Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

“....en cualquier parte del mundo”.


Ésta es la implacable verdad. La fuerte contradicción. El muro. Lo que no admite réplica. Donde se desmorona antes de llegar cualquier demagogia construida en el sur y en el norte, a derecha e izquierda. Ésta es la infinita soledad, la enorme dignidad de unos pueblos que arriesgan la vida y la muerte en el mar, su única arma, darlo todo, este grito ahogado, de sal, que se cobra las mentiras, el olvido consciente, la ampulosa falsedad de ese otro mundo al alcance de unas millas. Esta lancha neumática que no puedo cargar con tantas vidas enfrentadas a olas de cuatro metros y rachas de viento enormes. Ésta es la verdad frente a los pactos, los acuerdos políticos de avión, hoteles de lujo y prebendas, frente a los proyectos de tantas ONGs, frente a la psicosis de una crisis económica que no tiene el mismo significado unas millas al norte que unas millas al sur. Esta es la verdad, y si no nos saca las lágrimas, el escalofrío del pudor en la piel, el vértigo de nuestras entrañas, es que ya nos han sacado el corazón a golpe de dura piedra, a golpe de la crueldad del olvido y la somnolencia del que no quiere saber, del haragán de la vida. Al menos si puede uno leer, si tiene ojos para ver, recuerde que es humano y llore.

Importa, en cualquier parte del mundo importa. Y si algo nos hermana es el mar y su muerte. Huérfanos, nosotros también, unos huérfanos más. Cada uno hace sus asociaciones. La mía es esa imagen que aún recuerdo de una mamá africana que le había pasado lo mismo. Acababa de llegar a una playa perdida del sur de España. Hace ya unos meses de esto. Su bebé no vino con ella. Alguien de la tripulación a quien ya no miraría de la misma manera, tuvo que arrebatárselo de los brazos y tirarlo al mar. No creo siquiera que pudiesen convencerle de que no era bueno llevar con ella tantos días en alta mar al niñito sin vida. De algún lado, en el interior de sus ropas, sacó una foto del hijo, tomada a los pocos días, con ella sonriendo. A su llegada, atendida por la Cruz Roja, alguien con una cámara se fijó en ella, mientras trataba de sacar la foto.

El pasado miércoles, cuando la cumbre del G8 concluía con el fracaso anunciado de algunos de su esperpénticos líderes, a la hora de dar respuestas a una crisis que algunos de ellos mismos han provocado (ellos mismos son la crisis en parte), el mismo día llegaba a la costas mediterráneas de Andalucía esa verdad total de la que antes les hablaba. 34 personas traían en los ojos la historia más cruel del mundo, y la más vieja. Sólo un bebé que milagrosamente se salvó, fue la única piedad del mar, y de la hipocresía de España y de los países de Europa con respecto a la inmigración y las ayudas al desarrollo. Atrás habían quedado otros nueve, repartidos en el fondo de ese mar antiguo, “mare nostrum” le llamaban los romanos, mar de unos y no de otros. 9 bebés que les fueron arrebatados a sus madres, entre los catorce que nunca llegaron. Quién está tan loco de creer que esta desesperación se puede detener poniendo muros en el mar, o dando migajas de gobierno a gobierno. Quién está tan loco como para pensar que las fronteras intimidan más que la desesperación o el hambre. Quién está tan loco de pensar que una madre no tenga sueños mejores para su hijo, que no lo quiera tanto para arriesgarse con él ante la nada. Quién está tan loco para juzgar esa osadía, ese error de huir de nada hacia la nada. Quién está al otro lado.

En el verano europeo, la llegada de inmigrantes sin nada en precarias embarcaciones es una llamada a la puerta constante en las costas del sur. Pero es que durante el último invierno tampoco dejaron de llegar, contra la naturaleza y contra todas las previsiones. Quién le pone puertas al mar.

Otros tipos de riesgos, a veces menores a estos, ocurren igual en la frontera sur de los Estados Unidos, y ocurre desde Centroamérica y desde una Nicaragua, donde si se le sigue preguntando a los jóvenes, como en encuestas ya conocidas, dirán que no quieren vivir más tiempo en su país. Quién está tan loco como para no comprender que éste ya es el fracaso de un país y de su política, de su desarrollo humano y social. El fracaso de una parte de su historia.

Y luego cuando salen hacia Costa Rica, Estados Unidos o España, por donde pasan hacia Europa o se quedan otros cientos de miles de hermanos de esta diáspora venidos de África, o del Este de Europa, y cada vez más de Latinoamérica, incluyendo Nicaragua, se encuentran en muchos casos, con la mayor soledad que se pueda imaginar, la del rechazo. Y si bien es cierto, que en muchos otros casos, se encuentran oportunidades de trabajo y de vida, rifársela a la suerte está garantizado, rifársela en medio de unos países donde aún no se quiere comprender, ni mirar ni oír lo que está pasando fuera de ellos, por más que se viaje, por más internet o medios de comunicación al alcance de la mano, si no se lee con el corazón la verdadera historia, nos volvemos de muro, de piedra, o peor aún de arena sin vida. Quién está tan loco como para creer que hay que cerrar las fronteras porque los que nacieron a un lado tienen más derechos que los que lo hicieron al otro lado. Dónde se inventó esto. Qué derecho natural lo dictamina. Ahora que han dictaminado medidas más restrictivas en la Unión Europea contra la inmigración que ellos, en parte, producen.

En mi recuerdo, siempre ella, la mujer que pudo hallar una foto, a resguardo de la humedad punzante del mar, cuando una cámara se le acercó y le copió el gesto. Con una mano sostenía la imagen del niño, y con la otra lo acariciaba como si aún estuviese sobre sí, una caricia que era un escalofrío como si toda la fuerza de su verdad pudiera traspasar la frontera de esa imagen en la foto hacia la otra vida, para que él la sintiera, perdido su cuerpecito como estaba en algún lado del fondo del mar. Una caricia que atravesaba el agua, con la creencia y la única magia del corazón humano, el de una mujer de África nadando en la oscuridad en busca de restañar esta enorme injusticia contra su hijo y contra ella, sólo ella capaz de ese rescate imaginario a fuerza de acariciarlo y acariciarlo y acariciarlo, para vergüenza del mundo.


franciscosancho@hotmail.com