Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

He aceptado con plena satisfacción escribir sobre Suad Marcos Frech (Managua, 1946), amiga y poeta desde los años sesenta, a quien conocí cuando frecuentábamos la cafetería “La India”, “El Colonial” o “El Lacmiel”, junto a otros poetas y pintores. En ese ambiente era, como lo sigue siendo, palpitante y extrovertida, además de confidente de una novia mía, cuya nostalgia aún nos une (Esperanza), a través de una firme amistad, hoy extendida a mi familia.

Suad es autora de dos libros, de un poemario reciente: “Para que no mueran las palabras” (enero, 2007), que al final comentaré; y de un amenísimo relato autobiográfico, “Desnuda ante mi sombra” (2002), en el cual dio testimonio de su combativa trayectoria política, de su relación extraordinaria con Yaser Arafat (“Él se dibuja en mis noches de fantasía, liberó a mi alma torturada, supo de la injusticia y de mis miedos”), de su inconmensurable entrega maternal. Se trata de un neotestimonio que, salvo una aproximación prologal de Álvaro Urtecho, ha carecido del reconocimiento que merece dentro del desarrollo de ese género renovador de la literatura nicaragüense de las dos últimas décadas del siglo XX.

Porque Suad reconstruyó en ese texto disidente su existencia llena de riqueza vital e intensidad humana como ninguna otra mujer en Centroamérica. Todo en esas páginas apasionadas es auténtico y podría resumirse como un sondeo en su identidad --de recuperación de sus raíces palestinas--, como una denuncia del desgarro y del desengaño de su militancia partidaria, como una proclamación liberadora. Alegra y reconforta este libro de Suad: personaje interesante por sus rasgos gentilicios (físicamente es casi idéntica a “Zoraida” de la telenovela brasileña “El Clon”), que ha sabido contar su “trozo de vida” sin desmesura protagónica, sólo desnudándose ante un verdadero espejo: el de su escritura que no excluye la poesía.

En efecto, su libro contiene inobjetables poemas breves que otorgan mayor conciencia histórica y riqueza semántica a su autora. Yo elegiría, al menos, una media docena de ellos para representarla fielmente en una antología de mujeres-poetas de Nicaragua: “Íngrima como una espiga” la iniciaría.

En cuatro capítulos --deslumbrantes de amor y verdad, denuncia y sufrimiento--, Suad recuerda: “Nunca me sentí cómoda en ningún grupo que reprimiera afanes de libertad. Participaba, colaboraba con la mejor disposición y solidaridad, pero los mitos revolucionarios se imponían en ese tiempo de amistad y traición” --afirma en sus páginas iniciales, titulada “Entrega”, precedida del iluminador prólogo de Álvaro Urtecho (1951-2007).

Éste reconoce en ella a una mujer de inteligencia crítica e insobornable, digna en su persona y protagonista de un proceso “que abrió tantas expectativas y esperanzas en todo el mundo, de todos conocido”.

Urtecho agrega: “En este libro movedizo y metaforfoseante de Suad estamos en Managua, y de repente nos encontramos en un hotel de La Habana o en un hospital de Beirut. De las desgarradas contradicciones de la política nicaragüense a los bombardeos de Beirut, que nuestra escritora experimentó en carne propia. O sea que la memoria no sigue un orden lineal sino circular y en espiral: retorna perpetuamente, va y viene en un flujo continuo”.

Hasta los años noventa, Suad se me había extraviado como un fantasma en el tiempo, en la convulsión colectiva que no perdona, en la temporalidad. Pero en “Desnuda ante mi sombra” se me reaparece, revitalizada, resistiendo a tantos golpes, heridas y maltratos de sujetos en quienes escribió a ciegas e identifica como “Ellos”. Valiente, decidida, decidora, no omite sus nombres propios y apodos; ni oculta los castigos agónicos que la obligaron a un distanciamiento definitivo. Ella confiesa: “desaparecí nostálgica / multiplicada en escombros / desarticulada /quebrada a golpe limpio / en tiempo de olvido”. Y continúa: “Los que me acuchillaron / y carcomieron mi dignidad / me agasajan; / a cambio reciben / mi rencor merecido”, para proclamar: “el valor indestructible de mi palabra /continúa elevado; / la evidencia de estos acontecimientos estremecedores / no lograron debilitar mi fortaleza”.

Ahora en su segundo libro, “Para que no se mueran las palabras” (2007), se presenta como una combatiente del amor y del desamor, como una amadora de la alegría de vivir, como una criatura asistida por la ternura, en fin, como lo que es: una mujer singularísima. Ya lo constatará el lector de su poemario o el narratario de su neotestimonio, como lo ha calificado con acierto Helena Ramos. Yo sólo he penetrado en el atrio de su templo personal, es decir, en su mundo poético.

Sin embargo, quisiera compartir cómo Suad reduce a palabras esenciales sus mejores poemas. El titulado “Soy” es uno de ellos: en él se autodefine en veinte versos con cinco adjetivos (inagotable, humedecida, vagabunda, misteriosa, entristecida) y con --nada menos-- 32 sustantivos: “Soy como el sol / inagotable. // Soy tierra humedecida, / círculo y roca. // Soy vagabunda, misteriosa / paloma entristecida //. Soy existencia, dimensión, / regazo y piedras, / morada de desgracias. // Soy refugio, corazón, / agua, arrecife, / concha, caracol, / sorpresa, sueños. // Soy promesa, eternidad, / ritmo, aventura, especie, olvido, / viento, placer, trópico. // Soy gaviota, / generación, deseo, arena / torrente incontenible, / soy semi-
lla”.

Pero no puedo evitar la transcripción de otro de sus poemas --sin título, y muy breve; once versos--, en el cual emplea diecisiete adjetivos definitorios: “Te amo exacta, / delicada, / candorosa, / sincera, / desprevenida. Te amo esplendorosa, / arrebatada, / ardiente, / vertiginosa, / salvaje, / rotunda, / y posesiva. Te amo maravillada, / inducida, / consagrada, / mágica, / nostálgica, / inagotable te amo”.

jarellano@bcn.com.ni