Jorge Eduardo Arellano
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Se ha logrado contabilizar, la deuda es aún mayor: U$ 25 millones de deuda del Gobierno a los caficultores. La cantidad estimada es de U$ 40 millones. Como es una tarea imposible reembolsar a cada cafetalero lo que el Estado le obligó a pagar de más, la manera más explícita y contundente es la de liberar al conjunto de cafetaleros endeudados aplicando a cada caficultor proporcionalmente la deuda total del Estado para sanear a cada uno su deuda. No hay que olvidar que de manera unívoca el entonces Banco Nacional de Desarrollo suspendió a medio camino la entrega de los fondos a que se había comprometido para la renovación de los cafetales. Se trata de una deuda inducida por el propio Gobierno. Es necesario, sin embargo, que el Gobierno reconozca la deuda real y no la nominal, y busque una solución nacional a largo plazo.

Según las estadísticas del Centro para la Promoción, la Investigación y el Desarrollo Rural y Social (Ciprés), los pequeños y medianos productores de café en 2004 producían el 65% de este rubro, y generaban el 25.4% de la producción nacional y forestal. En cuanto a la generación de divisas netas, contribuían con U$ 107.90 por cada quintal de café exportado. El número de productores pequeños y medianos permanentes en la tarea de producir café era de 40.440. Estas cifras son elocuentes.

La mayoría de los productores manifiestan dificultades extremas que se traducen en faltas profundas de liquidez. No se trata de unos cuantos, sino que de todos. Dado que éste es el caso, algo anda mal en la política del desarrollo agropecuario de Nicaragua. ¿Existe una estrategia?
De no cancelar esa deuda se producirá una concentración de la tierra en pocas manos, pues las grandes empresas aprovecharán para comprarla a guate mojado. Se trataría de una reforma agraria a la inversa vía el capital financiero. Los asuntos privados, que abarcan en toda su magnitud por su valor multiplicador la vida privada de todos los nicaragüenses, como es el caso de la caficultura y la ganadería, es un asunto nacional que hay que resolver con la participación de todos.

La solución debe abarcar también a los productores que para sobrevivir se vieron obligados a recurrir a bancos o financieras privadas. Las tasas de interés son monstruosas, y los plazos lo suficientemente cortos como para guillotinarlos.

De no encontrarse una solución a corto plazo, particularmente los caficultores del norte del país se verán obligados a batir los tambores de guerra.