Jorge Eduardo Arellano
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CAMBRIDGE.- Hace dos años y medio, algunos altos funcionarios del Banco Mundial abordaron al Premio Nobel Michael Spence, para pedirle que encabezara una comisión de alto nivel sobre el crecimiento económico. El problema que se trataba no podía ser más importante. El “consenso de Washington” --la tristemente célebre lista de lo que debían y no debían hacer los encargados del diseño de políticas de los países en desarrollo-- se había disipado prácticamente. Pero, ¿qué tomaría su lugar?
Spence no estaba seguro de ser la persona indicada para esa labor. Después de todo, sus investigaciones se habían centrado en cuestiones teóricas sobre economías avanzadas; había sido decano de una escuela de estudios empresariales, y no tenía mucha experiencia en materia de desarrollo económico. Pero le intrigaba la tarea. Y lo alentó la respuesta entusiasta y positiva que recibió de los futuros miembros de la comisión. Así nació la Comisión Spence sobre el Crecimiento y el Desarrollo, un grupo de célebres encargados del diseño de políticas --incluyendo a otro Premio Nobel-- cuyo informe final se dio a conocer a finales de mayo.

El informe Spence representa un parteaguas para la política de desarrollo --tanto por lo que dice, como por lo que excluye--. Ya no están las afirmaciones llenas de seguridad sobre las virtudes de la liberalización, la desregulación, la privatización y el libre mercado. Tampoco están las recomendaciones uniformes de política ajenas a las diferencias de contexto. En cambio, el informe Spence adopta un enfoque que reconoce los límites de lo que sabemos, resalta el pragmatismo y el gradualismo y alienta a los gobiernos a experimentar.

Es cierto que las economías exitosas tienen mucho en común: todas participan en la economía global, mantienen estabilidad macroeconómica, estimulan el ahorro y la inversión, dan incentivos orientados al mercado y están razonablemente bien gobernadas.

Es útil mantener a la vista estos puntos comunes, porque son el marco para llevar a cabo políticas económicas adecuadas. Decir que el contexto es importante no significa que todo se vale. Pero no hay un libro de reglas universal; en países distintos estos fines se alcanzan de formas diferentes.

El informe Spence refleja un cambio intelectual más amplio dentro de la profesión del desarrollo, un cambio que abarca no sólo las estrategias de crecimiento sino también la salud, la educación y otras políticas sociales. El marco de política tradicional, al que el nuevo pensamiento está sustituyendo gradualmente, se basa más en suposiciones que en diagnósticos.

Comienza con ideas preconcebidas firmes sobre la naturaleza del problema: demasiada (o muy poca) reglamentación oficial, mala gobernanza, gasto público insuficiente en salud y educación y así sucesivamente. Además, las recomendaciones vienen en forma de la clásica lista de reformas y se subraya su carácter complementario --la necesidad de ponerlas en marcha simultáneamente-- y no su programación, secuencia y orden de prioridad. Y está sesgado hacia las recetas universales --arreglos institucionales “modelo”, “mejores prácticas”, reglas empíricas y demás--.

En contraste, la nueva mentalidad de política comienza con un agnosticismo relativo en cuanto a lo que funciona. Su hipótesis es que hay demasiada “laxitud” en los países pobres, de forma que con cambios simples puede haber una gran diferencia. Como resultado, es explícitamente diagnóstico y se centra en los cuellos de botella y las limitaciones económicas más importantes. En lugar de una reforma integral, hace énfasis en la experimentación en las políticas y en iniciativas con objetivos relativamente concretos para encontrar soluciones locales, y llama a dar seguimiento y realizar evaluaciones a fin de averiguar qué experimentos funcionan.

El nuevo enfoque desconfía de los remedios universales. En cambio, busca innovaciones de políticas que proporcionen atajos para evitar las complicaciones económicas o políticas locales. Este enfoque tiene una gran influencia del gradualismo experimental de China desde 1978 --el episodio más espectacular de crecimiento económico y reducción de la pobreza que el mundo ha visto--.

El informe Spence es un documento consensual, y por lo tanto un objetivo fácil para los golpes bajos. No contiene “grandes ideas” propias y en ocasiones se esfuerza demasiado para complacer a todos y cubrir todos los ángulos posibles. Pero, como dice Spence en relación a la reforma económica misma, es necesario dar pasos pequeños para que a largo plazo se note una diferencia importante. Es un gran logro haber alcanzado el nivel de consenso que él ha obtenido sobre un conjunto de ideas, que en ciertos aspectos se apartan considerablemente del enfoque tradicional.

Habla bien de Spence el hecho de que el informe consigue evitar tanto el fundamentalismo de mercado como el fundamentalismo institucional. En lugar de ofrecer respuestas superficiales como “hay que dejar que los mercados operen” o “hay que mejorar la gobernanza”, pone el énfasis, con razón, en que cada país debe diseñar su propia mezcla de soluciones. Los economistas y los organismos de ayuda extranjeros pueden proporcionar algunos de los ingredientes, pero sólo el país mismo puede dar la receta.

Si hay un nuevo consenso de Washington, es que el libro de reglas, se debe escribir en casa, no en Washington. Y eso es un verdadero avance.


Dani Rodrik, profesor de economía política en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, es el primer galardonado con el premio Albert O. Hirschman del Consejo de Investigaciones en Ciencias Sociales. Su libro más reciente es One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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