Jorge Eduardo Arellano
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“Manuel Obregón vive en Masatepe y es un lector consuetudinario –comenzó diciendo el de Masatepe– y un irredento localizador de erratas. Teniendo una casa amplia y bonita, con muchos lugares de estar, prefiere disfrutar de sus lecturas en una rústica mecedora de madera, que coloca al lado del portón del garaje. Es fácil divisarlo desde la carretera enfrascado en este sabio ocio, tan poco cultivado en este pueblo cada vez más bullicioso. Encuentra erratas como si fueran olositas y debe sentir que, localizadas y debidamente señaladas en el libro, ya no lo pueden picar. Creo que en esta saludable manía tiene dos rivales dignos de igual respeto: Mario Urtecho y Onofre Guevara López. Sea como sea, Manuel Obregón es un erraticida compulsivo, sin que ello le impida el placer de leer sosegadamente y asimilar y saborear el libro como un auténtico sibarita. La semana pasada lo encontré engulléndose tres libros de Julio Valle-Castillo, intercalándonos en mementos felices, pues a los dos tomos de la Antología Mayor de Salomón de la Selva, poesía y narrativa, publicados por la Fundación UNO, agregaba el libro de poesía Memento de vivos y difuntos. Precisamente en la contrasolapa de este libro, otro comeñundo, Sergio Ramírez, escribió: «Julio Valle-Castillo es el intelectual polifacético por excelencia: poeta, ensayista, crítico de arte y literatura y, además, novelista; todos su oficios los ejerce con rigor». Le faltó pintor. Tito Castillo lo tiene por un genio y yo considero que en literatura y en arte, ejerciendo sus diversos oficios, no miente. No cae en esa tentación tan compulsiva en él como la de Manuel Obregón de encontrar erratas.”

“Novios y enamorados desde la infancia –continuó el de Masatepe– jamás pudo Manuel encontrarle una errata a su esposa Nila Méndez, la persona que hace el más delicioso ajiaco del mundo, y ya no mencionemos la delicadeza de sus buñuelos bañados de una miel dorada, cuya antología mayor de secretos comienza por entrar por los ojos. Siempre he creído que las letras y el arte son tan vitales para el hombre como una buena comida. Este matrimonio se complementa a la perfección en esta vida cultural de leer y cocinar, por lo que también se podría decir que Julio Valle-Castillo ha sido siempre un buen gourmet; un chef de la literatura, y no sólo de la de él, sino de la de otros, como su trabajo de editor, antólogo y editor de estos dos tomos de Salomón de la Selva, o como esa monumental obra que es El Siglo de la Poesía en Nicaragua, a la que quiere referirse el de Managua.”

“Efectivamente –agradeció la palabra otorgada el de Managua–, muy poca atención se le ha prestado a esta obra también publicada en la Colección Cultural de Centro América, por la Fundación UNO. Tres tomos, y bien voluminosos, que abarcan Modernismo, Vanguardia, Posvanguardia y Neovanguardia, desde 1880 hasta 1980. ¡Todo un siglo de la mano de Julio Valle-Castillo! Un lazarillo alejado de solemnidades y pedanterías, por lo que el recorrido se realiza apaciblemente y por lo mismo sin tropiezos solemnes o de insoportable petulancia como ocurre con otros pretenciosos de la literatura; todólogos buscapapeles, muy bien merecedores de la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, de las que otorga como cargas cerradas este régimen. Pero volviendo a esta obra, hay algo que me incumbe personalmente, pues cuando se refiere a mí dice que sostuve posiciones contrarias al Frente Ventana. Lo único que ocurrió es que mi amigo Fernando Gordillo publicó un artículo con el que yo discrepé. Esa única vez no nos hizo ser contrarios sino muy allegados y conspiradores en el Movimiento Nueva Nicaragua, bajo la responsabilidad de Germán Gaitán, y al que estuvieron, en los sesenta, también vinculados Carol Prado, Michéle Najlis, Hernán Solórzano, Francisco Jarquín y Sergio Martínez Ordóñez, entre otros. Como poeta independiente, con el riesgo de las síntesis, diría que en bohemia me sentía identificado con la Generación Traicionada y en lo social al Frente Ventana.”

“Pero volviendo a esta obra, digo que es magna por magistral y magnífica, y es magistral por rigurosa, confirmando lo que de Julio decía el poeta José Coronel Urtecho: que lleva dentro de sí a un maestro; un académico nato. Muy antiguo, muy moderno y muy didáctico. Todo lo cual hace de estos tres tomos un ineludible punto de referencia y consulta, tanto por sus datos bibliográficos como por su antología poética. Por ello, recorrer la historia de la literatura nicaragüense en estos libros es recorrer simultáneamente la historia misma de Nicaragua y deleitarnos con los indisolubles vínculos que, con toda lógica, a través de su lectura se establecen entre una y otra. Es como decir que sin literatura no puede haber historia en Nicaragua, y que lo mejor de la historia de Nicaragua, es su literatura. Adentrarnos en este siglo de poesía, desde 1880 hasta 1980, de las manos de Julio, es ni más ni menos, que ir al encuentro de nuestra identidad.”


luisrochaurtecho@yahoo.com

Jueves, 10 de julio de 2008.