Jorge Eduardo Arellano
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En mi experiencia como papá con hijos pequeños, debo reconocer que el abordaje de la sexualidad es uno de los más desafiantes. ¿Qué les debo decir a mis hijos sobre este tema? ¿Cuándo? ¿Cómo respondo a sus curiosidades y comportamientos de tipo sexual?; son preguntas que los padres y madres nos hacemos, independiente si somos psicólogos, contadores o carpinteros. La mayoría fuimos criados en una cultura sexual represiva y machista, lo cual nos complica la tarea de ser educadores sexuales de nuestros hijos y niños cercanos.

Entiendo la sexualidad como parte de nuestras experiencias sensoriales, que teniendo como base nuestro cuerpo, nos proporcionan placer y nos potencian las relaciones afectivas con otras personas. Las niñas y los niños, en tanto sujetos sociales, son seres sexuales (no son ángeles asexuados) y desde edades muy tempranas tienen derecho a la educación sexual. Si desde pequeños reciben una buena educación sexual, además del beneficio en su capacidad de amar y disfrutar, van a saber distinguir entre las demostraciones positivas de afecto (las caricias sanas y amorosas) y las “caricias” abusivas.

Los niños y las niñas necesitan recibir mucho amor físico y emocional. Abrazarlos, besarlos, mecerlos, cantarles, amamantarlos, decirles que los queremos, etc. Todas esas son lecciones positivas de sexualidad. Ellos gozan de su sensualidad a través de todo su cuerpo y con todos sus sentidos (algo que vamos perdiendo los adultos, reduciendo nuestra sexualidad a los genitales).

No es cierto que hablarles a los niños y niñas de sexualidad los pervierte. Todo lo contrario. Les posibilita una vivencia placentera y responsable de su propio ser y de sus relaciones con los otros. Además, fortalece la confianza entre niños/as y adultos, la cual es muy necesaria para ayudarles ante los riesgos de abusos sexuales que ellos enfrenten.

Por supuesto que hay que hacerlo bien y con mucho respeto (y aquí mucho ojo con los abusadores que dicen estar “educando” sexualmente a los/as niños/as). Las enseñanzas sobre sexualidad deben ser adecuadas a la edad y al nivel de desarrollo de las personas. Un niño de 4 años al preguntar cómo se nacen los bebés no necesita recibir una charla pormenorizada sobre las fases de la respuesta sexual humana. Pero tampoco es justo salirle con el cuento de la cigüeña. Mis hijos han escuchado esta respuesta en boca de sus padres:
“Como tu mamá y yo nos queremos mucho, un día quisimos tener un hijo, entonces nos fuimos a la cama, yo puse dentro de tu mami algo así como una semillita que se unió a su cuerpo, y poco a poco te fuiste formando en la panza de mamá, creciste y ya después vos saliste por debajo del ombligo de mamá, y nos sentimos muy alegres”.

El cómo hablamos con la niñez sobre sexualidad es también vital. La forma en que respondemos o reaccionamos a sus expresiones sexuales manda mensajes poderosos, sea de aprobación de la sexualidad como algo positivo y sano, o de represión de la sexualidad como algo malo y sucio.

¿Nos asustamos ante los juegos sexuales de los niños y las niñas? ¿Ante el juego del papá y la mamá, o del doctor? En los pequeños es muy normal que tengan curiosidad por el cuerpo y los genitales propios y de los otros niños y niñas, lo cual es común entre los 3 y 6 años. Si reaccionamos con regaños y alarmas, a partir de nuestra visión adultista de la sexualidad, entonces mandamos el mensaje equivocado. Claro, es preciso asegurarnos que se trata de juegos entre niños/as de edades similares y que no hay elementos de abuso de poder.

En las conversaciones con los pequeños, ¿cómo llamamos a los genitales? ¿Por su nombre? En demasiados hogares nicaragüenses no existen los penes ni las vulvas, sólo existe la paloma, la pollita, el chunchito, o “tus partes” para referirse a la vagina de la niña. Cuando los/as niños/as crecen y se dan cuenta que en casa nunca se llamó a los genitales por sus nombres verdaderos, ya el mensaje quedó claro: los genitales son una mala palabra, quizás son algo indecoroso, por eso no se les nombra o se les disfraza con eufemismos.

No hay recetas en cómo contribuir a una educación en la sexualidad sana para la niñez. Cada adulto, cada mamá, papá o maestra/o, tiene su estilo propio. Sea cual fuere, no olvidemos que la sexualidad es un don maravilloso que lo tenemos para que abone a nuestra felicidad y realización como seres humanos.

La cultura de la represión sexual y del machismo sexual ha convertido la sexualidad humana en una experiencia de dolor, angustia, prohibiciones, rutina, discriminaciones, disparidad, abusos y violencia. Todos podemos contribuir a una sexualidad que sea sinónimo de placer, satisfacción, espontaneidad, intimidad, ternura y respeto.

*Save the Children, miembro del Movimiento contra el Abuso Sexual.