Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

«…Y entonces quedaron dos». Ya sabemos que Barack Obama o John McCain será el primer Presidente de los Estados Unidos de la próxima fase de globalización. Sea quien sea, será el primer Presidente de los Estados Unidos cuya política económica extranjera estará dominada desde el primer día por una transferencia fundamental del poder económico desde el Oeste hacia el Este y el Sur. El mundo atlántico ya no es el centro del universo económico, pues éste ya no tiene centro. Como interpreten este hecho los actuales senadores McCain y Obama, tendrá importancia para todos nosotros.

La retórica proteccionista y contraria al comercio internacional que ha podido escucharse en las primarias presidenciales de EU, es sintomática de que muchos estadounidenses ven el cambio económico mundial en términos de «suma cero»: Asia sube, nosotros bajamos. Las desigualdades económicas se reducen entre los países, mientras aumentan en nuestras propias sociedades. La globalización ya no es algo que infligimos, sino algo que nos infligen. Cada vez más europeos lo ven también así.

Nadie pone en duda que la globalización tenga facetas negativas, pero la apertura de los mercados y la integración económica que posibilitan la globalización, siguen siendo, con mucho, las mejores herramientas de que disponemos para aumentar el bienestar económico en el mundo, lo cual, a su vez, constituye un aporte esencial a la estabilidad global.

Únicamente unos Estados estables y que cooperen entre ellos podrán hacer frente a la futura escasez de recursos como la energía, los alimentos y el agua.

Durante sesenta años, los EU han suscrito el internacionalismo económico con su propia apertura. Una crisis de confianza de los estadounidenses en la globalización podría hacerla descarrilar. La llegada de India y de China al estatus de superpotencias exportadoras no va en contra de los intereses estadounidenses y europeos, mientras sigamos invirtiendo en nuestra competitividad económica y concentrándonos en nuestros puntos fuertes. De hecho, el crecimiento de estas economías es actualmente una fuente esencial de la demanda en todo el mundo, de la que no somos los últimos beneficiarios: son los mercados de más rápido crecimiento para los productos que fabricamos y vendemos. Desde hace diez años, los productos que importamos de esos países a precios competitivos hacen posible que el europeo y el estadounidense medio se beneficien de unos precios razonables y de una inflación contenida.

En realidad debería preocuparnos más el posible fracaso de los países en desarrollo que su éxito. Si se detuviera el crecimiento de los países en desarrollo, en particular el de China, el mundo sería más pobre y menos estable. Incluso aunque no fueran moralmente reprobables, los intentos de contrarrestar el empuje de los países en desarrollo dañarían nuestros propios intereses económicos y políticos.

En vez de preocuparnos por una disminución relativa de nuestro peso económico, o de retirarnos de nuestros compromisos internacionales, los EU y Europa debemos concentrarnos en renovar las instituciones mundiales necesarias para mantener la unidad de esta nueva y compleja constelación de países en el transcurso de los difíciles debates sobre el cambio climático, la seguridad energética y el comercio.

Tenemos que adaptar estas instituciones (las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional) para que las economías emergentes tengan posibilidad no sólo de ejercer sus derechos, sino también de asumir sus responsabilidades.

El problema es que en este momento, cuando más necesitamos las herramientas del internacionalismo económico, nuestra propia política ha comenzado a evolucionar en sentido opuesto. El nacionalismo económico es síntoma de un problema más profundo. No podemos dar forma a la globalización sin abordar las causas profundas del proteccionismo. Debemos actuar contra la inseguridad económica y la desigualdad en nuestras propias sociedades. El proteccionismo comienza en la cartera.

Los estadounidenses y los europeos podríamos alegrarnos de que la globalización esté reduciendo las desigualdades entre los países, pero estamos más preocupados por el riesgo de que aumenten en nuestras sociedades. Si queremos mantener abiertas nuestras economías, tenemos que establecer un contrato social que proteja contra la inseguridad económica y la desigualdad en nuestras propias sociedades.

Es un mito político profundamente enraizado, especialmente en los EU, que la globalización sea incompatible con el Estado de bienestar activo. Los datos de la OCDE de los últimos veinte años ponen de manifiesto que los Estados de bienestar fuertes que han fomentado la flexibilidad del mercado laboral, altos niveles de educación y reciclaje profesional, y ayudado a las mujeres y a las personas de edad a seguir en activo, se han preparado para la globalización mucho mejor que los demás. Los Estados más competitivos de la OCDE también tienen altos niveles de gasto en bienes públicos y no dudan en ayudar a sus ciudadanos a afrontar los mayores riesgos económicos de la vida, en particular el desempleo y la atención sanitaria.

Los países escandinavos y los EU se han beneficiado de modo similar de la globalización en términos de riqueza y de competitividad, pero han distribuido esos beneficios de manera muy distinta.

¿En qué cultura política es más sostenible la globalización? Uno de cada diez suecos piensa que la globalización es mala para su sociedad, mientras que cinco de cada diez estadounidenses lo piensan.

Esto no constituye un desafío únicamente para los EU: muchos modelos sociales europeos aún no superan esta prueba. Los progresistas de EU y de Europa han de desempolvar los argumentos del New Deal en favor de que los Gobiernos ayuden a sus ciudadanos a funcionar en economías abiertas, en vez de dejarlos desprotegidos. Estado protector no es sinónimo de Estado proteccionista.

Europa y los EU tienen una capacidad mucho mayor de seguir beneficiándose de la globalización de lo que queremos reconocer. Y tenemos mucho más que perder de lo que a veces nos imaginamos si nos alejamos de la apertura.

El mundo tiene que transmitir este mensaje al Presidente Obama o McCain: la globalización necesita a los EU, los EU necesitan la globalización.

*El autor es el Comisario de comercio de la UE.