Jorge Eduardo Arellano
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BEIJING
La manifestación pública de compasión y transparencia del gobierno chino en respuesta al devastador terremoto en la provincia de Sichuan, parece haber fortalecido su autoridad y sus vínculos con el ciudadano chino común. El gobierno y el Ejército trabajaron cuerpo a cuerpo con legiones de voluntarios y redes privadas para rescatar a las víctimas del terremoto. Incluso los cínicos intransigentes se vieron persuadidos por el consuelo emocional que les brindó el primer ministro Wen Jiabao a los sobrevivientes.

Pero los heroicos esfuerzos de rescate no podrán ayudar al gobierno para siempre, de modo que vale la pena preguntar qué es lo que puede ofrecer una legitimidad política a largo plazo. Después de todo, el comunismo ha perdido su capacidad para inspirar a los chinos. ¿Qué es lo que debería reemplazarlo?
La mayoría de los occidentales piensa que la respuesta reside en la democracia liberal, en sintonía con lo que pensaban muchos liberales chinos en el siglo XX. Pero existe otra respuesta, que adopta la forma de la vieja y venerable tradición del confucianismo, que está siendo reavivada por las autoridades gubernamentales, los intelectuales críticos y los ciudadanos comunes.

La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos pondrá de manifiesto esta revitalización: no se exhibirán citas de Marx, sino dichos de las Analectas de Confucio. Dichos del tipo “Los pueblos del mundo son todos hermanos” y “¿No es uno de los mayores placeres de la vida tener amigos que nos visitan desde lejos?” serán transmitidos a miles de millones de personas en todo el mundo, expresando lo mejor que la cultura china tiene para ofrecer.

Aquí, sin embargo, nos topamos con problemas. Desde la dinastía Han (hace más de 2 mil años), los gobiernos chinos han manipulado las interpretaciones políticas más prominentes del confucianismo para sus propios intereses. Se ha combinado el confucianismo con el legalismo, la otra tradición política importante de China, para justificar prácticas como la obediencia ciega al gobernante, la subordinación de las mujeres y el uso de castigos duros. El confucianismo “oficial” que se está reimpulsando hoy puede ser menos peligroso --resalta la armonía social, es decir, la resolución pacífica de los conflictos--, pero sigue siendo una moralidad conservadora.

Pero existe otra interpretación del confucianismo --llamémosla “confucianismo de izquierda”-- que resalta la obligación de los intelectuales de criticar las malas políticas, que obliga a los gobiernos a ocuparse del bienestar material del pueblo y del sustento de quienes carecen de relaciones familiares clave, y que insta a los gobiernos a adoptar una perspectiva más internacional y confiar en el poder moral, más que en el militar para alcanzar los objetivos políticos. Deja abiertos los compromisos metafísicos básicos y adopta una visión plural y tolerante de la vida religiosa. Hace hincapié en la igualdad de oportunidades en la educación así como en la meritocracia en el gobierno, bajo la premisa de que las posiciones de liderazgo se distribuyen entre los miembros más virtuosos y calificados de la comunidad.

Estos valores le deben su origen al “confucianismo original” de Confucio, Mencius y Xunzi, que existía antes de que el confucianismo se estableciera como una ortodoxia estatal. En los tiempos imperiales, la tradición crítica era propiciada por académicos como Huang Zongxi. Hoy, los nuevos izquierdistas confucianos como Gan Yang llaman a la creación de una “República socialista confuciana”.

Académicos confucianos como Jiang Qing reconocen abiertamente que su interpretación del confucianismo se asemeja más estrechamente con los ideales socialistas: no el “socialismo existente” en la China de hoy, sino los ideales socialistas defendidos por Karl Marx y otros. Esta tradición confuciana apunta a influir en la política contemporánea, pero también se mantiene apartada del poder y la ortodoxia del Estado, siempre dispuesta a apuntar a la brecha entre ideales y realidad.

De hecho, el alejamiento del confucianismo de izquierda del status quo es precisamente el punto: está destinado a ofrecer un patrón moral para la crítica social e inspirar visiones de un futuro político más deseable. A diferencia del comunismo, ofrece un futuro que obtiene su legitimidad de la tradición y la construcción a partir de lo que el pasado tiene para ofrecer --incluida la tradición socialista-- en lugar de destruirlo.

En consecuencia, los confucianos de izquierda están a favor de la reforma institucional, con el argumento de que la estabilidad a largo plazo y la legitimidad de las instituciones políticas exigen un sustento en las tradiciones chinas. Jiang Qing defiende una legislatura tricameral --una Cámara del Pueblo elegida democráticamente que represente los intereses del ciudadano común, una Cámara de Personas Ejemplares para asegurar el bien de todos los afectados por las políticas de gobierno, inclusive los extranjeros y los grupos minoritarios, y una Cámara de Continuidad Cultural que mantenga las diversas religiones y tradiciones de China--.

Estas propuestas concretas para una reforma política inspiradas en los valores confucianos rara vez se pueden publicar en la China continental. Por cierto, se imponen menos limitaciones a la discusión pública de las instituciones liberal-democráticas, precisamente porque son pocos los chinos que se inspiran en la democracia liberal al estilo occidental. Hoy, la alternativa más viable para el status quo político de China es el confucianismo de izquierda.

Daniel A. Bell es profesor de teoría política en la Universidad de Tsinghua (Beijing). Su último libro es China’s New Confucianism: Politics and Everyday Life in a Changing Society (El nuevo confucianismo de China: política y vida cotidiana en una sociedad cambiante).


Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

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