Jorge Eduardo Arellano
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Me pregunto cuál hubiese sido la estrategia del Che Guevara, de Carlos Fonseca y Leonel Rugama (si estuvieran vivos), para desatar una revolución interior en los hombres y mujeres con pensamientos de izquierda, en estos tiempos de Heavy Metal, Rock and Roll y Reggaetón.

Tres hombres, tres pensamientos, tres visiones coincidentes que escribieron con su sangre sobre la incorruptibilidad y la pureza de lo que debe ser un verdadero revolucionario; los tres ya están muertos y ya nadie parece recordar que “los hombres que luchan toda la vida son los mejores”. A nadie le interesa saber que siguen siendo imprescindibles.

Sesenta años han pasado a aquella generación que fue teoría y praxis de la transformación social de Latinoamérica. ¿Que dirían hoy si vieran que ante sus ojos se desprende como lepra, la mística de la piel de sus mejores hombres y mujeres? Cuentan los abuelos revolucionarios que a los traidores a la causa les recetaban paredón. Quienes sobreviven a estas ideas saben muy bien que la traición, según de qué lado sea vista, y según cuál sea el tribunal que te juzgue, tiene la capacidad inaudita de transformarte en fracciones de segundos, de héroe de canto épico a cucaracha de alcantarilla.

Me gustaría no ocupar el tiempo en esos oscuros pensamientos, porque duele, indigna e incomoda en esta coyuntura política nacional. Incomoda, porque mientras descansás sobre sábanas de remiendo, mohosas de los restos incompletos de lo que un día fue la revolución más hermosa de Latinoamérica, la ciudad sigue sitiada. Es una sensación tan extraña, porque llega un momento en que ya ni te atrevés a sospechar de dónde te puede venir un gran golpe. Sería inmoral eximir a las rapiñas de este bando y del otro.

Me viene de las entrañas --como contracciones repentinas de un parto no deseado-- unas locas ganas de vomitar, al ver cómo desfilan las estrellas buscando desesperadas la alfombra roja improvisada que les tendió de repente una mujer acostumbrada a la lucha y desacostumbrada a coquetear con la vergüenza.

Si sos cualquier gato y utilizás Transporte Urbano Colectivo, te podés dar cuenta por tus propios ojos al pasar por la Rotonda de Metrocentro. Te obligás, por miedo paranoico, a mirar de reojo al vecino del asiento de al lado y cerciorarte de que no sea Jesucristo, El Che o Carlos Fonseca, no sea que con la rabia matutina de después de leer los diarios te incite a tratarlos mal o negarles cinco reales.

¿Quiénes somos y en qué punto del proceso nos encontramos? ¿Qué debo hacer? Si siendo Sandinista de las duras me conmueve ver a una vieja guerrillera retomar los fusiles libertarios. Sólo que estoy segura que esta vez no es sólo contra el sistema, sino también contra aquellos que se llaman sus compañeros de formula. ¿Dónde queda la esencia de la mística que se entregó a borbollones en las montañas? ¿Dónde queda la vergüenza de los que buscan mercadear popularidad para vender libros, a merced del sacrificio de una mujer de verdad?
Llegan uno a uno a la escena del crimen, como llegan las señoras de copete a un ritual fúnebre ante la capilla ardiente, o como las lloradoras de velorios, donde el muerto murió de viejo y los borrachitos del barrio que contratan con “guaro” para que acompañen al difunto hasta el destino final.

Buscan en su armario el mejor traje de día, que no desluzca en la señal inconfundible del canal que más vende, el que genera más opinión del país. Todos los asistentes a la romería de la impopularidad llegan desesperados en busca de “público para su mercado”. Es que últimamente las ventas se han visto afectadas por la creciente recesión norteamericana, y para colmo, la arrechura provocada en la Unión Europea por la llegada al poder de semejante personaje, amigo íntimo de Hugo Chávez. No, que va, bajo este sistema no quieren comprar los europeos, no les pueden vender a los gringos. ¿De qué van a vivir los que concentran el monopolio de las casas editoriales?
¿Y qué decir del más rentable mercado del mundo, el de los votos? Ese mercado también está en crisis, urge atraerlos alrededor del candidato. Todos van desfilando ante las cámaras a lo largo del día --¿cuál es la consigna?-- ¡Que viva yo!
Estoy aquí al lado de la Dora --¡Abajo el pacto!--, voten por mí. Hace apenas unos días escribía en este mismo medio, que esta ciudad reclama desesperada un héroe de carne y hueso. Tal vez Dora María leyó por casualidad, que los únicos desgraciados que sostienen día a día centigramos de dignidad, se exterminan en galeras de zonas francas ante patrones taiwaneses. Con la decisión de la Dora, y aún siendo Sandinista de por vida, no me queda más opción que reconocer que aún existe la vergüenza incubada en buen ovario, y que tal vez la acción de esta mujer no acabe tumbando a este gobierno; de lo que sí estoy segura es que a esos nuevos talentos mediáticos, la acción de la Dora los dejó con las nalguitas al aire y mirando para atrás.