Jorge Eduardo Arellano
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¿Quién no quiere a Carlos Mejía Godoy? Y en el supuesto —negado, como dicen en algunos países del Sur— de que hubiese alguien que no lo quisiera, sin duda lo respeta. Yo lo quiero, lo admiro, lo respeto. Con íntimo afecto fraternal. Y no tengo que explicar porqué. Simplemente formo parte del universo nicaragüense que vibra de patriotismo revolucionario, sandinista, al compás de su música.

Por eso, como a todos los revolucionarios y en particular como a todos los sandinistas, me resulta desgarrador ubicarme en la posición contraria a la de Carlos, de Luis Enrique, y de toda la descendencia Mejía Godoy, que pretenden negarle al Frente Sandinista el uso de la música de ellos y del Frente Sandinista.

Tal como Carlos lo afirma, su música histórica es de la revolución popular sandinista, del Frente Sandinista, de los sandinistas. Y, agrego yo, de los revolucionarios de América Latina y El Caribe, y del Sur. De todas las generaciones, por lo menos desde la década de los 60. Y de las venideras, por todo lo que falta de lucha por la liberación de Nicaragua. Y aún después —si es que alguna vez habrá después—, cuando su producción musical pase a formar parte del corpus de la música clásica nicaragüense.

La revolución sandinista, y los revolucionarios de hoy y de todos los tiempos, están y estarán en deuda permanente con Carlos Mejía Godoy. Jamás los sandinistas podremos colmar esta deuda. No nos alcanza todo nuestro amor para colmarla. Una deuda que no prescribe, ni aún por la posición actual de Carlos.

Nadie, en efecto, puede negarle a Carlos el derecho de no sentirse representado por el Frente Sandinista de hoy —aún cundo el Frente Sandinista de hoy es el que reivindica al de ayer. O, como él dice: por el nuevo gobierno sandinista de Daniel Ortega Saavedra.

Pero Carlos debe reconocer igualmente que este derecho suyo no niega el derecho natural del Frente Sandinista, consustancial a su exigencia, de usar su música como sustento espiritual de los sandinistas, una proporción nada despreciable de la población nicaragüense; de Nicaragua y de la diáspora, expulsada por el neoliberalismo, que acaricia su nostalgia con sus canciones.

Dicho en otras palabras, la música de Carlos es consustancial al Frente Sandinista. No es posible separarlos, entonces, ni a él ni a su música, del Frente Sandinista. Esta es una verdad que va más allá de la coyuntura actual.

Carlos tiene pleno derecho a escribir nuevas canciones, igualmente sentidas y bellas, que reflejen su visión actual sobre Nicaragua y el mundo; y a favor de las tendencias políticas nacionales que más se acomoden a esa visión. Y aunque haría un contraste horrible, también tiene derecho a escribir música crítica contra el Frente Sandinista —de hoy, que él lo percibe distinto al de ayer—, contra el gobierno de Daniel Ortega Saavedra. Pero nada más.

La historia no cambia con los cambios coyunturales. No cambia con los cambios de sus actores, con el cambio de quienes la escriben. Menos cuando la escriben fielmente con bellas canciones populares, como lo ha hecho Carlos Mejía Godoy. Bellas como poesía y bellas como armonía. Tan bellas que sin duda alguna serán, de por vida, motor subjetivo de las luchas populares nicaragüenses, independientemente de la coyuntura, siempre cambiante.

En nombre de la historia de la lucha popular nicaragüense, sandinista, del Frente Sandinista, que es su propia historia, Carlos debe meditar profundamente acerca de esta realidad que lo desborda.