Jorge Eduardo Arellano
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Cuando Charles Darwin publicó en 1859 su libro “El origen de las especies”, engendró una controversia sin precedentes, pues rompía los esquemas religiosos propuestos en el génesis bíblico. La controversia llegó a su cumbre en el mítico debate entre Thomas H. Huxley, a la sazón apodado el “Bulldog” de Darwin, y el obispo Samuel Wilberforce, este último, entre burlas y amenazas quiso ridiculizar a su oponente, y descartar así como blasfemia la teoría de la evolución. La paradoja de esta historia es que al morir Darwin, agnóstico, bajo la definición de su admirador Huxley, se trasladaron sus restos mortales a la abadía de Wesminter, en Inglaterra.

Si bien es cierto que gran parte de la comunidad religiosa asimiló y adaptó sus creencias a la teoría de la evolución de Darwin, no todos los grupos religiosos lo hicieron. A ciento cincuenta años de la divulgación de las teorías de Darwin, la controversia sigue; todavía existen muchos grupos, principalmente en los Estados Unidos, que se aferran literalmente al génesis bíblico.

El genetista estadounidense Francis Collins, en su libro “¿Cómo habla Dios?”, nos informa sobre la más reciente gran validación de las teorías de Darwin, el genoma humano, el libro genético de nuestra historia biológica.

Francis S. Collins, cristiano evangélico y evolucionista, fue Director del Programa del Genoma Humano. Analiza en su obra los alcances del conflicto evolucionistas-creacionistas y el papel ideal que deben jugar la fe y la ciencia. Es importante tomar en cuenta que sólo el 30 % de los estadounidenses cree en la teoría de la evolución, y que el 45 % cree literalmente en el mito bíblico de Adán y Eva. Estas estadísticas preocupan, pues estos niveles de ignorancia científica de los norteamericanos, ponen en riesgo la secularización del Estado, garantizada por la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

La lucha de los creacionistas ha sido tenaz y no han escatimado esfuerzos en explayar su influencia mediática, su capacidad histriónica y recursos económicos para sacar de las escuelas públicas las enseñanzas de Darwin. A pesar de lo anticientífico de creer que la tierra no tiene más de diez mil años, y que la creación fue en tan sólo seis días de veinticuatro horas, los creacionistas al principio del siglo XX tuvieron ciertos triunfos legales que lograron bloquear la enseñanza del evolucionismo. El caso más emblemático es el proceso legal contra John Scopes, quien fue juzgado por violar la Ley Butler, la cual prohibía la enseñanza de cualquier teoría que negara la creación según el génesis. John Scopes fue hallado culpable y sería multado con 500 dólares de la época, pero apeló al Tribunal Supremo de Tenesse, quien anuló el juicio con un tecnicismo legal. Sin embargo, la Ley Butler fue derogada hasta en 1967.

Los creacionistas siguieron su lucha, y en su desesperación de búsqueda argumental, algunos líderes fundamentalistas llegaron a decir que el registro fósil era una pista falsa de Dios para poner a prueba la fe de los creyentes. Otros han basado sus críticas en argumentos menos irracionales, pues escudriñaban la teoría de Darwin para encontrar huecos que la desacreditaran. Los Creacionistas de la Tierra Joven, organización creada por Henry Morris y que agrupa a grandes iglesias evangélicas de Estados Unidos, atacaron los supuestos vacíos de la teoría de la evolución. Según Collins en su libro: “Algunos críticos del darwinismo gustan de argumentar que no existe evidencia de ‘macroevolución’” (es decir, cambios importantes en las especies) en el registro fósil, sólo de “microevoluciones”. Sin embargo, también nos informa Collins, que en los últimos años se han encontrado fósiles intermedios para aves, tortugas, elefantes y ballenas.

Pero los creacionistas no se rinden y en la actualidad presentan su argumentación con ropaje de seudo ciencia. Lo llaman la teoría del Diseño Inteligente (DI). Usando la teoría de la evolución, encontraron un flagelo bacteriano cuyas partes están bien definidas, y estimaron que tiene lo que llaman una “complejidad irreductible”. Usando argumentos de Tomás de Aquino --lo que parece diseñado debe tener un diseñador-- y argumentos de William Paley sobre el reloj que debe tener un relojero, quieren sin mencionarlo, sugerir un Dios creador; una idea por antonomasia religiosa y violatoria a la primera enmienda de la Constitución norteamericana, si se introduce en las escuelas públicas. Además, la “complejidad irreductible” del flagelo bacteriano que esgrimen los del DI, ha sido ya rebatida por la ciencia, pues algunas de las partes de este flagelo fueron usadas en una etapa anterior de su evolución para otros propósitos.

David Attenborough, en su libro “Wild, wild life”, manifiesta que los creacionistas sólo se enfocan en los bellos animales de la naturaleza para destacar a su Dios misericordioso, y no hablan por ejemplo de algunos animales parásitos que hacen daño. Attenbororough pregunta a los creacionistas: “¿Están diciéndome que el Dios en el que ustedes creen, el cual dicen es un Dios de misericordia, que cuida de cada una de sus criaturas creó este gusano que no puede vivir en otro lugar diferente que en el globo ocular de un inocente niño?”.

Detrás de los promotores del Diseño Inteligente están intereses políticos para instaurar una teocracia en los Estados Unidos. Sabemos la peligrosa mezcla de política y religión en el control del Estado. La historia nos muestra los efectos devastadores cuando las religiones asumen funciones de Estado e imponen lo que se debe de enseñar en las escuelas públicas.

Existen varios criterios dentro de la comunidad científica con respecto a la fe. Están los ateos como Dawkins y Bennet, quienes ven a las religiones como virus mentales que sólo con el antivirus de la ciencia se pueden eliminar. También existen otras posiciones menos radicales, por ejemplo la Stephen Jay Gould, quien argumentaba sobre los magisterios separados en co-existencia pacífica. Francis Collins, desde su posición de converso al cristianismo (antes era Ateo), no visualiza contradicciones entre la fe y la ciencia, pues ve a ésta última como un complemento armónico de las sagradas escrituras. Para establecer esto hace piruetas y malabarismos conceptuales traduciendo un viejo testamento a nivel de “ley moral”, y destaca su carácter alegórico y no textual. Es la típica posición de la lectura bíblica “espulgada” o selectiva, la cual establece también, que cuando algo esté en contradicción con la ciencia, se debe de tomar como mensaje metafórico el texto sagrado. Para Collins el genoma humano es el “lenguaje de Dios”, es otro libro de Dios, y así nos hace inferir que debería ser tomado como anexo --¿o fe de erratas?-- de la Biblia. Si ese es el caso, los anexos de la ciencia apenas se están empezando a escribir, ya que por culpa del dogmatismo religioso hay un atraso de dos mil años.

rcardisa@ibw.com.ni