Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Desalientan desde siempre, los gritos, la violencia y la vulgaridad. A pesar de que todos estamos expuestos de una u otra manera a sacar nuestra “animalada”, o sea, nuestra esencia animal, irracional, debemos evitarla por todos los medios y enarbolar el pacifismo. La gente civilizada, habla, razona, aunque manifieste su incomodidad, su cólera o su “enchichamiento”, pero no se deben perder los estribos y atacar con vulgaridad a nuestros oponentes.

Creo que para cualquier persona decente son detestables la chusmería, la vulgaridad, que no es otra cosa que la grosería y falta de respeto y consideración para con el oponente, adversario o contrincante. Muchas personas, lejos de manejarse en un control de su temperamento ante determinada circunstancia, se comportan de la peor manera, peor que un vulgar boxeador o delincuente de la calle.

Es deplorable la actitud vulgar y violadora de los derechos humanos, sobre todo los atinentes a la libertad de expresión y manifestación, cometidos por los estudiantes de la UNAN-León, al ofender y agredir hasta con baldes de agua sucia a Dora María Téllez y a sus acompañantes. Y encima escudarse o atrincherarse tras las rejas infranqueables, o puertas cerradas de la universidad.

¡Qué deprimente! Si fueron en verdad los estudiantes, estamos ante un hecho realmente deplorable y en pleno retroceso de la evolución social. De ser así, lejos están esos estudiantes del compromiso y las actitudes de verdadera valentía y ética, demostrada históricamente por las generaciones estudiantiles de los 60 y 70 y hasta de los 80, siempre dentro de los parámetros de caballerosidad y educación.

Si no fueron los estudiantes quienes cometieron tal fechoría de lanzar baldes de lodo a Dora María, a quien por el mero hecho de ser mujer, se debe respetar, ya no digamos el respeto a su dignidad como persona o como heroína revolucionaria, estamos doblemente mal, porque, ¿cómo es posible que delincuentes de la calle se tomen los recintos propios de los universitarios y los ocupen para sus actos abyectos, propios de delincuentes?
¿Qué gana una persona decente con tirarle agua podrida o sucia a otra, más que una molestia momentánea del o la agredida? La persona ultrajada de esa manera, se limpia y ya. Mientras que el autor o dueño de esa fechoría, a menos que ocurra un milagro, no puede limpiarse de su vulgaridad y desfachatez, digno de todo repudio y descalificación. Con esa actitud vulgar o chabacana, solamente queda de manifiesto, aparte de su brutalidad y grosería, una ignorancia mayúscula. Esta persona, visto está, no puede dialogar ni discutir con la palabra. Lamentablemente, esos pobrecitos no entienden el mensaje cívico de maestros como José Martí, quien decía que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras” (Nuestra América), mucho menos que conozcan de lemas como el de Chibás (Eduardo Chibás y Ribas, Santiago de Cuba 15 agosto 1907- La Habana 16 agosto 1951), “Vergüenza contra dinero”, quien prefirió darse un tiro y morir limpio e incontaminado, porque ya no podía convivir contra la corrupción.

Los contribuyentes debemos velar para no cometer el pecado de darle perlas a los cerdos. Pues es una lástima que el dinero de los contribuyentes se utilice pagando becas de “estudiantes” que realizan actos tan deleznables. Seguimos viendo estudiantes cuyo oficio es la “dirigencia estudiantil”, unos viejonazos que ya deberían estar insertos en la producción y no en la timación.

Quizás las autoridades educativas de todos los niveles de nuestro país deban replantearse una verdadera currícula de estudios, apropiados para una nueva y mejor juventud. La vulgaridad pasa, la idea queda.