Jorge Eduardo Arellano
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LONDRES
El senador John McCain, candidato presidencial por el Partido Republicano, ha llamado a la creación de una “Liga de democracias”. Este nuevo grupo internacional poseería una formidable capacidad militar, basada en parte en la OTAN y en parte en una “nueva asociación cuatripartita por la seguridad” en el Pacífico entre Australia, India, Japón y EU. Por supuesto, ni Rusia ni China estarían invitadas: de hecho, McCain desea excluir a Rusia del G8.

McCain argumenta que la Liga es necesaria porque en asuntos vitales para los Estados Unidos, como combatir el terrorismo islámico, la intervención humanitaria y la propagación de la libertad, la democracia y los mercados libres, Estados Unidos y sus socios democráticos deben ser capaces de actuar sin permiso de las Naciones Unidas (es decir, de Rusia y China). En otras palabras, la principal finalidad de la Liga es marginar a Rusia y China de los asuntos internacionales.

La crítica más demoledora al plan de McCain es que iniciaría una nueva Guerra Fría entre Estados caracterizados como democracias y autocracias. Esto no sólo es peligroso, sino también incoherente. Rusia y China no “amenazan” al “mundo libre” con una potente ideología y enormes fuerzas armadas, como lo hicieron durante la Guerra Fría. Más aún, las democracias del mundo se encuentran divididas acerca de cómo enfrentar el terrorismo islámico o el genocidio en Darfur: después de todo, fue Francia el país que impulsó la oposición en el Consejo de Seguridad de la ONU a la invasión estadounidense a Irak.

Además, en problemas como el terrorismo, la proliferación nuclear y el cambio climático, Estados Unidos necesita la ayuda rusa y china. Estigmatizar a Rusia y China como parias no los hará cooperar. (China debe aprender a comportarse de manera “responsable”, declara McCain con abismal condescendencia.) De hecho, en su mayor parte Rusia ha colaborado con Estados Unidos en la “guerra contra el terrorismo”.

Finalmente, la idea es impracticable. Uno no puede imaginarse a India o Brasil estando dispuestos a ser parte de una coalición de esas características. Así es que, nos ahorraríamos un montón de problemas si la “brillante” idea del McCain se archiva lo antes posible. Sin embargo, tras ella hay una propuesta seria que el ex primer ministro británico, Tony Blair, a menudo expresó con elocuencia: “las democracias no luchan entre sí, de modo que si todo el mundo fuera democrático, dejaría de haber guerras”.

Supuestamente, la Liga de Democracias de McCain tiene la intención de acercar a la realidad el sueño de Immanuel Kant de una paz perpetua, al presionar a los Estados no democráticos a que cambien sus métodos, por la fuerza si es necesario.

Dejemos de lado el hecho de que las iniciativas para hacer florecer la democracia han caído en una parálisis sangrienta en Irak y Afganistán. ¿Es cierto que las democracias nunca luchan entre sí? La respuesta afirmativa parece depender de dos afirmaciones distintas.

La primera es que las democracias nunca han luchado entre sí, en términos del registro histórico. Esto es cierto para un grupo más bien pequeño de países ricos (India es la excepción parcial), principalmente de Europa occidental y sus ex colonias, desde la Segunda Guerra Mundial. Más aún, son “nuestro tipo” de democracia: democracias constitucionales que contienen todas las características que damos por descontadas en los sistema occidentales modernos, no en las “democracias islámicas” como Irán. Una generalización razonable a partir de esta muestra más bien pequeña, es que “las democracias constitucionales y prósperas tienden a vivir en paz entre sí”.

La segunda afirmación es que estos países viven en paz porque son democracias. Pero, ¿es la democracia lo que les ha dado paz y prosperidad, o es la paz y la prosperidad las que han generado la democracia? ¿Es la democracia lo que ha mantenido a Europa en paz desde 1945, o es el largo periodo de paz desde 1945 el que ha permitido que la democracia sea norma en Europa?
El mundo ya tiene una institución encargada de mantener la paz. La ONU se creó según reglas ideadas para que Estados de diferentes colores políticos pudieran convivir. Los miembros aceptan la obligación de no usar la fuerza a menos que sea en autodefensa o a que así lo autorice el Consejo de Seguridad.

Estados Unidos siente frustración por no poder hacer que la ONU siga sus intereses, pero esta organización existe para proteger a todos los Estados frente a comportamientos que hacen caso omiso de las leyes, incluidos los de Estados Unidos.

Al pasar por alto implícitamente a la ONU y dividir el mundo en dos campos armados, la Liga de las Democracias aumentaría el peligro de que estallen más guerras.

El mundo también posee ya un mecanismo de promoción de la prosperidad. Se llama comercio. En 1994 se creó la Organización Mundial de Comercio, para liberalizar el comercio según reglas acordadas. Está lleno de fallas que es necesario corregir, pero no necesitamos que una Liga de Democracias lo haga.

Al someter las relaciones comerciales a embargos, sanciones y pruebas de democracia, estándares medioambientales y derechos humanos, es probable que la Liga retarde el crecimiento del comercio y, por tanto, la posibilidad de que los Estados no democráticos pobres alcancen los niveles del resto.

La única finalidad de la Liga de Democracias parece ser legitimar el
que las democracias inicien guerras... ¡para promover la democracia! Éste es el meollo del mensaje de McCain. Como él mismo lo expresara, Estados Unidos fue creado con un fin: servir “principios eternos y universales”. Su tarea encomendada por Dios es crear “una paz global y duradera, basada en la libertad,
la seguridad, la prosperidad y la esperanza”.

¡Noble retórica! Pero si ese es el propósito de la Liga --y no veo otro distinto--, entonces es un peligro para la paz, porque sus partidarios creen que no es posible una coexistencia de largo plazo con los Estados no democráticos.

Se trata de una idea loca y poco fundada en la historia. Depende de las castigadas naciones de Europa Occidental, que en términos generales comparten los valores estadounidenses, pero han aprendido algo de paciencia política, el poner riendas a la fantasía estadounidense de rehacer el mundo a su imagen y semejanza.

Soy un firme partidario de promover la democracia al estilo occidental, pero no a costa de hacer del mundo un lugar más propenso a las guerras. La coexistencia pacífica entre diferentes sistemas políticos es un objetivo que se puede lograr, y al que todas las principales potencias del mundo pueden adherir.

Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, es profesor emérito de economía política en la Universidad de Warwick, autor de una biografía del economista John Maynard Keynes que ha sido premiada, y miembro de la junta directiva de la Escuela de Estudios Políticos de Moscú.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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