Jorge Eduardo Arellano
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Es demasiado pronto para suponer cuales podrían ser las consecuencias y las lecciones a derivarse para las FARC de la acción que rescató a quince secuestrados, ente ellos, la más universalmente conocida, Ingrid Betancourt. Acerca de cuales serán los efectos de esa acción en la situación del país, no hay que imaginar mucho: habrá continuidad, dado que es una victoria política de las fuerzas sociales y militares herederas y responsables de la tragedia histórica del campesinado y de las represiones criminales contra los sectores populares y la izquierda.

Por ende, como guardianas del status quo colombiano, tratarán de imponer la política de liquidación de las FARC, sin someter a juicio crítico siquiera las causas que originaron su levantamiento armado. Con la distorsión de la lucha de la FARC, la oligarquía colombiana no limpia su historia de explotación, crímenes y complicidad con el imperialismo. Al contrario, tratará de sacarle el mayor provecho a su victoria política, al parecer, lograda con mayor ayuda de parte de la obcecación sectaria de las FARC que de su habilidad e inteligencia militar, y aún menos de su fuerza bruta.

Pero no es pronto, para demostrar que la táctica del secuestro de individualidades –y con trato inhumano, además— no es, en esencia, revolucionaria, sino propia de las fuerzas represivas de la derecha, como lo fue la de Pinochet y demás gorilas del Sur durante los años setentas. Aparte de este aspecto no ético del secuestro –guste o no lo ético a los oficiantes de las doctrinas puras—, encierra la negación del papel de las masas organizadas en el proceso revolucionario y, a la vez, aunque no pretenda sustituirlas, lo hace en la práctica.

Se dirá, y es verdad, que las FARC son la expresión armada de la resistencia popular ante el cierre de los espacios políticos, lo cual en Colombia tiene por testigos los asesinatos de activistas y candidatos electorales de las fuerzas populares, uno de los más connotados es el asesinato del liberal anti oligárquico Eliécer Gaitán. Lo que no es una respuesta revolucionaria a la acción reaccionaria, es el secuestro por el asesinato. Son incomparables en cuanto a las consecuencias de uno y otro delito, pero ambos son una violación de los derechos humanos.

Y viviendo entre el crimen y el secuestro selectivos, el pueblo colombiano parece haberse convertido en un espectador atemorizado, con la iniciativa, si no muerta, por lo menos limitada para tomar en sus manos y organizar con mayor fuerza la defensa de sus intereses. En todo caso, ninguna de esas prácticas –asesinatos y secuestros— son favorables a las luchas del pueblo colombiano por sus objetivos de paz y progreso social.

Las fuerzas reaccionarias de la oligarquía colombiana, con un gobierno idóneo, cosa que revela la estrecha relación del presidente Uribe con el gobierno imperial de George Bush, son las menos interesadas en un clima de paz con justicia social. Pero, por desgracia, no es muy fácil demostrarlo, en primer lugar, ante pueblo colombiano, porque la derecha encuentra en las erróneas tácticas de lucha de la FARC el pretexto ideal para continuar la búsqueda de una “solución” militar. Cierto o manipulado, el resultado de la encuesta favorable a Uribe después de la liberación de rehenes, incluso, a favor de una reelección más, no fuera posible si no mediara el desprestigio que los secuestros le han ocasionado a las FARC.

Ya lo hizo notar el presidente Hugo Chávez, y no hay motivos válidos para no estar de acuerdo con él. Un poco más tarde, Fidel expuso su juicio crítico sobre la política del secuestro, pero, dada la estrecha relación entre ambos, nada raro sería que el cambio de visión de Chávez sobre la guerrilla colombiana hubiese sido inspirada en el juicio del primero.

Es lógico que la idea de un cambio o el abandono de la táctica de las FARC sean más aceptables para los que estamos alejados de la vorágine del conflicto colombiano. Pero la cuestión de que postergar el papel de las masas organizadas por las acciones heroicas individuales no es el mejor medio de impulsar un proceso revolucionario, no es producto de la cercanía o de la lejanía respecto al conflicto, sino de principios. Este criterio, no se ha originado en el acto de liberación de los secuestrados por las FARC, pues esto solamente le da actualidad al problema, sino en la Historia.

Y seguirá siendo un tema de discusión. Por eso, siempre será necesario dilucidar algunas cuestiones. Por ejemplo, cuando se habla de la importancia del papel de las masas, parece estar presente la idea de un montón amorfo de gente más o menos activa –pero siempre inerme— guiada por unos cuantos líderes hacia el reclamo de derechos y con demandas de mejoramiento económico y social ante los dueños del poder político, los cuales, por costumbre, les responderán con menosprecio, cuando no con la represión.

Esa es una falsa idea del papel de las masas. Cuando se habla de lucha de masas, no cabe la idea de lo amorfo, sino de lo organizado con carácter amplio, activo y consciente de sus objetivos. A su actividad le responderán con la violencia, pero no está en manos del enemigo hacerlo impunemente en toda ocasión, menos cuando las masas organizadas pueden dar su respuesta. La acción de las masas tampoco es espontánea, pues siendo organizada, no se dejará provocar, sino que provocará un tipo u otro de lucha cuando a ellas les convenga.

En nuestro país, abundan los ejemplos del papel organizado de las masas de muy reciente data, en términos históricos. El Repliegue, fue una respuesta de las masas ante los crímenes de la dictadura, pero antes hubo un trabajo político intenso de “Pueblo Unido” y otras organizaciones de varios meses en toda la ciudad; de manera que, pese al desborde numérico de las masas respecto a los jefes militares de la insurrección, miles de personas actuaron con disciplina y bien claras de la orientación de éstos. Sin ese trabajo previo entre las masas, posiblemente no hubiese habido una respuesta organizada, sino desordenada, una desbandada y, de toda forma, una acción caótica.

Una observación más. Dentro de una actividad de masas tampoco faltan los infiltrados y provocadores, pero éstos no le causarán ningún daño a las masas organizadas, en el sentido de que no se atreverán a orientarlas hacia una actividad que ellas no conozcan previamente, y si lo intentaran, serán desenmascarados con facilidad. En cambio, en la conspiración heroica individual, donde todo es “compartimentado” y al secretismo se le tiene como la caja de seguridad de la acción revolucionaria, la tarea del infiltrado es, relativamente, más fácil, porque no está presente la acción vigilante más allá de unos pocos individuos. Si la versión oficial de la liberación de los secuestrados por las FARC es cierta, sería una buena demostración de lo que decimos.