Jorge Eduardo Arellano
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Al día siguiente de la lectura de poesía que realizaran los poetas Ernesto Cardenal, Claribel Alegría, Vidaluz Meneses, Ana Ilce Gómez, Daisy Zamora, Michele Najlis, entre muchos otros, para Dora María, una amiga mía, y yo, nos reunimos a ver la película Ram, de Kurosawa. A medida que el protagonista enloquecido a causa de haber sido traicionado por sus hijos, se paseaba por la pantalla con el gesto adolorido por la ingratitud y la inmensa pena que de profundis revelaban todos y cada uno de sus gestos, su desolación constituía un gran espectáculo. La pantalla toda era cubierta por entero por ese dolor, y tomas desde lejos abarcaban un paisaje en el que la imagen del protagonista se proyectaba contra una inmensa planicie bordeada de montañas, cuya belleza azuleaba en la lejanía y constituía la medida exacta de las atribulaciones de un rey, desalojado de sus castillos, despojado de sus bienes, muerta su guardia imperial y dejado a merced de sólo dos fieles acompañantes. Absorta en la emoción transmitida por ese protagonista, dije a mi amiga: “ese es el espíritu épico ya desaparecido; encarnación del héroe del que sólo quedan rastros en la pantalla cinematográfica; espíritu humano sublimado en la razón estética”. Y luego, con la misma emoción me oí decir: “eso es lo que encarna la Dora en este momento y sólo nos queda acompañarla, proseguí. Sí, contestó mi amiga, porque ahora ya está tan lejos, ya nos dejó tan atrás que lo único que podemos hacer es ver desde lejos y desde abajo la distancia y altura que hoy, como otrora, en los días de la insurrección, ha cogido respecto a todas nosotras. Sí, asentí, y de ahí en adelante ya sólo vimos a la Dora en ese rey que cruzaba el firmamento fílmico con esa fuerza que imanta y esa voluntad que irradia la fortaleza moral.

Viendo la película, recordamos también el primer momento, cuando la fuimos a saludar. Sentada estaba en su hamaca de colores, bajo una carpa de hule grueso que a su vez amparaba la tenue sombra de un palito. Atrás estaban las tiendas de campaña; a su lado, una amiga. La vi mucho más linda, mucho más joven de lo que parece en las fotografías. Sentí su cuerpo ayunado ya de días y quedé impresionada al darme cuenta de la fuerza que puede trasmitir el control de nuestros propios sentidos y sentires humanos y humorales. “Gracias”, le dije, pensando en todo lo que hablábamos en casa, con los amigos. La gran carestía de la vida que si bien hacía mella en nuestras acomodadas economías, la hacía mucho más, en mucho, en los asalariados cuyos sueldos iban bajando día a día en espiral vertiginosa con los aumentos de 10, 15, 25 y, en algunos casos, hasta de 50 por ciento en un año o menos. Subía también el precio del transporte para ir a su trabajo, cualquier medicina que necesitaran para sus hijos: todo debe ser para ellos apabullante y abismal. Gracias, Dora, por todos los que padecen estas carestías; gracias por los que tienen los horizontes cerrados, por los que tienen prohibida la esperanza a sus descendientes hasta no se cuál generación. Y gracias también por todos aquellos que leemos día a día en los periódicos la recomposición gubernamental en la cual priman dos actores solamente, y cuyos pactos y alianzas refuerzan su poder en detrimento de aquello por lo que globalmente se lucha, por aquello en lo que hemos puesto la esperanza, por la apuesta política que lleva de nombre democracia. Quiero que sepas, Dora, que todos los que aspiramos a una justicia social, todos los que a diario pensamos, hablamos, comentamos y lamentamos los aconteceres diarios te queremos acompañar. Vos representás en este momento las inquietudes, dudas, temores, asombros y alarmas de todos.

