Jorge Eduardo Arellano
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El habla nicaragüense es fecunda en la creación morfológica por derivación. Como que echa mano a un recurso con posibilidades infinitas. Basta citar el sentido colectivo que se advierte en algunos términos como: animalero (gran cantidad de insectos), papelero (‘conjunto desordenado de papeles’), trapero (‘trapería’), raicero (‘conjunto de raíces’), y estos colectivos que se refieren a un cúmulo variado de objetos viejos y generalmente inservibles: trastero, terequero, chunchero, calachero y tilichero. Veamos esta rica gama de matices léxicos mediante la sufijación en -ero.

De pinol, se ha formado pinolero, sobrenombre para designar al nicaragüense o a lo propio de nuestro país. Pero el sufijo -ero es abundante para significar la destreza de un animal de caza: garrobero (= cazador de garrobos); el lugar o establecimiento donde se realiza un trabajo determinado: bloquera (‘fábrica de bloques’); lugares específicos: bajadero (= rampa), pegadero (= atascadero), guindadero (‘sitio donde se guindan objetos colgantes’); el objeto o instrumento con el cual se sirve para realizar la actividad: lavandero (‘lavadero’), molendero (‘mesa rústica de cocina’), bramadero (‘poste en los corrales donde se amarra al animal vacuno o caballar’), cocinero (‘fogón’), atolladero (= atascadero), botadero (‘basurero’).

También denota algunas aficiones y oficios, como güirisero (= extractor artesanal de oro en las minas). Pero hay otros: panteonero (= guardián de cementerio); churequero (= recolector de basura del barrio La Chureca); banderero (= persona que sirve de guía con una bandera); bracero (= jornalero no especializado que emigra a otro país); gasero (= que comercia con la venta de gas butano); ruletero (= taxista); pulpero (= dueño o dependiente de una pulpería); beisbolero (= referente o relativo al béisbol); y cachimbero (= encargado de cumplir toda clase de trabajos menores), un término matizado de un sentido peyorativo.

A veces, los oficios no son tan nobles: piedrero (= vendedor de piedras de crack); mulero (= contratado para trasegar droga).

Del amigo de los bollos, se dice: realero (= ambicioso), venadero (= periodista que recibe sobornos), coimero (= dado a recibir coimas), bisnero (= negociante hábil y generalmente deshonesto). ¡Ah!, pero cuando la cosa va en grande se habla de piñatero (= que se apropia de bienes públicos o privados) y de huaquero (= dado a hacer huacas o grandes robos al Estado).

Mediante la sufijación -era, con cierto matiz despectivo, se alude al acto repetido de determinadas acciones como llovedera (= lluvia persistente), una voz compartida con Cuba, El Salvador y México. Pero se pueden agregar otras: vomitadera, viajadera, tosedera, lloradera, subidera, trabajadera, andadera y preguntadera.

El carácter despectivo se acentúa en: habladera, regañadera, pedidera, chismeadera, fregadera, copiadera, zopilotera y sobre todo serruchadera, un término empleado casi siempre con un complemento: “de piso”.

Del verbo español obrar (‘defecar’), el nicaragüense ha formado el sustantivo obradera (‘diarrea’): De la obradera que le dio sólo le quedó el moño de pelo y las ganas de vivir.

De pedorrera, el nicaragüense ha formado una expresión metafórica muy frecuente, para referirse al tiempo meteorológico amenazado con grandes tormentas pero sin lluvia: Ya parecía que iba a caer un tremendo mecatazo de agua, pero ya ves: todo se fue en pedorrera.

Con chorrera, es frecuente la expresión chorrera de pedos, para significar las ventosidades pedregosas que se expulsan en una sucesión prolongada: Hombré, desde que se levantó del asiento empezó a pedorrearse, y mientras caminaba iba dejando la tufalera con la chorrera de pedos.

Los despectivos en –ero se refieren, particularmente, a determinadas aficiones y debilidades del cuerpo y del espíritu: artillero (= persona que da dinero como soborno); marrullero (= que hace trampas, tramposo); pistero (= explotador), pechucero (= haragán’), bacanalero (= inclinado a los bacanales o fiestas populares), venadero (= periodista que recibe sobornos), perequero (= dado a los pereques o fiestas populares), basuquero (= borrachín consuetudinario), bichero (= que se enreda en chismes y cuentos con mujeres), bocatero (= fanfarrón y altanero), negrero (= explotador); carcelero (= autoritario y altanero), cuechero (= dado a los cuechos o chismes), golillero (= fanfarrón y busca pleitos), choñero (‘dado a la choña o a la vida a costa ajena’), mierdero y cerotero (=servil y adulador). Y estos términos que evidencian una vez más que la carne es flaca, no sólo del hombre sino también de la mujer: culero (mujeriego), pichelero (‘enamorado de picheles o empleadas domésticas’) y mujerero (‘mujeriego).

Parece mentira, pero la violencia comienza en una bebedera (= reunión para tomar licor), bien montada en una perrera (= fiesta popular juvenil), que generalmente se vuelve amanesquera, porque se prolonga hasta el amanecer; en seguida viene la loquera (=locura) y la matizadera (= bromas reiteradas); luego, la gritadera (confusión de voces altas y desentonadas), y sobre todo la jodedera (= acción reiterada de molestar a alguien). Pero cuando aparece un golillero (= fanfarrón, pendenciero), empieza la tembelequeadera (= temor). Y es que no falta un tromponero (= dado a tirar trompadas o puñetazos) que la agarra con un bichero (= hombre a quien le gusta meterse en las discusiones de mujeres). Y ahora sí se arma la cachimbeadera, o sea, la repartidera de cachimbazos. Dice Mántica: “Le pegaron la chachimbeada del siglo, y cuando los demás se metieron en el bochinche se armó la cachimbiadera”.

Un politiquero es un individuo que aparenta defender la causa de los demás para ganarse el favor popular. Y un guatusero es un tipo vulgar, hipócrita y engatusador o, como decimos aquí, engaratusador. Pero un político-guatusero es un profesional altamente especializado: Los pobres y la pobreza se han vuelto una mina de oro para los políticos-guatuseros… (E.A.S./LP/18/01/04)
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