Oguer Reyes Guido*
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El nuevo mandatario nicaragüense se debate en una multiplicidad de discursos, la mayor parte del tiempo contradictorios entre sí. Como un viejo zorro de la izquierda ortodoxa latinoamericana, Daniel Ortega trata de jugar un rol político apenas matizado en comparación con su primer mandato en lo concerniente a la actualidad internacional, la cual él mismo no termina de entender en el nuevo contexto geopolítico mundial. Se muestra abiertamente anti-imperialista, crítico de la superpotencia unipolar que lidera el actual orden mundial.

Sin embargo, en su manera de gobernar y en su razonamiento político a nivel doméstico actúa dentro del poco margen que le deja el modelo neoliberal establecido en Nicaragua, el cual utiliza a su favor y a favor de su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, otrora movimiento guerrillero revolucionario devenido en un partido político según la hechura tradicional del modelo nicaragüense.

Ortega en sus discursos evoca a ultranza argumentos que hacen referencia a la Teoría de la Dependencia, misma que él mismo parece desconocer y según la cual se contradice a cada momento en su gestión de gobierno. La Teoría de la Dependencia surgió en los años 60, según algunos de sus teóricos, como Aguilar, afirman que es inherente a la expansión del capitalismo mundial. En lo que respecta a su corriente marxista, algunos teóricos como Marini la definen como una relación de subordinación entre naciones formalmente independientes en la cual las naciones dependientes reproducen la dependencia por medio de las relaciones de producción con los países dominantes.

Según la Teoría Marxista de la Dependencia, América Latina se mueve en un marco de integración subordinada a la economía capitalista mundial. Según esta teoría las economías dependientes transmiten valores y plusvalía a la o las economías dominantes que se sintetizan en el enorme endeudamiento externo de los países de la región latinoamericana. ¿Hasta dónde son ciertos los postulados de esta teoría en América Latina? Definitivamente nuestra región es dependiente, principalmente de los Estados Unidos, tanto desde el punto de vista político como económico. Las constantes intervenciones militares o el respaldo que en décadas pasadas dio Washington a las distintas dictaduras de derecha que ensangrentaron el subcontinente dejaron su huella imborrable.

Por décadas la región latinoamericana fue el campo de batalla de las dos potencias mundiales que se enfrascaron en la guerra fría, misma que en nuestra región no fue nada fría. La debacle soviética dejó el espacio a Estados Unidos para dominar el escenario político y económico mundial. Sin embargo, si el caso hubiera sido el contrario, si hubieran sido los Estados Unidos los que se hubieran derrumbado ante la Unión Soviética nuestra región de todas maneras hubiera seguido siendo dependiente, sólo que ahora de Moscú. ¿En qué cambia este dilema de dependencia la realidad latinoamericana en general y nicaragüense en particular? No mucho en realidad. ¿Es posible distanciarse de las prácticas de dependencia desde el punto de vista económico? Es muy difícil. El principal socio de la región es Estados Unidos, con quien América Latina y principalmente México tiene una estrecha relación de dependencia y de cierta manera interdependencia.

El gran problema de América Latina es la falta de inversión en infraestructura social para reducir la brecha de la desigualdad. No hay desarrollo social posible en estas circunstancias. El desarrollo social va de la mano con el desarrollo económico y la región tiene en estos aspectos muchos problemas para mantener ritmos de crecimiento constantes que le permitan marcar una diferencia.

Las múltiples facetas de la demagogia orteguista nos llevan por momentos a ritmo de bandazos de un extremo a otro. El discurso de Ortega durante la campaña declaraba abiertamente que buscaban un entendimiento con los Estados Unidos; relaciones respetuosas como pregonaba con un perfil moderado. Después de la victoria en las urnas su discurso viró hacia el centro y hacia la búsqueda de dar confianza a los empresarios nacionales y extranjeros quienes alegremente daban a Ortega un voto de confianza. Unos meses más tardes al calor de la situación y a la sombra de su homólogo Hugo Chávez sacaba su rancio arsenal retórico izquierdista confrontativo, hasta culminar despotricando contra los Estados Unidos -el principal socio comercial de Nicaragua- durante su más reciente intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Ortega parece no entender que lo que Nicaragua necesita no es devenir un actor más de un debate político entre socialismo del siglo XXI e imperialismo capitalista global. No porque el debate no tenga importancia, es simplemente que Nicaragua necesita urgentemente resolver otros problemas apremiantes. Nuestro país lo que necesita es recuperar su rezago económico estructural heredado del descalabro de los años 80 para retomar el ritmo siquiera de Centroamérica en términos de competitividad.

Es vergonzoso que en un país tan grande como Nicaragua y con tantos recursos naturales y humanos el ex-presidente Bolaños celebraba en sus últimos meses de mandato que uno de sus "logros " era haber elevado el nivel de exportaciones por encima de los mil millones de dólares anuales, mientras que Costa Rica en ese entonces ya exportaba más de ocho mil millones de dólares según el Informe Mensual de la Situación Económica del Banco Central de Costa Rica al mes de enero 2007, con datos cortados a diciembre de 2006.

No son discursos izquierdistas altisonantes contra el imperio mundial los que van a solventar los problemas de pobreza en Nicaragua. Sólo bastaría el presidente Ortega se viera a sí mismo con un poco más de atención para darse cuenta de su ridícula dicotomía existencial al proclamarse paladín antiimperialista en la ONU y recorrer las calles empobrecidas de Managua a bordo de un lujoso 4X4 de la Mercedes Benz. Qué lejos está el comandante si quiera del ejemplo de Ernesto Che Guevara, que siendo alto funcionario de Estado trabajaba en el sol montado en un tractor en los campos de cultivo cubanos.

*El autor es especialista en Administración Financiera Pública y en Economía Gubernamental por la Universidad Nacional del Litoral, Argentina