Esa noche que te fuimos acompañar nos percatamos que todos estábamos ahí, todos; es decir, todos los que habíamos ocupado puestos administrativos en la década revolucionaria, algunos de nosotros ya mayores de edad --de 60 y algunos ya casi llegando a los 70--. Esa noche nos sentíamos jóvenes, nuevos, alborozados, como que si hubiésemos recobrado una ilusión, un amor perdido, y en chancletas albergábamos la ilusión de haber hecho nuestra la calle. Pero no estábamos solos. Nos acompañaban los jóvenes, el relevo, uno de los cuales marcha, Dora, hasta ahora, a tu paso. Todas las caras perdidas estaban ahí. Nos saludamos con alborozo, con el júbilo de estar juntos de nuevo, en compañía, pero ya sazonados y advertidos. Quizás, decíamos, habría unas 500 personas en el lugar, pero nos habría gustado ser cinco mil o más. Nos sorprendió vernos de nuevo ahí, convocados, todos los que ya maduros hacíamos acto de presencia con la misma actitud que en aquella época habíamos dirigido centros de trabajo empobrecidos y detenido con nuestras propias manos, todos, esa pared que se derrumbaba a ojos vista todos los días. Decíamos que acompañarla era todo lo que podíamos hacer, juntarnos, aunarnos, hacernos uno, un puño, porque tal era ya su estatura que alcanzarla no podríamos. Dora María era ya figura épica, de esas que se alzan una vez más por encima del común en la historia y que hacen renacer de nuevo al héroe, la heroa, la heroína, al sentido de heroísmo, que es lo épico, y que pasan a la historia como ejemplos de una moralidad que representa el sentir de todos y que de pronto se encarna en una protagonista que interpreta ese sentido, que re-presenta.

Dicen que Dora no está en huelga de hambre por razones partidistas; que lo hace por Nicaragua y, como nicaragüenses, sentimos ese sentido de lo moral instaurado en la plaza, en una hamaca, bajo una carpa, a la intemperie, en época de lluvias, a campo traviesa e indefensa ante cualquier tipo de agresión. Pocas veces, conversábamos mi amiga y yo, una figura presidencial puede alcanzar esa estatura que en un instante se eleva por sobre todos y sobre todo para ejemplificar lo posible. Y en nuestro caso, lo posible, repito, aquello a lo que queremos todos apostar no ya sólo en Nicaragua sino mundialmente, es a la democracia que quiere decir que impere el Estado de derecho, que se respeten las libertades públicas, que la palabra ciudadano tenga su propio peso. Así reflexionábamos pensando en las respuestas posibles del gobierno, de la responsabilidad de la presidencia, en cómo estaría viendo el caso y cuál sería la respuesta.

Al medio día del día siguiente, junio 11, supimos todos que le habían negado la personería jurídica al MRS y que con ese acto se cerraban las puertas hacia una de las voces que representa otra alternativa, que abre los espacios a la democratización de Nicaragua. Se trata de acallar la voz; se trata de rechazar el diálogo, de desoír otras razones, de hacer silencio. Sentí que la respuesta fue una bofetada al sentir social nacional, una descalificación, un ninguneo, una lección política de fuerza y no de persuasión. ¿Hemos de entender con eso que el diálogo no es posible? ¿Hemos de convencernos que la opinión pública no cuenta? También, ¿hemos de saber que el espacio cívico se cierra, que la esfera civil se invade y se pisotean los derechos ciudadanos? Porque Dora María es en este momento una vez más un símbolo, un representante de la sociedad. Desoírla, invisibilizarla, rechazar su postura es desoír, rechazar, e invisibilizar a todos los que como ella tenemos las mismas preocupaciones en común. Desoírla, hacer caso omiso de su presencia en la plaza es prender la llamarada, echarle leña al fuego, darle toda la fuerza al silencio, subirle la parada al heroísmo, elevar más su estatura, hacer de ella una insignia, un ejemplo; es abrir públicamente el dossier de aquello que ella acusa y contra lo cual advierte; es levantar el expediente que demuestra, con hechos, en la práctica, el significado de la democracia.

Hablando con mi amiga, estas eran algunas de las reflexiones que nos hacíamos, jamás esperando que la respuesta sería de golpe el desafuero de un partido que nació con el espíritu renovador, apostando a una época de bienaventuranza para todos, después de los errores cometidos y deseando un bienestar para el país que tantos males acosan. Cerrarlo es un revés para todos. Yo me pregunto si todavía es tiempo de rectificar y de sentarse ahora a dialogar, o si el ángel de la historia, enmudecido, será empujado hacia atrás en aras del futuro. Me pregunto si la repetición del trauma es la única lectura posible para esos ojos que al volver la mirará aterida hacia atrás, con horror contemple los despojos de lo sucedido.