Jorge Eduardo Arellano
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¿Se vale también para los artículos poner aquello de “Sólo para Adultos”? Si es así, éste es uno de esos, porque voy a hablar de los orgasmos (con perdón).

Hace tiempo, en una de las comunidades rurales afectadas por el Mitch, una amiga psicóloga trabajaba en unos colegios, dando talleres y charlas a un grupo de madres cuyas familias y tierras se habían roto tras el paso del huracán.

Los temas de esas charlas los proponían las mismas mujeres, y un día les tocó hablar de sexo. La psicóloga les expuso una dilatada presentación sobre las maneras del placer y las rutas para lograr lo que ella llamaba “un buen orgasmo”. Con dibujos y movimientos de simulación, les representaba las posturas de la pareja, y el buen hacer en el momento de las relaciones, los imprevistos que podían sobrevenir y cómo superarlos para que ese momento se convirtiera en un juego regalado de amor en que se intercambia el placer, sin entrar en detalle en otras cosas.

A lo largo de la charla todas las mujeres miraban fascinadas en silencio, y después alguna se atrevió a contar sus propias variaciones para el juego. Y poco a poco, cada una agregó más chile a la conversación, y se fueron soltando, diciendo lo que les gustaba y lo que no de aquel juego. Lo extraño, o lo que sorprendió a mi amiga, es que sólo se referían a los principios de todo, es decir, a la prenda con la que sabían que esa noche atraerían a su pareja, o a cómo se dejaban hacer. De lo que venía después no hablaban.

Al terminar el taller, una mujer se le acercó por la espalda a la psicóloga, y en voz bajita, le preguntó: “¿Qué cosa era esa del orgasmo?” y cómo se sentía. Mi amiga se desvivió en tratar de encontrar las mil palabras para expresar el sentimiento, pero imagino que la mujer de la comunidad se quedó más con el gesto de ella: la redondez del rostro y la abertura o cerrazón de los ojos por encima de cualquier palabra. Fue suficiente para entender que de alguna manera aquel misterioso placer se le había estado ocultando durante mucho tiempo, y aquello empezaba a parecerse a una traición. Después, la mujer le dijo una expresión que nunca he olvidado: “Es que mi marido ya no me usa”.

Y este tipo de expresiones tan explícitas, junto a otras que quieren decir lo mismo, aunque eufemísticamente, son la evidencia de un despropósito, de una enorme injusticia que se mama desde pequeño. No estoy hablando de la falta de un placer, sino de la absoluta humillación que hay detrás del robo de la posibilidad de sentirlo, el increíble abuso de un ser que se goza en otro como si fuera una cosa, convirtiendo el sexo en un sinsabor.

Desde chiquito, recuerdo que mi mamá, al levantarnos o terminar de comer, le decía a mi hermana que le ayudase con todas las tareas de la casa, mientras mi hermano mayor y yo podíamos irnos a jugar. Fue hasta muy tarde que supe de la melancolía con que los ojos de mi hermana miraban la libertad de la que nosotros disponíamos. No me extraña que el sentido de sacrificio de una mujer sea mucho más duradero que el del hombre, probablemente porque desde siempre ha sido así.

Y no es de extrañar tampoco que cuando el abuso llega más lejos, tan lejos como a los niños, el silencio, en muchos casos, el silencio de una mujer, excusa eso que algunos llaman “un mal de hombres”, “que ni modo, qué se le va hacer”. Cuando se dice esto, cuando ocurre esto, la opresión, la anulación del que sufría el poder del otro es casi completo. Y para romper ese círculo de poder sin utilizar la violencia, hay que tener la serenidad de un santo, o descubrir una suavidad diferente.

Por ejemplo, la suavidad de una vez, en aquellos talleres que las mamás recibían en el aula de sus hijos por la tarde. Mi amiga les animó, después de una larga charla técnica, a darse masajes nuevamente. Dividió a las mujeres por pareja y una a otra iban siguiendo las orientaciones, copiando el recorrido de las manos por la espalda de la otra. Después de una hora en aquella relajación, algunas comentaron que era la primera vez que le sobaban de esa manera. Y la mujer de la pregunta, se le volvió a acercar calladita a mi amiga, y le dijo con una sonrisa intencionada y con los ojos brillantes: “Creo que ya lo sentí”. “¿Cuándo?”, le preguntó mi amiga. “Ahorita, con el masaje”, le contestó. Y las dos se llevaron el dedo a los labios contagiadas de risa, pactando que se guardarían el secreto. Al parecer, una de ellas no lo cumplió.

En Nicaragua, la negación del placer de unos a otros, o la explotación durante demasiado tiempo se ha silenciado. Es un abuso de poder y de todos los sentidos. Se ha callado, consentido, y lo peor de todo, olvidado, dejándolo morir en los rumores de puertas adentro y afuera. Está en todas partes, como si detrás de ello hubiera una condena bíblica, que a algunos le conviene que siga existiendo. No hay poder si no hay miedo.

No sé a ustedes, pero a mí me parece que esto es una de las heridas más hondas de nuestros pueblos, de las de gran calado, difícil. Pero al mismo tiempo, tenemos que contar otra historia, explicar que siempre existe una primera vez, en que uno descubre que también es posible recibir el placer y tener derecho a una pizca de felicidad, aún en medio de la dureza, el silencio y la falta de toda esperanza en algo mejor.

Siempre hay una primera vez, aunque sea de viejos, para saber y conquistar el espacio de la libertad que nos concede la vida, al menos antes de la muerte. Y entonces se le mira al miedo a la cara, y se le desprecia ahí no más, porque ya uno es como más grande. No hay cosa comparable a eso. Es el primer placer consentido. La primera libertad. La primera rebelión. “Quien lo probó, lo sabe”.

franciscosancho@hotmail.com