Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

De la liberación de Ingrid Betancourt, lo primero que a muchos nos llamó la atención era su aspecto. Yo no diría más saludable, pero sorprendentemente bastante mejor de lo que esperábamos, sobre todo tras haber visto una y otra vez las imágenes de cuando estaba cautiva, en esa cinta que envió las FARC como prueba de vida. Y además, la sonrisa. La alegría que a uno se le queda cuando recupera la libertad, el olor, los abrazos, el cariño, la gente y de nuevo acostumbrar la mirada hacia la luz, lejos de la selva y las cadenas. No hay que olvidar que detrás de esa sonrisa, aún hay muchas otras Colombias.

Otra Colombia. La que durará algún tiempo todavía. Por ejemplo, la de los niños guardianes. La periodista y escritora de cuentos infantiles Pilar Lozano, contaba cómo un niño le confesaba que a él le gustaba acompañar a su papá cuando éste se dirigía al campo a trabajar. “Yo voy con él para protegerlo”, le decía el niño. “¿Y cómo es eso?”, le preguntó ella. “Pues es que si vienen los armados, y lo miran conmigo, así no se lo llevan”. Esa otra Colombia, donde los niños, y no siempre, son los que protegen a sus padres. Esa otra donde a muchos pequeños que todavía viven en las veredas a las que casi nadie puede llegar, ni ellos salir, o que se tuvieron que escapar con lo que quedaba de sus familias de las amenazas y los actos violentos de uno u otro bando, repito, uno u otro bando, y el otro quiere decir también el Ejército colombiano, a esos niños cuando se les dice que dibujen en un papel la casa donde vivían, muchas veces lo que pintan es una pesadilla: garabatos de lugares con manchas en el cielo que disparan, y fuego y bombas, colocadas como minas terrestres en sus memorias para toda la vida.

Otra Colombia. Con Ingrid, el único nombre de todos los secuestrados que teníamos en la memoria, queda libre. Pero qué pasará ahora con el resto. Los que no tienen nombre ni fueron nunca objetivo de liberación prioritaria del Ejército, pues tampoco eran tan valiosos para la negociación del canje humanitario. Y los otros, aún con menos nombre, que pueblan las prisiones del país, acusados en muchos casos sin todas las pruebas necesarias, de actividades vinculadas a la guerrilla. Gente presa, a la que no se les llama secuestrados, porque lo están al otro lado, no sólo guerrilleros, sino activistas, o gente sencilla que tuvo la mala suerte de verse en medio de un fuego cruzado. ¿Qué ocurrirá con ellos? ¿Quién se dedicará a revisar sus casos? ¿Quién saldrá a la calle por estos hijos de la mala suerte, que no tienen nombre ni otra nacionalidad que les ampare?
Otra Colombia. La de las zonas donde aún operan y mandan las FARC. Para esta guerrilla, que poco a poco se ha ido convirtiendo en pura violencia, el único camino es el de seguir en la ilegalidad, pero metidos de lleno en actividades mafiosas o de tráfico de drogas, y tomas de tierras. Pero hay otro lado igual de oscuro, el de la parapolítica que todavía existe y colea, bajo la sombra de Uribe, uno de sus patrocinadores. La cifra de muertos en Colombia, no hay que olvidarlo, creció cuando los grupos paramilitares, de los cuales, según dicen, algunos de ellos partieron de las fincas de Uribe, comenzaron sus operaciones, y esas operaciones fueron auténticas masacres, actos de tortura terribles, y una colaboración maquiavélica con el Ejército, al que ahora todo el mundo aplaude, olvidando que han causado tanto dolor como la guerrilla. Esto no era una guerra de buenos contra malos. Es una injusticia olvidarlo.

Otra Colombia, la de las veredas colombianas, donde los campesinos están hartos de ver cómo bajan los cadáveres por los ríos cuyos nombres apenan se conoce en las grandes ciudades de Colombia. Ni siquiera los profesores de Geografía conocen el amor de esos nombres. Porque la geografía profunda de Colombia, la que sufre con más crueldad este conflicto lleva años tratando de sobrevivir al abrigo de los ríos y montañas cuyos nombres sólo ellos conocen y repiten, y enseñan a sus hijos en ese otro país al que se le dio la espalda hace ya mucho tiempo, pues el conflicto se resumió en discursos políticos, espionaje, narcotráfico, negociación con personas torturadas, presas o secuestradas, y enfrentamientos militares. El resto son los cientos de miles que han perdido a alguien de su familia, los millones que han quedado atrapados, sin su única vida, la tierra, los robados, los desposeídos, y hasta los niños hambrientos del Chocó, la pequeña África de Colombia.

Otra Colombia. La de la mujer, yo fui testigo, que fue a registrarse en un suburbio de Bogotá, para que le otorgaran la condición de desplazada. Ella lo era, pero hasta que el Estado no dice que lo es, no tiene derechos ni ella misma ni su familia a servicios mínimos, a los que como víctima de guerra debería tener desde el primer día. Esa mujer, al ser preguntada en un mostrador sobre los sucesos que causaron su desplazamiento, comienza el relato diciendo: “Fue cuando llegó el Ejército, y cuando después fumigaron los campos porque allí había coca”. En ese instante, la mujer detrás del mostrador la interrumpe y le dice: “Señora, no es política del Ejército desplazar a la gente, ni se le puede considerar desplazada por culpa de las fumigaciones. No hay caso”. Y después de enfrentarse al miedo de que le vean entrar en estas oficinas a sabiendas, de que hay gente de todos los grupos por todos lados, se vuelve con la promesa de nada, rota, sin lugar.

Otra Colombia. La de la otra guerrilla, la del ELN, que todavía opera, a la que identifican con aquel cura muerto, con los universitarios, la guerrilla ideológica que negocia desde Cuba, pero que también ha incurrido en secuestros y narcotráfico, menos dañina y numerosa que las FARC, pero a la que tampoco ya no se entiende.

Otra Colombia. La que a pesar de todos los pesares, tiene a su gente por su gente, decenas de individuos, grupos, asociaciones tratando de levantarse mutuamente tras el dolor de todos estos años, la guerra más vieja del mundo. Esa otra Colombia del corazón, de la alegría, de la música, con esa opción por la ironía y el humor, de tan puro corazón, parecida a la Nicaragua y a la América Latina emotiva, capaz de darlo todo por un gesto, por un segundo, por una canción. Una América que quizá no es la de antes pero que siempre está a punto de darlo todo.

Vienen tiempos duros para Colombia, pero ojalá los esfuerzos sean parejos, no por el interés político de algunos, como Uribe en su reelección por tercera vez, sino para esa otra Colombia, tanto tiempo olvidada. Y por último, la última ironía colombiana. Tema para una canción de vallenato: a pesar el enorme gasto militar, el Ejército mejor pertrechado de América Latina, financiado por Estados Unidos, en su operativo más espectacular y exitoso, participaron unos soldados sin disparar un solo tiro, y tras haber recibido un curso de Arte Dramático para infiltrarse en la guerrilla, se convirtieron en verdaderos actores en la selva, cuya mejor actuación les ha devuelto la libertad a un buen grupo de personas. No es la primera vez que el teatro, y la imaginación, es capaz de ganar una guerra que en la práctica parecía imposible.

franciscosancho@hotmail.com