Edwin Sánchez
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Un niño se encuentra en una parada de buses de Managua. Ocupa la banca metálica cual pequeño emperador. En vez de un racimo de uvas, disfruta de un refresco en bolsa plástica. Casi a su orilla, los barrenderos municipales se empecinan en asear una ciudad que detesta la limpieza.

Ahí está el carretón con parte de los desperdicios que la gente va acumulando en segundos de plásticos, minutos de lata, horas de inmundicia, días de porquerías, años de repugnante tradición.

Somos un país que lanza y danza en la basura a la velocidad de la luz. En la capital, 1.3 millones de habitantes producen 82 toneladas métricas de desperdicios sólidos por día. Y la mayor parte los tira donde les da la prisa, el antojo, ¿su cultura?, el yo-que-pierdo.

El menor, tendido su cuerpecito con cierto aire imperial, no ve el esfuerzo de aquellos trabajadores de la comuna. La verdad, nadie los nota. Son invisibles. Tampoco los ven los viejos que viajan en los buses ni los encorbatados, mucho menos los que pululan en las villas miserias o la minoría política, magistrados incluidos, que se dan el lujo de interpretar el papel de adorno costoso de nuestra democracia.

La basura es tanta que no se ve el resultado de los esfuerzos municipales. Más bien, pareciera que la ciudad y la mayor parte de las urbes de la nación fueron trazadas en medio de un botadero. Son las modernísimas basurbes. Ahí vivimos. Así las hicimos.

El concepto de país, en la vía práctica, que es la vía pública, no llega a lo que los pensadores y patriotas han conceptuado. El basurbano apenas se enorgullece de que Nicaragua sea el país de lagos y volcanes, porque propone el resultado de su propia geografía humana: la de de los cerros de basura, montañas de suciedades y los cloaca-lagos.

Hace falta convicción ciudadana para abandonar las costumbres de ser un basurbano de tiempo completo. Duele decirlo, pero, ¿no ve con qué facilidad la mayor parte detesta los sitios destinados a la recolección de lo que las fábricas innecesarias arrojan en la era del consumo maniático? Si no hacemos algo tan elemental, de poner la basura en su lugar, ¿cómo acometeremos tareas más complejas, digamos, construirnos una mejor imagen nacional: observar el Estado de Derecho, respetar la propiedad y establecer instituciones fuertes?
Aunque en el parque de Jinotepe e incluso las calles, la alcaldía y algunos empresarios se han empecinado en declarar su aversión a la basura, cierta gente asidua visitante del centro de la ciudad toma su café en los vasos de poroplast. La aromática bebida es un estimulante reconocido, sin embargo, los consumidores son incapaces de levantarse de las bancas y dar cuatro pasos para colaborar con el ornato.

Los alcaldes que llegan a la comuna, como en los tiempos de la roya, deben convivir con la suciedad civil. El trabajador municipal a su vez convivir con los pequeños, grandes y viejos emperadores de la suciedad: con el niño que luego de disfrutar de su refresco, tira la bolsa plástica a la calle, o del joven que succiona su agua embolsada o el veterano que nació, fumó y envejeció peleado para siempre con la limpieza.

Nicaragua es un país donde a través de las ventanillas de buses, carros y camionetonas, y, por supuesto, a pie, pintamos la nación que deseamos. En la Carretera Sur, por ejemplo, los “(h) artistas” más cotizados, por cuanto viajan en automotores climatizados, utilizan cajas de cartón con marcas conocidas de pizza, pollo, cigarrillos o bien latas de cerveza.

¿Y qué decir de los desechos industriales, de los que lanzan el aceite vehicular o las baterías al puro suelo? ¿Y los residuos agropecuarios?
Yo miré, a principios de año, sobre el curso del Río San Juan, bolsas de cal o quién sabe qué tipo de agroquímico, depositados ahí por los operarios de un naranjal binacional.

El combate contra esta ¿cultura? nacional es de lo más difícil y peligroso de cuantas guerras hay en el mundo, sobre todo cuando el empuje de sus fuerzas avanza, a paso victorioso, con sus malos olores, infecciones, contaminación ambiental y todo tipo de plagas egipcias, invadiendo barrios, parques, lagos, “el San Juan es Nica” y mares.

Los depredadores de la limpieza se reproducen a la velocidad de los ratones. Deberíamos estar alerta como los jóvenes de importantes bandas de rock que se lanzarán al final de esta semana a las calles de la capital para enseñarle a la gente algo que ya debiéramos saber desde nuestro hogar: aprender a vivir en la ciudad.

Los integrantes de “Malos Hábitos”, por ejemplo, se vieron obligados a sacrificar su nombre para convertirse en los profetas de los buenos hábitos. Ellos predicarán en los semáforos de Rubenia: “Malos Hábitos” contra la Suciedad Civil.

Alguien dijo que cuando volvemos inmundo un lugar, también exhibimos qué tan limpia anda nuestra vida.