Jorge Eduardo Arellano
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A mediados de los años setenta el Frente Sandinista se dividió en tres tendencias: la Guerra Popular Prolongada, la Proletaria, y posteriormente la Tercerista. Ésta última en menor medida, pero cada una de ellas tuvo su expresión organizada en la entonces Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.

Docentes de la talla de Miguel Bonilla, y dirigentes estudiantiles como Víctor Hugo Tinoco, Antenor Rosales, Francisco Mesa, Irving Dávila, Vicente Baca, sólo para mencionar algunos, debatían en publico, en auditorios y pasillos las posiciones de su respectiva tendencia. Cada una de ellas quería mediante el debate público atraer simpatizantes, colaboradores y militantes para sus filas. Nunca se recurrió a la ofensa personal y menos a la agresión física para acallar a los otros compañeros.

Hoy nuestra Alma Mater esta de duelo. Las aulas de la máxima casa de estudio han sido mancilladas. Estudiantes universitarios pobres, indudablemente chantajeados por la necesidad de sus becas, fueron lanzados a acallar por la vía de la fuerza y la barbarie, el libre debate de las ideas.

Dentro del capital del danielismo no existen los rubros del saber, de la cultura, de la ciencia ni de la palabra; la conspiración, la represión y la agresión a mansalva son las únicas armas de las que disponen para enfrentar a quienes se les oponen. Le tiene terror al debate, pues fuera de las retahílas de consignas huecas y gastadas y las canciones usurpadas, no hay más que escarbar en su discurso.

Orquestar una supuesta protesta estudiantil que “espontáneamente” se convirtió en agresión física en contra de expositores de la estatura moral y académica de Dora María Téllez, impedir así el uso de la palabra como instrumento básico de la democracia, es la evidencia de la fragilidad en que soporta su poder el caudillo. Los encargados de hacer el trabajo sucio fueron los Danielistas agazapados tras las togas de la docencia; pues no hay otra manera de interpretar las vergonzosas por timoratas y hasta serviles declaraciones que al respecto dieran las autoridades de las distintas Universidades Públicas.

El lodo lanzado sobre Dora María trasciende a su rostro y nos salpica a todos sin distingos políticos o ideológicos. Con estas inmorales lecciones se pretende forjar a los futuros profesionales y políticos que mañana serán diputados, magistrados, procuradores y contralores a la medida que requiere el danielismo; pero no a los que necesita Nicaragua.

La conquistada Autonomía Universitaria, no lo fue sólo para exigir un presupuesto digno, lo fue para garantizar que en las aulas universitarias existiera la libertad de cátedra, el libre debate de las ideas, la supremacía de la ciencia y el saber.

En la Universidad de mi generación para ser profesor universitario no se pedía filiación partidaria, de tal manera que en esas aulas impartían sus conocimientos docentes identificados o militantes de la mayor diversidad política e ideológica, así fuesen miembros del partido socialista, socialcristianos, conservador, sandinista, marxistas, liberales, católicos y evangélicos, y hasta más de un somocista conocí impartiendo cátedra. Hoy es impensable que un profesional y adversario público con el danielismo imparta cátedra en estas universidades, si ni siquiera los permiten como invitados.

Para ser estudiante universitario y para optar a una beca y a una habitación en las residencias estudiantiles, los únicos requisitos eran las notas y acreditar el carácter de necesidad. El somocismo no pudo transgredir estas reglas. Hoy se necesita el aval de los CPC.

El danielismo superó ya al somocismo. Somoza no pudo --no digo no quiso-- coactar la Universidad. Hoy los tentáculos del danielismo, que ya han atrapado todos los Poderes del Estado, empujado por su mesiánica obsesión por el poder por un lado y por el miedo a perderlo por el otro, de manera demencial pretende confiscar a las Universidades Públicas y controlar así el poder de la ciencia y la palabra. En las universidades públicas de hoy el debate y la tolerancia han sido sustituidas por la intolerancia, la vulgaridad y la agresión, la imposición y el bozal.

Las Universidades Públicas son nuestras; los salarios de los docentes, las becas estudiantiles y hasta las bolsas en que se empacó el agua sucia lanzada salen de nuestros impuestos; no deben de ser patrimonio de ningún partido político que detente el poder. No permitamos que la conviertan en trinchera en que vayan a parapetarse los pactistas ni en madriguera de corruptos. Si no actuamos hoy, no nos sorprendamos cuando desde el despacho de la súper ministra se aprueben, sino es que lo están haciendo ya, los pénsum académicos, los textos y contenidos de estudio que han de memorizar nuestros hijos.

La Juventud debe ser uno de los tesoros más preciados en cualquier sociedad. En sus hombros descansará la responsabilidad de suceder a la generación que inevitablemente saldrá de juego un día; para suerte nuestra esta cantera sí es un recurso inagotable. De su coraje, valentía y fuerza creadora la historia nacional está plagada, basta recordar la lucha contra el somocismo.

El emblema “A la libertad por la Universidad” significa igual que ayer, que el camino hacia la libertad pasa por el conocimiento y debate amplio e irrestricto de las ideas; que el tránsito hacia la libertad conlleva indiscutiblemente el acceso oportuno y suficiente a las más diversas corrientes del pensamiento, la ciencia y la tecnología, para así poder elegir libremente qué carrera voy a estudiar, qué autoridades estudiantiles quiero que me representen, qué sistema político quiero para mi país, por qué programa político y de gobierno voy a votar. Salvar a las Universidades Públicas de las garras del Danielismo significa salvar a la juventud del oscurantismo y de la Santa Inquisición. Es otra batalla a ganar por Nicaragua.