Jorge Eduardo Arellano
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Dicen que heredar un nombre es como obtener una bendición o una maldición. Es cierto. Y heredar un nombre y su correspondiente apellido debe ser doblemente peligroso. Alguien me decía que es mejor heredar una deuda o una bestia salvaje, antes que un nombre.

Conozco casos de hijos que no se sienten a gusto con llevar el nombre de sus padres. Y tienen razón. Es como cargar con una cruz de recuerdos o con una marca en la frente. Es como nacer con un pasado, con una leyenda blanca o negra, o con un expediente bajo el brazo. Es una herencia que puede ser bendita o maldita, dependiendo del récord del fallecido y de sus circunstancias.

Mi amigo periodista, Alberto Mora, es uno de los herederos de un nombre y apellido que lo mantiene en vilo, con un sentimiento mixto de orgullo e incomodidad. No es fácil llevar el nombre de un famoso, y más si se trata de un talentoso caricaturista como Alberto Mora Olivares, quien con sus personajes ayudó a derrocar una dictadura. Hay una gran diferencia entre el Alberto Mora padre y el Alberto Mora hijo. Ambos son comunicadores natos, pero son diferentes. Y en una sociedad tan oficiosamente hipócrita, llevar el nombre de su padre es una carga doble porque es como llevar dos vidas. La vida del padre que murió y la de él. Vives respondiendo por las dos. Y al final de cuentas no vives ni una.

De ahí que heredar un nombre sea altamente peligroso. Por ejemplo, si les caes mal, murmuran y cuchichean de que tu padre tenía talento y que definitivamente era mejor que vos. Yo me pregunto: ¿qué culpa tiene uno de ser diferente a tu padre? Aunque dicen que “todo hijo de tigre sale rayado”, esto no siempre se cumple. Es un dicho popular, ligado más a una cultura machista que a un principio científico. Conozco, por ejemplo, y lo digo sin subestimar, al hijo de un distinguido escritor y filósofo que trabaja como un esforzado ingeniero en sistemas. Este ejemplo derriba el mito y demuestra el error que muchos padres cometemos al inscribir a nuestros hijos con nuestros nombres. Creemos que al darles nuestro nombre le estamos dando una patente de seguridad y estatus social. Sin embargo, la historia ha demostrado que los hijos no somos iguales a los padres, y que es un pecado mortal transmitirles a través de un nombre y un apellido las proezas y fracasos, los aciertos y desaciertos, y hasta las virtudes y defectos.

Incluso, me atrevo a decir que hay padres que creen que sus hijos nacieron con sus mismas vocaciones, lo que es un error y hasta un acto de locura precoz. He escuchado a algunos padres decir que sus hijos nacieron con vocaciones de empresarios, pero la práctica demuestra otra cosa. ¿Cuántos negocios construidos a punta de sangre, sudor y lágrimas y producto de todo una vida de trabajo de algunos padres, sucumben a la hora de heredarlos a sus hijos, por la indolencia de éstos o porque no estaban preparados para seguir con la tradición? Conozco de muchas empresas que se han derribado porque sus herederos no pudieron mantenerla con vida. Ésta es otra prueba de que las herencias son engañosas, y que no todo en la vida se transmite genéticamente.

Por eso no creo, por ejemplo, que Guillermo Rotschuch Villanueva se sienta cómodo con cargar el nombre de su padre, el poeta Guillermo Rotschuch Tablada. Mi amigo GRV sabe que su padre es una sombra infinita, y que a pesar de que son inevitables las comparaciones, la gente se pregunta en Chontales, el ombligo lácteo de la globalización: ¿quién es el mejor de los dos, si el viejo o el hijo?
Todo depende de la generación que lo juzgue y del cristal con que se mire. Lo mismo puedo decir de Fernando Antonio Silva, quien debe sentirse en deuda con su padre, el gran cuentista Fernando Silva. Algunos dicen que nada que ver el padre con el hijo. Se parecen físicamente, son excelentes pediatras, pero el viejo es un gran escritor, el hijo está --como dirían en lenguaje técnico-- en proceso de construcción.

Termino haciéndome el hara kiri. Yo soy una víctima de esta cultura cruel, machista y egoísta de heredar el nombre de mi padre. Y me convertí en victimario al heredárselo a mi hijo. Sé que mi hijo no está conforme con su nombre. Y tiene razón. Él tiene derecho a vivir su vida, a pensar de otra manera, y a dejar de ver en el espejo mi sombra, mi camino, mis virtudes y mis defectos. Yo no he podido terminar de pagar algunas cuentas de mi padre. Confieso que también he recibido beneficios. Esto de los apellidos heredados es una especie de lotería. Te generan fama y leyendas gratuitas. Por eso creo que mis hijos deben romper esta perversa tradición y ponerles a mis nietos otros nombres. De todas formas son las conductas y los hechos los que te hacen duradero o fugaz el nombre. ¿No creen?
*felixnavarrete_23@yahoo.com