Juan B. Arríen, Ph.D
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Mi compañero de trabajo y en el intenso compromiso educativo, Dr. Rafael Lucio Gil, acaba de presentar en la Biblioteca de la UCA su investigación sobre “La cuestión docente en Nicaragua: Desde el pasado y presente, pensando el futuro”, estudio de altísima calidad y actualidad sobre la vida e historia del magisterio en el conjunto de factores que han acompañado y acompañan su situación humana, profesional y laboral.
En el estudio llama la atención un aspecto aparentemente de relleno en el escenario tradicional ocupado por maestros y maestras, pero que el autor visibiliza y exalta con cariño, admiración y amplitud cualitativa, se trata de las maestras y maestros comunitarios.
Platicando con Rafael no sólo le animé a que diese un espacio particular en su investigación a este personaje, en cierto modo inédito, abandonado y a veces considerado como un apéndice en el amplio espectro del magisterio nacional, sino que compartí el criterio de que las maestras y maestros comunitarios constituyen en nuestra historia educativa un tesoro socioeducativo excepcional y una perla de gran valor oculta en una concha poco conocida.
Son 5,600 los preescolares comunitarios que atienden a niños y niñas entre 3 y 6 años en sectores populares, lo que supone atender alrededor del 50% del total de niños y niñas que actualmente demandan formación preescolar. Las maestras y maestros comunitarios suman 7,118 trabajando no precisamente en instituciones escolares formales, sino en casas particulares, centros comunales, iglesias, etc.), generalmente allí donde termina el asfalto y predomina la tierra. Reciben del Estado 500 córdobas mensuales en vez de los 300 recientes a manera de ayuda económica, no de salario con sus correspondientes prestaciones. Hablando con un grupo de esas maestras comunitarias me transmitieron su pensar, sus vivencias, sus experiencias, sus problemas, su abandono y su compromiso social convencidas que su labor silenciosa, tenaz, profunda y popular está colaborando en un proceso de transformación social al sacudir e integrar en este proceso el potencial humano y social de la comunidad. Atienden a niños y niñas pero en ellos activan la presencia y la capacidad de la comunidad asumiendo juntos el reto de mejorar sus condiciones de vida y fundamentar el bienestar de la comunidad a través de un proceso educativo popular en el que se conjugan la movilización, la organización y la participación de la comunidad. Esto significa que de manera muy creativa, local e inmediata hacen realidad algo que incumbe hacer a la educación, crear desarrollo humano para un desarrollo económico equitativo de los sectores más olvidados de la población. Las maestras comunitarias trabajan en las entrañas de las comunidades de sectores populares y retando los problemas concomitantes a su labor, asoma y permanece en sus rostros una alegría profunda, propia de aquellas personas que comparten sus vidas con los reclamos, aspiraciones y capacidades de comunidades pobres ¿Por qué causa en las personas que trabajan acompañando el despertar y caminar de grupos de población pobres hacia su liberación, tanta alegría y un sosiego inmenso de satisfacción que a veces se mezcla con la rabia de sentir tan de cerca la pobreza, las disparidades sociales e incluso la exclusión social?.

Algo muy especial encierra la educación cuando se encarna y toma vida pedagógica, social y compartida con las comunidades pobres pero emergentes hacia un cambio que les ayude a ser personas y ciudadanos plenos.
Quienes hemos vivido activamente insertos en la historia educativa de Nicaragua, conocemos que el embrión y las raíces de los preescolares comunitarios fueron producto de la experiencia educativa popular de la Revolución Sandinista de los años 80’ y del repunte que tuvieron las maestras y maestros populares emergidos de las propias comunidades. Fue tal la solidez y profundidad cultural de esa experiencia educativa que su significado pedagógico, político y social ha posibilitado trascender varios, e incluso adversos, períodos políticos del país, sencillamente porque la modalidad no formal y el compromiso que representa la iniciativa y la participación comunitarias facilita que la educación se aproxime en mayor medida a las expectativas y posibilidades de la comunidad con respuestas compartidas.
En frase de Rafael Lucio “el carácter profundamente solidario y voluntario de sus educadoras y su proximidad y compromiso con la superación de la pobreza de las comunidades hace de ellas un ejemplo importante y más en esta época en la que la educación había quedado atrapada por el mercado”.
Refiriéndose a las educadoras comunitarias como caso atípico y típico en la dinámica social de educación nicaragüense, Rafael Lucio fundamenta así su significado y trascendencia:

- Representa uno de los pocos lazos de continuidad con la experiencia educativa de la etapa de la Revolución en la década de los años 80, en relación a la atención a la niñez de 0 a 6 años.
- En él se expresa un nuevo concepto de escuela íntimamente vinculado a la comunidad y a su problemática y expectativas.
- Conlleva una visión innovadora de la educación en cuanto conecta, de manera muy cercana, con la realidad de la comunidad y sus recursos de aprendizaje, por medio de métodos y técnicas propios de la educación no formal, más cercanos a la realidad de la comunidad y sus condiciones de pobreza.
- Es un espacio educativo en el que se visibiliza la capacidad ética de entrega, solidaridad y responsabilidad para contribuir a estrechar lazos sólidos entre educación y desarrollo humano.
- Rescata y canaliza los principios fundamentales del derecho a la educación y de la protección y promoción de los derechos del niño y la niña con una educación pertinente.