Jorge Eduardo Arellano
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Igual que la historia, que ellos mismos hacen, el comportamiento político-ideológico de los hombres no es lineal. Avanza y retrocede, tiene flujos y reflujos, y hasta cambios abruptos aparentemente inexplicables. Una recurrencia que tiene que ver fundamentalmente con el manejo de la coyuntura, con la superación de contradicciones. Porque finalmente la historia es el registro de los cambios estructurales.

El devenir histórico, en efecto, es el fiel reflejo de las luchas populares por cambiar la coyuntura, por transformarla, por superar las contradicciones; por modificar sustancialmente la organización social actual o pasar a otra, o para saltar de un estadio histórico a otro superior. Una lucha larga. Porque vencer a las fuerzas establecidas, el estatus quo, no es fácil. Principalmente porque esta lucha siempre trasciende las fronteras nacionales.

Una lucha que se complica porque interviene en ella la percepción humana, sobre todo a nivel dirigencial. No siempre en sintonía con la coyuntura, que sigue su curso con tiempos distintos a los de la vida cotidiana. A veces mucho más prolongados y otras mucho más cortos de los percibidos por el individuo. Más aún, en general son muy pocos los dirigentes que perciben con nitidez el momentum del cambio histórico.

Porque la percepción humana es un proceso psicológico complejo. Siempre subjetivo, a partir de las características personales y de las condiciones materiales. Un proceso activado por las circunstancias. Entre más radicales más activantes, como es el caso de los grandes cambios sociales. Una reacción instantánea, inconsciente, que pronto deriva en convencimiento, en nueva orientación, en cambios abruptos.

En Nicaragua, por ejemplo, la derrota electoral del gobierno revolucionario, que coincide en la historia con el estrepitoso derrumbe del socialismo real, produce percepciones diferentes en los miembros de la dirigencia del Frente Sandinista y los cuadros asociados, fracturándola en dos grupos. Uno de ellos, cuantitativamente mayor pero inorgánico, principalmente intelectual o de formación intelectual; y el otro más pequeño, orgánico, ideológico o de formación ideológica. Aunque ambos tienen en común haber recibido bienes materiales después de la derrota electoral, inclinando la balanza hacia las características personales como activante de la percepción.

El primero percibe la conjunción de la derrota electoral y del derrumbe del socialismo real como el triunfo definitivo del capitalismo neoliberal, el fin de la ideología como fundamento de las luchas sociales, el llamado fin de la historia. Y el otro la percibe como causa obligada para la readecuación de la lucha revolucionaria; un proceso complejo, integral, pero consciente, que abarca la reorganización partidaria, la reformulación de socialismo, la reestructuración del internacionalismo: todo lo relacionado con la revolución, nacional, regional y mundial
Conforme a esta nítida diferencia de percepción, convertida entonces en convicción, este último toma la decisión de continuar la lucha por la revolución de orientación socialista, aunque asumida con distinto niveles de compromiso por sus miembros. Mientras que el otro desarrolla un proceso de simbiosis política natural con la derecha, primero con cierto pudor revolucionario, y luego abiertamente, hasta lograr identidad ideológica.

Una simbiosis que se da en dos etapas, muy erráticas en términos políticos. Durante los primeros once años con espíritu triunfalista, profundizando su percepción-convicción del triunfo del capitalismo mundial, del término de la lucha revolucionaria en América, de que el Frente Sandinista orgánico jamás regresaría al poder, y hasta de la caída de la revolución cubana. Y los otros seis, desde principios de este siglo, con espíritu de confrontación, organizándose abiertamente como fuerza política diferente, para dar la batalla desde la otra acera, pero reivindicándose como sandinista.

Porque, entonces, se da un profundo cambio político-ideológico en la región, el inicio de un nuevo e impetuoso período de luchas por la segunda independencia americana. Un cambio que también coincide con otro gran giro de la coyuntura universal: la debacle provocada por el unilateralismo norteamericano. Sin embargo, el grupo simbiotizado no rectifica. Por el contrario, respalda a Washington en nombre de la modernidad, y se asocia con el Norte en la campaña por dividir el movimiento neoindependentista americano entre izquierda moderna e izquierda atrasada, calificando a esta última de dictadura, y donde obviamente incluyen al actual gobierno del Frente Sandinista.

La percepción-convicción del sandinismo de base ha sido diferente. Durante los diecisiete años de neoliberalismo expresó su voluntad de continuar la lucha por la revolución de orientación socialista, tanto a través de la lucha cotidiana como de las urnas, demostrando consistentemente su rechazo a la dirigencia y cuadros del grupo simbiótico.

Además, actuando en consecuencia, la base sandinista se asoció espontáneamente pero en términos ideológicos con los otros pueblos americanos, inmediatamente después de que irrumpió la lucha por la segunda independencia a principios de este siglo. Refirmando así su percepción acerca de la vigencia del flujo revolucionario iniciado en Nicaragua hace más de treinta años, que por cierto muy pocos pretendidos dirigentes percibieron.

Pero, como ya se dijo, con independencia de los objetivos estratégicos de cada fuerza, las luchas políticas giran alrededor de la coyuntura. Una verdad mucho más visible en el adversario que en la fuerza que controla el poder. Y ahora el adversario, en Nicaragua y en el Sur, es Washington-derecha, en un momento de crisis estructural del capitalismo que el Norte pretende superar profundizando su dominación sobre el Sur.

No resulta extraña en consecuencia la intensa guerra mediática del Norte en contra de las políticas públicas de los gobiernos revolucionarios y progresistas de la región; y en Nicaragua en contra del Frente Sandinista. En contra de la izquierda revolucionaria y a favor de las fuerzas de derecha que incluyen la llamada izquierda moderna.

La historia pronuncia la última palabra, es verdad. Pero esta última palabra siempre es consecuencia del manejo de la coyuntura, de su acierto o de su fracaso, con fuerte incidencia del aspecto subjetivo. Siempre en función de la correlación de fuerzas a nivel mundial. Una verdad universal, pero más necesaria para las fuerzas revolucionarias y progresistas que luchan por el cambio. Porque a pesar de su orientación natural hacia un mundo mejor, la historia no es determinista.