Jorge Eduardo Arellano
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WARWICK, Reino Unido
Hoy en día, cada vez en más países, los estrategas políticos se han vuelto obsesionados con la necesidad de fortalecer la educación científica. Ahora bien, ¿qué pasa con las humanidades --todas aquellas disciplinas (literatura, historia, idiomas y demás)--, cuya relevancia para la competitividad económica no es tan obvia?
Necesitamos las humanidades sólo si estamos comprometidos con la idea de humanidad. Si las humanidades se han vuelto obsoletas, entonces tal vez sea la humanidad la que está perdiendo su prominencia.

No me refiero a que nos estemos volviendo “menos humanos” en el sentido de “inhumanos”. En todo caso, vivimos en un tiempo en el que las preocupaciones tradicionalmente centradas en lo humano como los “derechos” se han extendido a los animales, si no a la naturaleza toda. El problema, más bien, tiene que ver con si existe algo distintivo sobre ser humano que exija demandas especiales de una educación superior. Creo que la respuesta sigue siendo sí.

Hoy, suena anticuado describir el propósito de la universidad como el de “cultivar” a la gente, como si se tratara de una escuela de acabado sofisticada. Sin embargo, una vez que dejamos de lado su historia elitista, esta idea sigue teniendo un elemento sólido de verdad, especialmente cuando se la aplica a las humanidades. Si bien ahora pensamos en las disciplinas académicas, inclusive las humanidades, como “guiadas por la investigación”, esto minimiza el papel histórico de la universidad, que convirtió al primate Homo sapiens en una criatura cuyos intereses, aspiraciones y logros se extienden más allá de la exitosa reproducción sexual.

Las originariamente llamadas “artes liberales” proporcionaron las habilidades necesarias para esta transformación. Al someterse a un régimen común de habla, escritura, lectura, observación y cálculo, el “simio erguido” adquirió la capacidad de razonar en público. Esto le permitió primero a él y después a ella dominar la autoridad más allá del nacimiento, lo que resultó en la creación de redes e incluso instituciones cuyos beneficios afectaron profundamente al linaje. Nosotros olvidamos fácilmente que nuestras sociedades heterogéneas se basan al menos en una versión suavizada de este entrenamiento para mantener el orden político y económico.

La universidad comenzó con las humanidades en su corazón, pero hoy está tratando de ponerse al día con las ciencias naturales. Esto se debe, principalmente, a que las ciencias naturales han imitado más detenidamente las medidas de productividad asociadas con la industria. El resultado es una mentalidad de “cuanto más grande mejor” que coloca el acento en más y más publicaciones, patentes y citas. Sin embargo, se tiende a perseguir esta agenda sin demasiada preocupación por cómo --o por si-- estas medidas desembocan en algo de mayor relevancia social, cultural y hasta económica.

El Índice de Citas de Ciencia, originariamente destinado a ayudar a los investigadores a detectar tendencias colectivas en ciencias de dominios de temas cada vez más complejos, ayudó a medir la productividad. Pero ahora estas tendencias se convierten, por rutina, en normas frente a las que se juzga el desempeño de universidades, departamentos y hasta investigadores individuales. Lo que se mide más fácilmente se ha confundido con lo que más vale la pena medir.

Pero, más profundamente, toda esta línea de pensamiento ignora la capacidad distintivamente transformadora del conocimiento en el que se especializan las humanidades. Una evaluación adecuada de esta capacidad exige analizar sus efectos multiplicadores. Al igual que con la noción de John Maynard Keynes, de que los retornos sobre la inversión pública deben medirse como la consecuencia a largo plazo de otras inversiones que ella misma estimula en toda la economía y la sociedad, lo mismo sucede con el conocimiento generado por las humanidades.

Esta idea se pierde en la contabilidad de costos actual para las universidades, que trata lo que sucede entre profesor y alumno en la clase de manera similar a lo que sucede entre productor y consumidor en el mercado. En ambos casos, se supone que el valor del bien intercambiado se decide poco después de su entrega, según cómo satisfaga una necesidad inmediata. Como es lógico, los estudiantes evalúan su título según el primer empleo que les representa y no por la vida para la que los prepara en el próximo medio siglo.

Hoy cuesta creer que, en el apogeo del Estado benefactor, las universidades eran más elitistas y recibían más financiamiento público que en la actualidad. Por aquel entonces, se suponía que los beneficios de la formación favorecían no sólo, o incluso principalmente, a quienes la experimentan, sino también, y más importante aún, al resto de la población, cuyas vidas fueron enriquecidas de distinta manera por la aplicación de las artes y las ciencias.

Por supuesto, este enriquecimiento incluía beneficios prácticos tales como los avances médicos y las tecnologías, que permitían ahorrar mano de obra. Pero el enriquecimiento ofrecido por las humanidades no era menos perdurable, aunque su naturaleza más sutil hace que resulte más difícil rastrearlo. No obstante, para parafrasear a Keynes, cada vez que encendemos la radio o la televisión, leemos un periódico, escogemos una novela o miramos una película, somos esclavos de uno o más humanistas muertos que fijaron los términos de referencia a través de los cuales vemos al mundo.

En su larga historia como primera forma de conocimiento académico, las humanidades fueron criticadas frecuentemente por su carácter subversivo. El hecho de que hoy haya quienes cuestionan si las humanidades tienen algún tipo de impacto, refleja la manera cruda y miope en que hoy se mide y se juzga el valor del conocimiento académico. Tal vez esto sea conveniente para las criaturas cuyas vidas son “solitarias, pobres, desagradables, brutas y cortas”, para recordar la descripción de Thomas Hobbes del estado de la naturaleza. Pero comete una grave injusticia con quienes todavía aspiramos a una humanidad hecha y derecha.


Steve Fuller es profesor de sociología en la Universidad de Warwick.


Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

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