Jorge Eduardo Arellano
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OXFORD

En vista de que las iniciativas de fuerzas de paz en los países post-conflicto son costosas y complejas, y dado que la guerra en Irak socavó la fe que tenían las naciones ricas en su probable éxito, una mirada desapasionada del uso de la intervención militar es oportuna. Un nuevo estudio para el proyecto Consenso de Copenhague que incluye el primer análisis de costos y beneficios de las iniciativas de fuerzas de paz de las Naciones Unidas, concluye que el poder militar es una herramienta importante para reducir el derramamiento de sangre en todo el mundo.

Irak es un ejemplo engañoso sobre la efectividad de este tipo de iniciativas. A diferencia de la gran mayoría de los conflictos, su guerra civil fue desatada por una guerra internacional. El escenario mucho más característico es la violencia política dentro de una nación pequeña, de bajos ingresos y crecimiento reducido, aquejada por fuertes divisiones étnicas.

Tener trato con estos países estructuralmente peligrosos es, claramente, uno de los desafíos de seguridad más apremiantes de nuestra generación. Existe una buena razón para pensar que habrá una escalada del conflicto. La mitad de todas las guerras civiles son reincidencias post-conflicto, y los acuerdos de paz negociados recientemente dejaron a muchos países en una condición inestable. El auge de las materias primas y el descubrimiento de recursos minerales en Estados frágiles han sembrado semillas de la discordia, mientras que la propagación de la democracia en países de bajos ingresos --quizá sorprendentemente-- aumenta la posibilidad estadística de que haya violencia política.

Algunos creen que debería dejarse que los países en conflicto resuelvan las cosas por su cuenta. Pero la compasión y el egoísmo se oponen a esta postura. Las guerras civiles modernas son horrorosas. Afectan de forma abrumadora a las poblaciones civiles en los contextos más pobres y más desesperados de la Tierra. Las naciones ricas no resultan víctimas de la violencia política, pero sí cargan con algunos de sus costos. Después de todo, las sociedades quebradas son paraísos para la ilegalidad, ya sea el narcotráfico o el entrenamiento de terroristas.

La intervención militar no será la respuesta en cada lugar en conflicto; tampoco debería ser la única respuesta del mundo desarrollado. La ayuda post-conflicto destinada a impedir el resurgimiento de la violencia es mucho más aceptable desde un punto de vista político que el uso de la fuerza, aunque sea muy costosa.

El período posterior a un conflicto es uno de los momentos más efectivos para brindar ayuda, porque les permite a los gobiernos frenar las políticas inflacionarias nocivas y, con las exportaciones a un nivel muy bajo, existe poco riesgo de una apreciación no deseada de la moneda. Con beneficios unas tres veces superiores a los costos, es un buen uso --aunque no espectacular-- de los escasos recursos públicos.

El estudio del Consenso de Copenhague recomienda que la ayuda a los países post-conflicto esté ligada a limitaciones en el gasto militar. Poner condiciones a los paquetes de ayuda es algo polémico, pero aproximadamente el 11% de toda la ayuda actualmente se desvía al gasto militar, lo que aumenta significativamente la probabilidad de violencia. El menor riesgo de conflicto, y el mejor uso de ese dinero, implicaría que los beneficios de la ayuda aumentaran 4.5 veces más que los costos. Aún así, la relación costo-eficacia de la ayuda solamente es superada por el uso de fuerzas de paz.

El primer análisis de costo-beneficio de las iniciativas de las fuerzas de paz revela que el riesgo de un futuro conflicto depende de la escala del despliegue militar. Comparado con un despliegue nulo, gastar 100 millones de dólares en una iniciativa de fuerzas de paz reduce el riesgo de conflicto a diez años del 38% al 16.5%. A 200 millones de dólares por año, el riesgo cae aún más, a aproximadamente el 12.8%. A 500 millones de dólares, baja a 9% y a 850 millones de dólares, cae a 7.3%.

Debido a los costos masivos de la guerra, cada punto porcentual de reducción de riesgo le representa aproximadamente 2 mil 500 millones de dólares para el mundo. El despliegue más costoso reduce rotundamente el riesgo de conflicto en 30 puntos porcentuales, con ganancias a diez años de 75 mil millones de dólares, comparado con el costo general de 8 mil 500 millones de dólares. Es una inversión muy prometedora.

Las fuerzas de paz son un acuerdo incluso mejor cuando se las ofrece como una forma de garantía de seguridad “en el horizonte”: un compromiso confiable para despachar tropas si son necesarias. Las Naciones Unidas o una potencia regional como la Unión Africana podrían ofrecer una garantía para proteger a los gobiernos que llegaron al poder a través de elecciones democráticas certificadas.

Una garantía podría, de manera creíble, ayudar al mundo a evitar tres de las cuatro nuevas guerras civiles que se esperan en los países de bajos ingresos en cada década. La estrategia también podría salvaguardar a las sociedades post-conflicto después de un período inicial (de unos cinco años) cuando la presencia de tropas sea necesaria. Proporcionar una fuerza de seguridad creíble que se ocupe de todos estos riesgos costaría unos 2 mil millones de dólares anuales, pero los beneficios --desde una reducción significativa del riesgo de conflicto y un crecimiento económico más rápido-- son entre 11.5 y 39 veces superiores.

La intervención militar no es el único enfoque que el mundo debería utilizar para reducir la incidencia de violencia política. La mejor estrategia global es combinar la ayuda, los límites al gasto militar, las fuerzas de paz y las garantías de seguridad “en el horizonte” de una manera que asegure que el mundo desarrollado se ocupe de los lugares candentes sistemáticamente. La Comisión de Consolidación de la Paz de las Naciones Unidas tiene el potencial para coordinar esta estrategia. El costo anual del paquete completo sería de 10 mil 800 millones de dólares, pero los beneficios para el mundo serían al menos cinco veces superiores.

La controversia no debería descartar el uso de fuerza militar en situaciones donde marque una diferencia. Utilizadas como parte de un paquete, las iniciativas de fuerzas de paz siguen siendo una manera confiable y efectiva de ofrecer estabilidad a las naciones frágiles y reducir el sufrimiento de la gente más vulnerable del mundo.


Paul Collier es profesor de economía en Universidad de Oxford. Bjørn Lomborg es el organizador del Consenso de Copenhague, profesor adjunto en la Escuela de Negocios de Copenhague y autor de Cool It y The Skeptical Environmentalist.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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