Jorge Eduardo Arellano
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He seguido con atención las noticias recientemente publicadas en END sobre la secta “Misión Cristiana Independiente”, a cuyos dirigentes se acusa de cometer distintos tipos de abuso contra miembros de la comunidad, incluyendo niños, niñas y adolescentes.

Si bien aplaudo el esfuerzo hecho por END para informar a la población sobre estos hechos e instar a las autoridades para que tomen cartas en el asunto, encuentro problemático algunos términos empleados en el artículo, que podrían llevar a confusiones.

En los artículos publicados se refieren reiteradamente a la secta como “sadomasoquista”. Este término se refiere a las personas que obtienen placer al provocar y/o al sentir dolor, y que por lo tanto consienten este tipo de prácticas e incluso las buscan activamente.

Al decir que esta secta es “sadomasoquista” se está sugiriendo, aún sin tener conciencia de ello, que las personas que fueron víctimas de los abusos los disfrutaban y accedían voluntariamente a ellos. Es evidente que esto no fue así, puesto que para perpetrar estos hechos los agresores no contaron con un consentimiento válido de las víctimas, sino que se sirvieron de diferentes formas de manipulación.

Términos como violencia, maltrato y abuso, describen de manera mucho más precisa los hechos que se narran en esta serie de artículos, pues se refieren específicamente a situaciones en las que una persona se vale del uso de la fuerza para provocar un daño e imponer su voluntad sobre otros/as.

También encuentro problemático que se describan los actos de violencia sexual cometidos por hombres adultos contra de niños y adolescentes varones como “inducirlos a la homosexualidad”. ¿O es que acaso se dice que las niñas que han sido abusadas sexualmente por un hombre son “inducidas a la heterosexualidad”? Este tipo de expresiones desvían la atención del verdadero problema, que es la violencia sexual, y resultan discriminatorias, pues sugieren que la homosexualidad es un “mal” al que se puede ser “inducido”. El abuso sexual es igualmente condenable, sin importar el sexo de la víctima o el victimario. No se trata de un asunto de orientaciones sexuales, sino de una forma de violencia que debe ser prevenida y sancionada.