Jorge Eduardo Arellano
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“Su rostro transfigurado por la dureza --dureza-- de puras lágrimas reprimidas al abrazar a una madre que ha perdido a su hijo en la guerra, y eso también que quede en las fotografías, junto con su modestia, humildad y su identificación, alma, vida y corazón-- con los humildes de Nicaragua y el mundo – (…) El único candidato a Presidente de Nicaragua que tendría en mí a un compañero de fórmula y el mejor Presidente que ha conocido Nicaragua”.

Con estas palabras describe Sergio Ramírez a su hermano, como también llama a Daniel Ortega en el mismo texto. Un artículo publicado en el diario oficialista, Barricada, el 22 de febrero de 1990, tres días antes de las elecciones por las que ambos entregarían el poder a Violeta Barrios.

Desde entonces, cuántas cosas han cambiado y qué lejanas parecieran esas palabras. Sin embargo, textos, discursos, canciones y otras expresiones de este tipo, no sólo de Sergio, sino de toda la dirigencia del Frente Sandinista y los artistas de la época, fueron las que enseñaron al pueblo de Nicaragua a amar, idolatrar y venerar a su máximo e indiscutible líder, el Comandante Daniel Ortega Saavedra. Muchos de los que ahora se levantan en oposición a este nuevo gobierno de Daniel, en otra época no tan distante, le elevaron hasta lo más alto e hicieron y dijeron todo lo que estaba a su alcance para justificarle y defenderle en cualquier sinsustancia. Ellos, al igual que el Dr. Frankenstein, crearon un monstruo que no pudieron controlar y que ahora no pueden vencer.

Tal vez ellos, los que nos entregaron a Daniel envuelto en versos y canciones gloriosas, nos puedan decir qué hacer ahora con este monstruo, esta criatura perversa, esta aberración de las ideas revolucionarias. Tal vez ellos deberían aceptar un poco su responsabilidad en esta catástrofe que vivimos ahora, y confesarse no solamente agraviados por el caudillo que ellos mismos forjaron, sino también responsables.

Hoy en día intentan marchar con nuevos ímpetus junto a la juventud, en contra del otrora líder de la revolución, llamándole dictador. Quienes una vez nos enseñaron a amarle, hoy nos piden que les acompañemos en su odio. Quieren enseñarnos a odiarle, a despreciarle. De ahí toda la desconfianza. ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué deberíamos creerles ahora? ¿Por qué deberíamos considerarlos más dignos? ¿Por qué son mejores? ¿En qué se diferencian de Daniel? ¿Por qué se dicen Renovadores? ¿Por qué debemos tomarlos como nuestros líderes?
Todos fuimos testigos de su prolongada historia de amor con el caudillo, amor incondicional, amor gritado a viva voz y a los cuatro vientos. También supimos de los desencantos y los corazones rotos, pero creo que después de todo, no sabemos suficiente. Tal vez todavía nos deben más de una explicación a nosotros, que estamos perdidos en medio de discursos contradictorios, en medio de ofensas que aluden a conflictos ajenos, conflictos de viejos amores y viejos corazones rotos.