Jorge Eduardo Arellano
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Una sección monográfica sobre la historia de la Iglesia en Nicaragua, destaca en el tomo más reciente (el 66) de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, considerada la mejor y más constante publicación de su especialidad en el área centroamericana. “Iglesia, cambio social, Estado, Catedral de León, Episcopologios y Fiestas de Santo Domingo”, es su título general, y se inicia con dos trabajos de fondo: “Iglesia y cambio social”, por Ligia Madrigal Mendieta, y “Las relaciones Iglesia-Estado en Nicaragua/siglo XIX”, por Róger Norori Gutiérrez. Ambos estudian la crisis eclesiástica a raíz de la Independencia y el papel subalterno de la institución (que había construido una militancia religiosa en los tres siglos de coloniaje) frente al nuevo Estado, que culminó con el proceso secularizador del régimen de José Santos Zelaya (1893-1909).

Le sigue, elaborada al alimón por Waldo Soza Cisne y Porfirio García Romano, una filigrana de monografía sobre nuestro magno templo católico, la Catedral de León --declarada Edificio del Milenio en Nicaragua el 9 de diciembre de 2003-- desde las perspectivas histórica, social, antropológica, política, cultural, eclesial, artística y arquitectónica; trabajo sólo comparado con el libro de Julio Valle-Castillo, aunque sin las ilustraciones a color de esta obra pionera. Un anexo documental lo complementa, fechado el 3 de noviembre de 1999, en el que se exponen los motivos por los cuales la Asamblea Nacional declaró Edificio del Milenio a la Catedral.

A continuación, se reproducen los documentos generados en dos seminarios recientes (uno en León, el otro en Managua), donde se reactivó la candidatura de la Catedral para ser clasificada por la Unesco: Patrimonio de la Humanidad, a saber: 1. “Peculiar conjugación del barroco y el neoclásico”, firmada por la Dirección de Patrimonio Cultural del INC; 2. El análisis del arquitecto mexicano Manuel González Galván, quien la considera “uno de los templos más grandes del continente”, de traje neoclásico y robustez antisísmica, con interior magnífico, enorme y luminoso, y la relaciona con las catedrales de la Antigua y Oaxaca. “Lo que pierde en altura lo gana en anchura”; 3. “Antonio Sarria y su obra pictórica”, por Jorge Eduardo Arellano, que resume la trayectoria artística del máximo pintor tradicional formado en nuestra patria y que se consagró en la ejecución del grandioso Viacrucis de Catedral, cuya tercera estación ilustra la cubierta de este tomo; 4. “Estatuas y decoración exterior e interior ejecutadas por un granadino”.

Me refiero al humilde escultor Jorge Navas Cordonero (1874-1967), autor de toda la decoración de Catedral, excepto el Viacrucis de Antonio Sarria. En sus breves apuntes autobiográficos, Navas Cordonero escribió: “En el año 1904 me llevó a León el Señor Obispo Simeón Pereira y Castellón. Trabajé 24 años en la catedral. Hice allí las siguientes esculturas: La estatua de la Inmaculada que está en el frontis, los cuatro hércules, que sostienen los entablamentos que unen las torres, y dos de ellos la campana mayor, la cual tiene un peso de más o menos tres toneladas; los doce apóstoles que adornan el interior de la nave central, con sus templetes; cinco altares, cuatro grandes relieves dentro del templo y una fachada del Seminario. Además, ejecuté la tumba de Rubén Darío; la tumba de Monseñor Pereira y Castellón; cuatro leones en el atrio; toda la ornamentación en el medallón en relieve de Monseñor (observando la escena de “Jesús entre los doctores”); el relieve en la parte exterior de la entrada principal; dos pequeños altares de los lados del Altar Mayor; cuatro pequeños relieves en la mesa del mismo Altar, con los símbolos de los evangelistas. Todo esto en cemento, material de mi predilección por su plasticidad”.

Por su parte, el suscrito y don Mario José Borge Castillo nos complementamos para presentar la lista de los obispos de Nicaragua desde el primero, Diego Álvarez Osorio --cuando se erigió la Diócesis el 26 de febrero de 1531-- hasta los actuales; lista abundante en precisiones cronológicas de nombramiento, consagración, retiro o muerte, a partir de la subdivisión de la Diócesis de Nicaragua el 2 de noviembre de 1913. De esta manera, figuran 13 obispos de la Arquidiócesis de Managua, 8 de la Diócesis de León, 6 de la de Granada, 9 de la de Matagalpa, 5 de la de Juigalpa, 3 de la de Estelí, 2 de la de Jinotega y 6 del vicariato apostólico del antiguo departamento de Zelaya.

Enseguida, Clemente Guido Martínez puntualiza documentalmente una mayor antigüedad de la expresión actual más viva del catolicismo actual de Nicaragua: Las Fiestas de Santo Domingo. Guido demuestra que éstas no se iniciaron en 1885, sino muchos años atrás, de acuerdo con hallazgos documentales del suscrito, del historiador de la Iglesia Edgard Zúniga y del autor de la investigación.

En la sección de “Fuentes”, el tomo trae una bibliografía anotada sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado durante los años 80, elaborada por el estadounidense Ralph Lee Woodward, consistente en veinte obras, la mayoría sesgada y escritas por extranjeros, desde la ya obsoleta teología de la liberación. Y finalmente, en la sección de documento, se reproduce uno de carácter excepcional del último obispo español de la Provincia de Nicaragua, Nicolás García Jerez, fundador de la Universidad de León. Fechado el 19 de junio de 1918, se trata de una contestación en la cual no acepta el nombramiento de Obispo Metropolitano de Santa Fe de Bogotá, esgrimiendo fuertes argumentos como el hecho de que su feligresía leonesa lo amaba y respetaba como a un padre, lo atendían y miraban como a un ángel, y lo escuchaban y obedecían como a un oráculo. Ese documento, además, retrata de cuerpo entero a ese irreductible realista que fue García Jerez.

La segunda sección en importancia del tomo ofrece tres trabajos en torno de nuestro Mar Caribe y la intrusión histórica de Colombia, firmados por Aldo Díaz Lacayo, Mauricio Herdocia Sacasa y Jaime Incer Barquero; el de éste sobre la plataforma continental de Nicaragua en el Caribe. En la sección de “Investigaciones y notas” figuran una investigación del historiador numismático de Costa Rica sobre las monedas macuquinas acuñadas en El Viejo, Nicaragua, de 1822 a 1824; una semblanza biográfica del leonés Juan Lindo (1790-1857), Jefe de Estado de El Salvador y Honduras; una reseña del anterior tomo “Managua en el tiempo”, de Díaz Lacayo, y una “Laudatio de Mauricio Herdocia Sacasa”, trazada por el suscrito.

Tres secciones más contiene este número de la RAGHN: 1. “Reseñas” (a los libros de Mercedes Mauleón Isla acerca de la población de Nicaragua, de Eddy Kühl sobre la historia del café en nuestro país y los inmigrantes, y al tercer volumen de la Historia de la Educación, elaborada por Isolda Rodríguez Rosales; 2. “Etnohistoria”, en la cual se publica un trabajo inédito del arqueólogo estadounidense Frederick W. Lange: “La Metodología de la Etnohistoria de la Época Colonial en Nicaragua”, ampliamente ilustrada; y 3. “Textos rescatados”, que reproduce el desconocido documento del político hondureño Ricardo Alduvín (1883-1961), titulado: “Aun nos queda México”. El doctor Alduvín fue un personaje a la gesta del general Benjamín F. Zeledón (1879-1912), cuya importancia en la misma no se ha valorado como merece.

*El autor es Secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.