Jorge Eduardo Arellano
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Primera Parte
A mediados del mes de noviembre de 1928, en el mismo año en que Nicaragua fuera despojada de San Andrés y Providencia por parte de Colombia, en el populoso Puerto de Santa Marta en la Costa Caribe de este último país, miles de trabajadores se lanzaron a una huelga general en demanda de un aumento salarial, acceso a beneficios sociales y mejores condiciones de trabajo. La demandada era Trust norteamericano United Fruit Company, cuyos directivos sordos a las demandas de los obreros solicitaron la presencia de la fuerza pública. El Ejército y demás organismos armados del Estado colombiano, amparados en una ley marcial, asesinaron entre diciembre de este año y los primeros meses de 1929 a más de 3 mil personas.

Antes de la huelga, los obreros confiaron en la posible ecuanimidad de las fuerzas armadas, sometidas desde años anteriores, a un cacareado proceso de “profesionalismo”. Demostrado lo contrario, los trabajadores recurrieron a desesperados mecanismos de autodefensa y entre otras cosas, arrebataron armas a los guardas privados y a los policías para no dejarse matar impunemente por una soldadesca que disparaba contra pacíficas concentraciones, torturaba y asesinaba a dirigentes y activistas sindicales.

Una esperanza redentora
Un joven legislador liberal, Jorge Eliécer Gaitán, que visitó la región, presentó a mediados de 1929 en el Congreso, pruebas más que suficientes contra el desatino del gobierno conservador de la época. Demostró lo justo y razonable de las demandas de los trabajadores; y que se había utilizado “ilegal e irracionalmente al Ejército contra de ciudadanos colombianos para proteger los derechos, la propiedad y los intereses de una empresa comercial extranjera”. En lo adelante, este joven congresista sería quien encabezaría una profunda campaña contra los abusos de las compañías extranjeras y la defensa de las víctimas de la violencia en la Colombia rural. Ésta última estaba cimentada en el atraso cultural y el fanatismo, alimentados por los caudillos conservadores y la misma Jerarquía Eclesiástica. Los campesinos protagonizaban verdaderas “vendettas” de aldea contra aldea, con la complicidad del Ejército y funcionarios locales.

El latifundio se extendía a costa de los desplazados que preferían deshacerse de la propiedad por un precio ridículo o simplemente abandonarla para salvar sus vidas. Los representantes diplomáticos de EU, entre los que se encontraron Artur Bliss Blane, el mismo involucrado en la muerte de Sandino en 1934, justificaban los excesos del Ejército colombiano, en tanto protegían intereses y vidas norteamericanas. Esta situación empezó a cambiar por dos razones, al desarrollarse un amplio proceso organizativo en los sectores populares por parte del Partido Comunista de Colombia (PCC, fundado en 1924). Las luchas sociales contra el sistema se incentivaron en los centros urbanos, los enclaves de las compañías norteamericanas y los movimientos campesinos, que desde esos años se vieron obligados a asumir la modalidad de autodefensa armada, adquirieron un contenido político-ideológico.

Mas la peor amenaza para este sistema y la esperanza para la solución de esta oscura situación en la sociedad colombiana, estaba en manos del otrora joven congresista Jorge Eliécer Gaitán, convertido hacia 1948 en el máximo dirigente del Partido Liberal y en el virtual ganador de las siguientes elecciones de 1950. Gaitán, un abogado y politólogo de filiación liberal, cuya Tesis doctoral había sido sobre “Las ideas Socialistas en Colombia”, desde su ingreso a la política, demostró una valentía sin par al denunciar los abusos de las compañías extranjeras contra los trabajadores, y la conducta criminal de las fuerzas armadas a favor de estas mismas transnacionales y de los terratenientes. Acumulaba a su favor muchas ventajas su experiencia y prestigio como funcionario público durante los gobiernos liberales de 1934 a 1946. En las elecciones de 1946, como candidato presidencial de una fracción del liberalismo (el Partido Liberal Reformista), presentó un programa en cuyo contenido planteó la realización de profundas reformas políticas y sociales, pero sobre todo eliminar la violencia política.

Al fallecer de muerte natural Gabriel Turbay, el caudillo tradicional del liberalismo a inicios de 1948 se convirtió en el máximo líder del Partido Liberal. El Partido Conservador que había rescatado el poder en las elecciones de 1946, representaba a la tradicional clase terrateniente. Su caudillo, Laureano Gómez, un fascista confeso partidario del Franquismo español, consideraba con sus ultramontanos seguidores que la solución del país estaba en establecer un régimen corporativista, y que había que luchar por todos los medios contra la “amenaza comunista” que representaba Gaitán, el PCC y todo lo que oliera a reformas del sistema político.

El método más común de este partido era el uso de una campaña de miedo en los medios de difusión y el uso de paramilitares, quienes ejecutaban asesinatos selectivos y masivos de sus adversarios, principalmente en las áreas rurales. Esta práctica brutal se incrementó a partir de 1946, en que gracias al fraccionamiento liberal, asumió la presidencia el conservador Mariano Ospina Pérez.

Las víctimas se contaban por millares. Sin embargo, esta fuerza política estaba en franco desgaste, en contraste con el fortalecimiento del liberalismo y el liderazgo de Gaitán, quien a diferencia de los demás caudillos oligarcas, provenía de las clases medias y desde 1928 había mantenido un constante vínculo con las clases populares, con las víctimas de la violencia, para quienes creó organismos de atención social sin distingos partidaristas.

Su honestidad y fácil oratoria le abrieron espacios más allá del partido, llegando a tener entre sus partidarios a jóvenes oficiales del Ejército y mandos policiales. Respondió a la violencia organizando grandes movilizaciones políticas en todo el país, y aunque estaba adscrito al liberalismo, pretendía romper con el predominio de las paralelas históricas y la ingerencia norteamericana. Su programa era más cercano a lo que él y sus seguidores llamaron “Socialismo Democrático”. Esto le granjeó el odio de la oligarquía terrateniente conservadora, la desconfianza de los mismos oligarcas y burgueses liberales, y por supuesto, el rechazo de los círculos de poder en los EU. Los que basados en la óptica “Mccartista” veían en Gaitán un agente del “comunismo internacional”. Todo esto a pesar de que el mismo caudillo guardara prudente distancia de los comunistas locales.

* Historiador. Sala de Investigación de la Biblioteca del Banco Central.