Jorge Eduardo Arellano
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Si bien es cierto que la lucha de clases es la “fuerza motriz de la historia”, las relaciones de clase establecen las condiciones objetivas específicas en cuyo marco se produce dicha lucha. Los cambios en la relación entre capital y trabajo toman forma mediante la lucha de clases, a la vez que la determinan, y el resultado probable: mayor poder y más altos beneficios para la clase capitalista o mayor poder y más altas ventajas sociales para la clase trabajadora.

Es evidente que la lucha de clases siempre adquiere una configuración política e ideológica y se manifiesta más concretamente cuando se ensancha la brecha entre la masa salarial y la masa de ganancias, si el capital (tal y como sucede realmente), impone todo su poderío a favor de la ganancia y en detrimento de la masa salarial cuya cuantía tiene pendiente negativa (casi siempre), estaremos frente a un triunfo permanente del capital sobre el trabajo.( Es imposible la equidad entre ganancias y salarios porque el capital entraría en contradicción consigo mismo).

Sin embargo, si inscribimos la lucha de clases en el marco de una dimensión meramente economicista perdería su substancia, porque la lucha de clases, si bien es resultado directo de esa relación capital ver su trabajo asalariado, de esta relación se desprenden otras categorías de orden cualitativo que la dan consistencia a la lucha política diaria, estamos refiriéndonos al carácter cultural y espiritual dentro de los cuales se manifiestan valores como la solidaridad, tolerancia, espíritu colectivo, transparencia, libertad para la discrepancia y el estímulo a la creatividad de los seres humanos, todo lo anterior enfocado hacia el bien común.

El Neoliberalismo es resultado de la reconstrucción de las posturas clásicas (de Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus y John Stuar Mill) y Neoclásicas (de Carl Menguer, Leon Walras, Alfred Marshal), estas últimas fundamentadas en el subjetivismo de la escuela Austriaca, siendo el representante más prominente Friedrik Von Hayek, y cuya postura se fundamenta en el individualismo metodológico, considerando a los trabajadores y organizaciones como meras agrupaciones circunstanciales, porque lo verdaderamente relevante es la “individualidad” y el único criterio de libertad es el mercado.

Ahora bien, la globalización con todo el arsenal tecnológico, productivo y comunicacional, ha simplificado el mundo. Para todos los efectos el espacio y el tiempo son magnitudes relativas, pero los espacios donde se producen las relaciones de clase siguen siendo los mismos estados nacionales, pero dentro del espectro neoliberal la lucha de clases ha mutado desde luchas emblemáticas por reivindicaciones y acceso al poder hasta la gestación de una indetectable y extrema “violencia de la calma” tal como lo señala Viviane Forrester en su libro El horror económico ( 1999). De la explotación a la exclusión y de esta última a la eliminación total.

La globalización y su gran “falacia el neoliberalismo” han instalado bajo el signo de la cibernética y otras tecnologías de punta, que ejercen el poder y se parapetan en zonas herméticas, casi esotéricas lo que conlleva a una desrealidad, donde la “horda de buscadores de empleo apenas representan un ejército pálido de espectadores que no volverán”.

Sin embargo, las relaciones de clase y sus luchas continúan estando encajadas en el sitio interno/nacional. El llamado capital global no es nada más que la fracción internacionalizada del capital en cada formación social, en virtud de su inserción en las relaciones nacionales de clase, aún la fracción internacionalizada del capital todavía necesita del estado nacional en la regulación del régimen de acumulación y la formación de proyectos hegemónicos.

El proceso de globalización aumenta la polarización entre ricos y pobres y profundiza el desarrollo desigual generando un enorme crecimiento de la masa de excluidos, que incluye el aumento de la población marginal en los países centrales. Ésta es una importantísima manifestación fehaciente de la entronización de la lucha de clases y de la expansión del neoliberalismo.

El neoliberalismo o la ortodoxia de libre mercado es en nuestro país la única que cuenta dentro del sistema. La Asamblea Nacional, por ejemplo, crea leyes en las que el debate de las ideas, los argumentos filosóficos, las posturas ideológicas y la misma lucha de clases han cedido el lugar al cálculo de intereses y las oportunidades de aumentar poder; esto es acompañado por una mera manipulación de las masas y la propaganda visual.

No existen en Nicaragua contradicciones de tipo político e ideológico entre partidos, las contradicciones se manifiestan en el plano de los intereses económicos particulares, y las masas populares son vistas como clientes de mercado que sólo sirven en los momentos de compra y venta de votos a cambio de imágenes virtuales, promesas virtuales, diputados virtuales que no se sabe de quiénes son líderes, quién los Eligió y a quién representan.

En consecuencia, el Parlamento no representa corrientes ideológicas de diversos opiniones entre la gente, si no que más bien es un medio de distribución del poder y el sur plus social entre las diversas facciones de las clases dominantes.


*Coordinador de investigación.

Facultad de Administración, Comercio y Finanzas.

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