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La familia Borgia es el arquetipo de la corrupción dentro de las altas esferas del papado. Son toneladas de tinta que de ella se ha escrito y su historia se sumerge en un mar de leyenda abonada por un sinnúmero de versiones de lo ocurrido en el renacimiento. Actualmente se está exhibiendo una película española que nos refresca la memoria sobre las tropelías del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia), pero con una versión que nos aleja un poco de la tradicional historia.
Antes de entrar a analizar esta nueva corriente de la leyenda borgiana, es importante destacar que el apellido correcto es Borja; de origen español e italianizado a Borgia, por el Papa CalixtoIII, Alonso Borgia, tío de Rodrigo.
Las nuevas corrientes de interpretación histórica del período de los Borgia se centran en dos aspectos fundamentales: la exoneración y la victimatización de Lucrecia Borgia, hija del Papa Alejandro VI, y la denuncia de exageración histórica producto de la xenofobia que un Papa extranjero provocaba en la silla de San Pedro.
La imagen histórica tradicional de Lucrecia Borgia es de una mujer frívola y diestra en el manejo de los venenos, tanto materiales como verbales. Una mujer calculadora y por antonomasia malévola y manipuladora. El nuevo revisionismo histórico la presenta como una mujer víctima del ajedrez político de las alianzas estratégicas de su padre. Sus tres esposos fueron escogidos por su núcleo familiar a los vaivenes del la balanza de la geopolítica del papado, quien se debatía con una Italia dividida entre Güelfos y Gibelinos; a favor y en contra del poder del papado.
No sólo Lucrecia Borgia era un peón de la estrategia política de Alejandro VI. Es evidente que Rodrigo Borgia era un hombre de familia y manejaba el papado como patrimonio familiar. Para ello veía a César su hijo, a la sazón general de los ejércitos Papales, como obvio sucesor en el trono vaticano. Por ello repartió velos cardenalicios a diestra y siniestra a nobles leales a la familia Borgia. Cuando Alejandro VI muere envenenado después de una suculenta cena que le diera el cardenal Adriano de Formetto, el conclave cardenalicio lo dominaba César, quien había sobrevivido al festín tóxico.
César Borgia una vez recuperado, manipula a los cardenales del conclave y eligen a Francesco Todeschini Piccolomini, quien se llamaría Pío III. Este traiciona a César y lo manda a encarcelar. Fue grande la suerte de César que el Papa Pío III muriera a los veintidós días de asumir la cátedra de San Pedro.
En su libro “Los siete Borgia” la española Ana Martos nos informa que una vez muerto Pío III, el cardenal Juliano Della Rovere, acérrimo enemigo de los Borgia hace un pacto con César. Juliano Della Rovere ofrece a César el mismo puesto que tenía con su padre a cambio de que éste le consiga los votos que controlaba en el conclave. Sube así al trono de San Pedro, como vicario de Cristo, JulioII el mismo que le hizo la vida imposible a Miguel Ángel cuando pintaba la Capilla Sixtina.
No había terminado de sentarse en la silla de San Pedro cuando el nuevo Papa consumara su traición a César Borgia; se lo entregó al rey Fernando el Católico, quien guardaba gran resentimiento con él por el desplante a su hijo Alfonso de Aragón, muerto en circunstancias turbias, producto de la estrategia de los Borgia para casar a su viuda Lucrecia con el noble Alfonso de Este príncipe de Ferrara. De la cárcel española se fugó César, pero días después murió en una lucha contra tropas españolas.
La nueva corriente histórica que pretende suavizar la historia negra de los Borgia argumenta que el comportamiento de Rodrigo Borgia y su familia no fue nada diferente de lo que hacían los Papas antes y después que él; lo cual es una verdad a medias. Es muy cierto que las intrigas, promiscuidades y asesinatos eran bien frecuentes en el Papado. Para solo poner algunos pocos ejemplos que existen casos hasta de Papas hijos de Papas; Silverio hijo del Papa Hormisdas o Juan XI el hijo de Sergio III. Juan XII quien fue Papa a la temprana edad de dieciocho años se acostaba con sus hermanas y llegó a dirigir un negocio de trata de blancas. Murió en pleno acto de adulterio en el año 964. El Papa Bonifacio VII había ordenado estrangular a su predecesor Benedicto VI; pero como el que a hierro mata así muere, fue asesinado en el 985. También podemos destacar en el parvulario Papal a Benedicto IX, quien con sobornos llegó a la silla de San Pedro a la edad de quince años; pero también perdió el báculo pontificio con el mismo procedimiento. Se sospecha que fue el envenenador del Papa Clemente II.
Esta nueva corriente de interpretación histórica sostiene que los Borgia fueron víctima de las intrigas de la xenofobia hacia un Papa extranjero. Esta campaña en contra de los Borgia fue instigada por Juliano Della Rovere (JulioII), quien acusaba constantemente a Alejandro VI de simonía (compra del papado). No obstante, JulioII tampoco tenía credenciales morales que presentar, pues se sabe que ocultaba sus pies por miedo a enseñar las llagas que le producía la sífilis, consecuencia de su vida libertina y lujuriosa.
Como diría Ana Martos en su libro, para contrarrestar una “leyenda negra” la Iglesia creó una “Leyenda blanca”, en la figura del descendiente de los Borgia, San Francisco Borja; al cual le volvieron a españolizar su apellido y así quitarle el lastre familiar. Se dice que este santo Jesuita fue el que le dio los últimos sacramentos a la famosa Juana la Loca.
Lo cierto al margen de cualquier interpretación histórica es que los Borgia fueron la síntesis de la corrupción del Vaticano. No obstante es importante destacar que estas francachelas Papales fueron disminuidas en los siglos siguientes producto del movimiento de Contrarreforma impulsado por los Jesuitas. Lo relevante de estas historias papales es que paralelo a los desenfrenos de la libido, asesinatos y corrupción, se fueron definiendo los dogmas católicos. Dogmas que todavía persisten y que los creyentes siguen a ciegas por el bien de la Santa Iglesia. El broche de oro de esta historia lo representó el Concilio Vaticano I a finales del siglo XIX; allí definió Pío IX el dogma de la infalibilidad del Papa en materia de fe.
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