Jorge Eduardo Arellano
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La clase política nicaragüense en general con muy pocas excepciones, se ha caracterizado por ser un mal ejemplo para las pasadas y las futuras generaciones. En estos grupos políticos, sean de izquierda o de derecha, ha predominado la mezquindad, el oportunismo, el nepotismo, la intolerancia, el espíritu pactista indecoroso, el arribismo, el servilismo, el clientelismo, las visiones cortoplacistas. Esas actitudes medulares negativas de los diferentes partidos han llevado a miles de jóvenes a morir, a frustrarse, a decepcionarse, a perder la fe en su propio país, a perder las esperanzas de un futuro mejor. Tanta energía de la juventud perdida por falta de una concepción envolvente pro patria, pro desarrollo, pro justicia, pro respeto a la libertad y la democracia, pro dignidad, pro soberanía. Nos preguntamos: ¿cuánto tiempo habrá de pasar, para que otras generaciones asuman el poder y corrijan estos graves defectos?
“Los hombres han sido y seguirán engañados en política, mientras no sepan definir detrás de cada ideología un interés y una posición de clase”. Vladimir Ilich Lenín.

Se puede o no estar de acuerdo con la biografía y la vida de este gran pensador revolucionario ruso, pero tanto él como muchos otros han contribuido al pensamiento universal y bien interpretadas esas sabias lecciones nos iluminan el camino y nos permiten desenmascarar a los falsos profetas, a los supuestos Mesías de los pobres, a los “iluminados”, a los llamados “elegidos”. El tema es complejo y amplio. Pero una de las cosas que más atacó y de las que advirtió Lenín fue la del culto a la personalidad, porque es en base a ese culto que se forman los regímenes dictatoriales, porque es en base a ese culto que se aniquilan los derechos civiles elementales. Ese culto al líder, viola, avasalla la autoridad y la opinión colectiva. Ejemplos de estos hay muchos.

El culto a la personalidad es reaccionario y contrarrevolucionario. Como muestra un botón: los gigantescos rótulos levantados a lo largo del territorio nacional, para magnificar la imagen del actual presidente de la República, con un costo millonario que podría ser utilizado para mitigar el hambre de miles y proveer de medicinas a otros miles.

¿A quién benefician todos esos gastos? A las empresas publicitarias. A sabiendas que la imagen y la autoridad moral de Daniel Ortega no mejoran, aún inundando a Nicaragua con fotos del presidente. Así no se ganan votos.

Ya para colmo ahora por toda Managua hay rótulos opulentos de Alexis Argüello. ¿Por qué no invertir en anuncios de turismo, en revistas internacionales de prestigio mundial para promover a Nicaragua como destino turístico, a como lo hacen Panamá, Costa Rica y Honduras? Nos atrevemos a decir que con uno de los rótulos del ex-campeón se puede comprar una página en una revista de renombre.

Pero el problema no solo se reduce a un político sea de derecha o sea de izquierda. Hay muchas otras características malas de los que nos representan en el Parlamento, en las instituciones estatales, en las Embajadas, como es el sonado caso del actual embajador nicaragüense en Italia y en los gobiernos anteriores, no faltaron otros embajadores que dejaron mucho que desear. Y esas características y actitudes tienen que ser combatidas y criticadas por cada uno de nosotros. Callarse es permitir el ultraje. Traigo una frase al recuerdo, que publiqué en EL NUEVO DIARIO en diciembre de 2006, que fue manifestada en Cochabamba “Los derechos no se mendigan. Los derechos se conquistan. Nadie va a luchar por lo nuestro. O luchamos juntos por lo justo o toleramos la humillación de malos gobernantes”.

Es usual de nuestros políticos ofender de manera soez y vulgar, sin pensar en el daño a la imagen nacional, de un pueblo generoso y amable. Esa falta de tacto y respeto hacia el adversario, hacia el amigo crítico, falta en nuestros políticos. Tienen mucho que aprender y es nuestra responsabilidad repudiar dichos exabruptos.

Como el médico, el deportista, así también el político tiene una función y una misión de ser ejemplo. Ejemplo en la honradez, dignidad, integridad moral, en el respeto a las leyes, en el cuido de su salud. Llama la atención que nuestros políticos se caracterizan por el sobrepeso. La obesidad que arrastra tantos males consigo: diabetes, presión arterial alta, predisposición al infarto, a los accidentes cerebro-vasculares, etc. El político tiene que ser ejemplo y nosotros debemos exigirlo y no permitir el abuso a cambio de promesas efímeras.

Terminaremos enunciando 8 moralejas de Mario Bunge, dadas en una conferencia en Barcelona, España:
1. Confundir deliberadamente es estafar. No se deje estafar.

2. Errar es humano, pero persistir en el error es estúpido o criminal. Corrija sus errores antes de que lo tomen por tonto o por canalla.

3. En política, exagerar para cualquiera de los dos lados es peligroso. No arriesgue el pellejo subestimando, ni haga el ridículo exagerando.

4. Las predicciones políticas son azarosas porque no conocemos leyes históricas. Desconfíe de quien le ofrece venderle el futuro, sobre todo en cuotas de sangre.

5. En política las palabras sirven, ya para informar, ya para engañar. No sea ingenuo: tome con pinzas y examine todo lo que le digan, y recuerde que el mentiroso mayorista suele ser premiado y recordado, ya injustamente como gran hombre, ya justamente como gran rufián.

6. Antes de aceptar un pagaré político, averigüe si el firmante es solvente y si su pasado inspira confianza.

7. Desenmascare el maquiavelismo: contribuya a moralizar la política. A buenos fines, buenos medios.

8. Recuerde que la agresión armada, por justificada que parezca, es un crimen. Y que este crimen se da de diferentes variedades: de abajo y de arriba (o terrorismo de Estado). El terrorista de abajo puede caer bajo el Código Penal, mientras que al de arriba le cabe el Código de Nürenberg.

En resumen, cuando oiga la palabra “guerra”, desconfíe y acuda al diccionario y averigüe quién es el auténtico enemigo y cómo combatirlo sin cometer crímenes de guerra.

*Los autores son médicos.