Natalia Popota*
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En días pasados conocimos el Proyecto de Ley orientado al reconocimiento del lenguaje de señas como primera y, al parecer, única forma de comunicación para las personas sordas en todo el territorio nacional.

En un principio, da la impresión que el tema atañe solamente a un pequeño grupo de la población. Pero si tomamos en cuenta que el funcionamiento óptimo del sistema auditivo es imprescindible para el desarrollo del lenguaje –habilidad humana socialmente muy significativa–, el tema del desarrollo comunicativo en condiciones de deficiencia auditiva se vuelve importante para muchos grupos sociales.

La importancia de la escucha adecuada se refleja no solamente en el desarrollo del habla, sino en la adquisición de los procesos de la lecto-escritura. La oportuna educación auditiva previene y corrige múltiples problemas de aprendizaje asociados al procesamiento de los sonidos del habla, su discriminación y análisis.

Biológicamente, los estímulos sonoros recibidos se transforman en la energía neurológica encausada a alimentar el cerebro, mejorando la capacidad de atención, memoria, procesos del pensamiento, trae calma mental y física. Es evidente que la ausencia de los estímulos sonoros provoca al individuo dificultades tanto sociales como biológicas, el sistema auditivo se atrofia y disminuye su capacidad de funcionamiento.

La deficiencia auditiva (leve, moderada o profunda) se adquiere por diversas causas: durante el embarazo, al momento de nacer, en el transcurso de la infancia o incluso en cualquier otro momento de la vida y puede afectar a cualquier persona.

El pronóstico del desarrollo lingüístico en condiciones de deficiencia auditiva obviamente depende del nivel de la pérdida auditiva, no obstante se determina por las oportunidades educativas que brindan los diversos sistemas sociales para el desarrollo comunicativo-lingüístico, especialmente en la edad temprana. La detección temprana, los patrones de crianza lingüística, la eficiencia de los métodos pedagógicos, la afectividad, la aceptación del reto, se vuelven factores determinantes.

Hoy en día, los avances tecnológicos permiten detectar el daño auditivo en recién nacidos y ofrecen medios biomédicos (aparatos auditivos, implantes cocleares) que permiten el mayor aprovechamiento de la audición aún en condiciones de pérdidas considerables. La práctica pedagógica –incluyendo nuestro país– demuestra que en el proceso de la educación auditiva-verbal el sistema auditivo aumenta su funcionamiento y junto con otros procedimientos metodológicos permite el acceso a la adquisición de la palabra.

La experiencia profesional durante los últimos veinte años permite asegurarnos que en la niñez nicaragüense prevalecen pérdidas auditivas parciales (hipoacusia) que permiten el máximo aprovechamiento del sistema auditivo para el desarrollo del lenguaje. Las pérdidas auditivas profundas (sordera) afortunadamente se encuentran en mucha menor cantidad de casos.
Es comprensible que la formación del lenguaje verbal en condiciones de sordera se convierta en una tarea muy retadora, sobre todo en sus primeras etapas. El desafío es aún mayor para las familias oyentes (90% de niños con sordera nacen en familias oyentes), donde la principal forma de comunicación es el lenguaje oral.

La tarea de considerar la satisfacción de esta inminente necesidad educativa especial “desafiar el silencio, desafiar la mudez” también es retadora para los profesionales, para los sistemas educativos y para la misma solidaridad humana. No es nuestra intención prolongar la polarización filosófico-pedagógica entre dos extremos: “cultura de sordos”, que tiende a crear la separación social entre “sordos” y “oyentes”, y el “oralismo puro”, que ignora los grandes beneficios de la comunicación gestual, incluso para el desarrollo del lenguaje verbal.

El conocimiento científico y la práctica pedagógica nos induce a aceptar que el “arte de enseñar a hablar a los mudos” (P. Bonet, 1620) consiste en la combinación dinámica y relación sistémica entre las diferentes formas de comunicación: palabra hablada, palabra escrita, mímica y gestos, lenguaje de señas, dactilología (forma específica del lenguaje verbal que se realiza en el aire con diferentes combinaciones de los dedos) y educación auditiva-verbal.

Justamente la complejidad del proceso educativo y la falta de recursos profesionales y técnicos en nuestro país deberían de ser los puntos de la discusión en la toma de decisiones del proceso legislativo. La Declaración de los Derechos del Sordo reconoce que superando opiniones sobre las posibilidades limitadas de las personas sordas y adoptando medidas encaminadas a un diagnóstico precoz, a un moderno tratamiento, al beneficio de la prótesis acústica, a la libertad de experimentar todos los sistemas y métodos educativos, se puede lograr una total rehabilitación, desempeño individual, independencia social y bienestar comunicativo entre las personas con sordera y oyentes.

La necesidad de intérpretes, planteada en el Proyecto de Ley, es un paso importante para la interacción social, pero son necesarias otras efectivas medidas inherentes a la sordera, encaminadas a la prevención de esta doble discapacidad: auditiva y lingüística.

*Doctorado en Pedagogía Especial con Énfasis en Audición y Lenguaje
Academia de Ciencias Pedagógicas, Moscú.