Jorge Eduardo Arellano
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Dicen que el que tiene un amigo tiene un tesoro. Quien sabe. La amistad tiene muchas máscaras. Hay quienes dicen tener muchos amigos y lo que tienen es un arsenal de granadas en sus manos. Un enemigo silencioso que te apuñala cuando das la vuelta. Un agente doble que conversa contigo y mañana conspira contra vos.

En honor a la verdad, la amistad es un juego de máscaras, una mano de poker donde puede salirte un naipe alto o bajo. O pierdes o ganas. Casi siempre pierdes. Es un juego cruel porque cualquiera de tus amigos puede traicionarte. Es un reloj de arena contando tu tiempo. Una ruleta rusa. Un misil que se dispara contra un objetivo noble.

Usted me preguntará: ¿por qué tantas metáforas o figuras para definir a la amistad? Muy sencillo. Quiero comenzar otorgándole a la amistad una definición literaria, para contarles después una historia dolorosa que me ha convertido en un escéptico profesional de la nobleza humana. Lo digo claramente: no creo en la amistad y descreo de los hombres, pero tengo la esperanza de que algún día exista.

Hace algún tiempo tuve un amigo con el que compartí proyectos, mujeres y sueños. Su nombre es irrelevante. Comenzamos leyendo poemas, bebiendo cervezas, comiendo fritangas y terminábamos en las madrugadas contando estrellas y perdonándonos los pecados veniales y capitales, mientras aguardábamos la salida del Sol.

En ese entonces éramos pobres, bohemios y casi felices, y no necesitábamos para vivir más que el alimento de la palabra, una mujer para ser perfectos, el verbo y un poco de ron para soñar. Luego el destino nos fue separando, aunque la literatura nos siguió manteniendo unidos; pero la envidia, la malsana envidia, las intrigas se alojaron en su corazón y esa amistad de compartir nuestras miserias y nuestras frustraciones se terminó como el invierno, dejando recuerdos maravillosos y heridas incurables.

Desde esa vez he dejado de creer en la amistad. En mis tiempos juveniles me aferré a ella como quien se aferra a una barca durante una tempestad. Como siempre he tenido fama de anacoreta, siempre creí que la amistad era incondicional, pura, ingenua. Pero no. El ser humano, pese a la ofensiva religiosa y los códigos culturales, no está preparado para tener amigos. Puede tener aliados temporales o socios en negocios o intereses comunes. Pero el valor de la amistad no calza en los patrones culturales y sociales de la época. En estos días agitados, la amistad es un valor escaso. Por eso me río siempre que alguien dice “ese es mi amigo”, sólo porque fue compañero ocasional de estudios, o porque accidentalmente coincidieron en una reunión o en un bus o en un taxi. La amistad no es un asunto de percepción. No es un simple saludo de cortesía, ni una sonrisa fingida marca Colgate que ensayan los ejecutivos de empresas cuando quieren enamorarnos para que le compremos un producto. Es una entrega total, ingenua, sin malicia, llena de amor. Pero, como sabrá, esto último es pura utopía. El hombre seguirá siendo lobo del hombre. Charles Darwin sigue siendo vigente con su teoría de la clasificación de las especies. No hay peor enemigo del ser humano que él mismo. Él mismo, como raza se reclasifica y sólo los superiores sobreviven. No hay cultura ni desarrollo que lo cambie dramáticamente. Es probable que la tecnología y los avances científicos hayan refinado su condición humana, pero su instinto permanece inalterable. Han transcurrido miles de años, y el hombre, moralmente, permanece aferrado a la caverna: sigue siendo el mismo animal que anduvo caminando semirrecto en la selva, con la diferencia de que ahora viste ropa de marca, maneja naves espaciales y se alimenta de carne orgánica y humana. Pero sigue saludando de frente, firmando armisticios de paz, aunque por la espalda haga la guerra, su principal lenguaje.

Termino con una frase que le escuché a un pariente antes de morir, y que al observar que casi nadie llegaba a despedirlo en su lecho agónico, dijo con nostalgia: “Definitivamente que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de la mano”. Y, efectivamente, a su alrededor estábamos Fortunato, su perro fiel, su esposa, María, un gato, un chocoyo y yo, que no era su amigo. Sospecho que su única familia fue su esposa y Fortunato, quien se echó junto a su cama hasta que cerró definitivamente sus ojos.

Concluyo: definitivamente la amistad es un tesoro. Yo diría que es una especie de estrella lejana, difícil de alcanzar y acariciar. Creo que los días y años que estamos en esta vida son insuficientes para lograr una amistad. Por eso es que he comenzado a querer a mi mascota. Su instinto canino es proverbial. No conoce la amistad, pero está más cerca de ella que yo y mis semejantes.


*felixnavarrete_23@yahoo.com