Jorge Eduardo Arellano
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AMSTERDAM
El difunto Arthur Koestler, nacido en Budapest, residente en muchos países y escritor en varias lenguas, dijo en cierta ocasión que existe el nacionalismo y también el nacionalismo futbolístico. Los sentimientos inspirados por este último son, con mucha diferencia, más intensos. El propio Koestler, orgulloso y leal ciudadano británico, siguió siendo un nacionalista futbolístico húngaro.

A los americanos, cuyo campeonato anual de béisbol, pese a su nombre en inglés (“World Series”), es esencialmente un asunto interno, les resulta difícil entender las emociones engendradas en los ciudadanos europeos cuando sus naciones compiten en el Campeonato Europeo de Fútbol cada cuatro años. Durante varias semanas de este verano, los estadios de Austria y Suiza, por no citar las calles de las capitales europeas de Madrid a Moscú, se entregaron a una orgía de patriotismo en forma de ondear de banderas, cantar de himnos y batir de tambores. La victoria de España fue una de las escasas ocasiones en que catalanes, castellanos, vascos y andaluces vivieron juntos una explosión de disfrute patriótico.

El fútbol, más que la mayoría de los deportes, se presta a los sentimientos tribales: el esfuerzo colectivo, los colores del equipo, la velocidad, la agresión física. Como dijo en cierta ocasión un famoso entrenador holandés de fútbol en serio: “El fútbol es la guerra”.

No había de ser así. Después de dos guerras mundiales, las exhibiciones de fervor nacional pasaron a ser más o menos tabú en Europa. Se culpaba al nacionalismo de casi destruir el viejo continente dos veces en el siglo XX. El tipo de patriotismo exaltado, en particular cuando se combina con el orgullo guerrero, que sigue siendo totalmente normal en los Estados Unidos, estuvo asociado durante mucho tiempo con las matanzas en masa. Los ingleses, que se libraron de la ocupación por parte de una potencia hostil y siguen creyendo que ganaron la Segunda Guerra Mundial solos (en fin, con un poco de ayuda de los yanquis), siguen teniendo una vena militarista, en lo que resultan excepcionales. Tal vez se deba a eso la tristemente famosa beligerancia de los hinchas de fútbol ingleses.

Y, sin embargo, aún cuando las emociones nacionalistas fueron reprimidas en la sociedad bien educada de toda Europa, los estadios de fútbol se mantuvieron obstinadamente en el mundo anterior a la Segunda Guerra Mundial. Así como en las plazas de toros españolas se sigue celebrado en forma ritualizada la ejecución de un animal, así también en los campos de fútbol se da rienda suelta a sentimientos tribales ilícitos.

Dichos sentimientos pueden ser festivos, parecidos incluso a carnavales, como lo han sido en la Eurocopa 2008, pero pueden entrañar algo más turbio, más agresivo también, en particular cuando el combate deportivo va cargado con recuerdos históricos. Los partidos entre Holanda y Alemania o, por ejemplo, entre Alemania y Polonia, solían ser, hasta hace muy poco, nuevas representaciones de la guerra, ya fueran --en los casos más comunes--melancólicas por corresponder a una derrota en la época de la guerra, o gratas en forma de revancha.

Cuando Holanda derrotó a Alemania en las semifinales del Campeonato Europeo de Fútbol de 1988, fue como si por fin se hubiera hecho justicia. Durante una noche y un día de celebración, salieron más holandeses a las calles de Amsterdam que cuando el país fue liberado en realidad en mayo de 1945. (A veces la historia futbolística se mezcla con la historia “real”; la derrota de un equipo holandés superior por Alemania en la final del Campeonato Mundial de Fútbol de 1974 necesitaba también reparación.)
Los sentimientos tribales de los alemanes fueron considerados, por razones evidentes, particularmente tóxicos después del Reich de Hitler, razón por la cual el ondear de banderas alemanas se hacía, hasta hace poco, con una ligera apariencia de contención avergonzada, de la que carecía enteramente en los países circundantes. Y, sin embargo, tampoco los alemanes pueden reprimir esos sentimientos. Los alemanes de más edad recuerdan aún su famosa victoria sobre un soberbio equipo húngaro en 1954. Fue la primera vez, desde su desastrosa derrota en la guerra, en que los alemanes pudieron sentirse orgullosos de sí mismos. Se trataba de una victoria que podían celebrar. Tras años de culpabilidad y privación, los alemanes habían vuelto, por decirlo así.

Como todo, las formas de patriotismo cambian con el tiempo. Las razones para sentir orgullo nacional son diversas. Cuando Francia ganó el Campeonato Mundial de Fútbol en 1998, los franceses gustaban de señalar la diversidad étnica de su equipo. Su estrella principal, Zinedine Zidane, era de origen argelino. Otros tenían raíces ancestrales en diversas partes de África. Se dio mucha publicidad a la naturaleza mutiétnica del campeón de 1998, como marca no de un largo y con frecuencia sangriento pasado colonial, sino de una superioridad nacional resultante de la tolerancia de la Ilustración francesa y la fraternidad de la Revolución Francesa.

De hecho, los franceses fueron algo así como unos precursores, pues algo profundo está cambiando lenta y penosamente, pero sin lugar a dudas, en Europa. Si bien la diversidad étnica es cada vez más común en los bandos nacionales, resulta aún más marcada en los clubes.

También se utilizaban los clubes con frecuencia para inspirar la lealtad tribal de carácter étnico o religioso, según su situación en las grandes ciudades industriales: clubes irlandeses frente a clubes judíos en Londres, por ejemplo, o protestantes frente a católicos en Glasgow. ¿Quién habría predicho hace treinta años que los hinchas de fútbol británicos habrían ovacionado a un equipo londinense lleno de africanos, latinoamericanos y españoles y entrenado por un francés? ¿O que el equipo nacional inglés estaría dirigido por un italiano?
Pero la diversidad étnica y cultural no es lo único que ha cambiado la faz del fútbol europeo. Nunca he visto una armonía entre los partidarios de las diferentes naciones como la del campeonato de este año. Tal vez se debiera a la ausencia de Inglaterra, entre cuyos hinchas figuran las últimas bandas de guerreros aficionados. Pero el espíritu pacífico y carnavalero que ha reinado, el ondear de banderas turcas y alemanas unas junto a otras en las calles alemanas, cuando las dos naciones se enfrentaron en las semifinales, las celebraciones conjuntas hispanoalemanas después de la final, son detalles que indican algo nuevo.

No es que el sentimiento nacional esté muriendo, incluso cuando un nuevo espíritu europeo está naciendo, pero como mínimo las identidades nacionales de Europa ya no están tan teñidas con los recuerdos de la guerra. Ya nadie se preocupa demasiado cuando Alemania gana, como con tanta frecuencia ocurre. Los alemanes son ahora demasiado agradables para que eso ocurra. Sin embargo, debo reconocer que, aún así, no pude por menos de sentir un ligero, pero profundo placer cuando Alemania perdió ante España. Tal vez porque España exhibió un fútbol más bello… o tal vez eso indique simplemente mi edad.

Ian Buruma es profesor de Derechos Humanos en el Bard College. Su libro más reciente es “Asesinato en Ámsterdam. La muerte de Theo van Gogh y los límites de la tolerancia”.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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