Jorge Eduardo Arellano
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Siempre que escucho a Piero me atrapa la nostalgia de que he perdido algo para siempre. En efecto, hace veinticinco años perdí a mi padre, y desde entonces una tristeza infinita se dibuja en mis ojos y salpica mi entorno. Siento que me dejó un legado que no sé si al final de mi vida podré cumplir.

Porque, aunque ustedes no lo crean, era un buen tipo mi viejo. No caminaba lerdo, pero sí lo hacía como si en sus hombros tolerara la insensibilidad del mundo. Murió a los cuarenta años víctima de una cirrosis fulminante, dejando rastros de genialidad y nobleza entre las personas que lo conocían. Era poeta, periodista, pero sobre todo, un gran ser humano. En su corazón cabía todo el mundo, pero él no cabía en el mundo. No hay duda que los méritos hacen desdichados a los hombres.

Por una de esas ironías de la vida, muchas personas conocieron muy bien a mi padre, menos yo. Murió cuando apenas tenía dieciocho años. La primera imagen que tengo de él es la de un hippie rasgueando en su guitarra una canción de Carlos Santana. Recuerdo que esa vez irrumpí en su cuarto, y lo encontré sumergido en la burbuja roquera de los años setenta. Al verme sonrió y me invitó a sentarme junto a él, mientras sus ojos tristes, iguales a los míos, me miraban con una ternura filial. Inmediatamente después de rasguear la guitarra, abandonaba su pose bohemia para convertirse en el padre amoroso que fue, y que no escatimaba tiempo para llevarme al restaurante Lacmiel y luego pasear por la Avenida Rooselvet de la vieja Managua.

Hasta que vino el terremoto de 1972 y mi madre nos llevó a Chinandega esa misma madrugada, en la que mi padre nos sacó en sus brazos de los escombros a que se había reducido nuestra casa ubicada en el populoso Barrio Santo Domingo.

Y así apareció mi padre en mi vida, como un fantasma que iba y venía, que nos saludaba y se despedía. Recuerdo que meses después del terremoto, llegó con Claudia Ashby, la china, a Chinandega, siempre en plan bohemia, con planes de viajar y de vivir la vida loca. Después no lo volví a ver por mucho tiempo, hasta que me di cuenta que escribía artículos de opinión, poemas y que su nombre era un lugar de referencia en la revolución nicaragüense. En 1982, hastiado de la hostilidad, viajó a Cuba con el propósito de curarse para siempre del alcohol, pero éste ya se había apoderado para siempre de él.

Pero, qué buen tipo era mi viejo. Nunca me dijo nada. Contrario a lo que muchos creen, él nunca me indujo a que escribiera. Tuvo un gran respeto por mí, a tal grado que a pesar de que sabía que ya escribía mis primeros pinitos, nunca me sugirió nada. Sólo sonreía con la complicidad de quien le gustaba lo que yo estaba haciendo. Sin embargo, sus actos eran una lección de dignidad, nacionalismo y honestidad. Gracias a sus artículos y poemas comencé a soñar, a pensar en las utopías, a creer en lo increíble, en la magia de la poesía y de la literatura.

Puedo decir, ahora que no lo tengo, que yo no sería lo que soy si él no me hubiera transmitido la pauta. Lo hizo en los genes, los llevo en la sangre. No tuvo tiempo de decírmelo. No era necesario. Escribo, y a pesar de que no soy un escritor profesional, porque esa sangre que llevo dentro se rebela, puja por salir, se agolpa en mis venas, en mi cerebro, y escribe poemas, cuentos, artículos, sueños. Y va día a día construyendo esta vida que se fuga todas las noches.

Por eso, ahora que se acerca el Día del Padre, puedo decir con orgullo que mi viejo era un buen tipo. Y como bien dice la canción de Piero que suena en las radios con desgano y nostalgia, “yo soy tu sangre, mi viejo. Soy tu silencio y tu tiempo”. Gracias por hacerme feliz y duradero el nombre. Hasta siempre.

*felixnavarrete_23@yahoo.com