Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

Después de la justa euforia de los rehenes liberados de la legítima alegría de sus amigos y sectores sensatos del mundo, debemos volver los ojos, la atención a la situación de fondo real, estructural que vive Colombia. Esta realidad no podría ser cambiada con una acción incruenta y victoriosa como la liberación de parte de los rehenes, pues el problema de Colombia nunca ha sido el problema de rehenes, aún con su resonancia mediática.

Después de la justa “cruda”, están ahí los 29 mil combatientes las FARC, controlando parte del territorio colombiano, los no menos de 10 mil efectivos de las fuerzas paramilitares, el narcopoder y las fuerzas armadas regulares con su peso decisivo en el gobierno colombiano.

La sociedad colombiana como latinoamericana y mundial, quieren la paz con justicia en Colombia. El problema ahora es la voluntad política del gobierno y las FARC de parar el desangre y la violencia.

Está claro para cualquier observador sensato, independientemente de su ideología, que la guerra en Colombia no puede continuar, que existe un empate estratégico. La guerrilla no puede tomar el poder por la vía de las armas, ni el gobierno eliminar a la guerrilla por la vía de las armas. Sería insensato e irresponsable asumir que las FARC están acabadas, peor aún, intentar acorralarlas sin que medie un baño de sangre.

Muchas organizaciones irregulares en el mundo resistieron y remontaron golpes demoledores que llegaron casi a su aniquilamiento, pero lejos de ser derrotados, se recompusieron y volvieron tras el poder.

Creo que el gobierno y guerrilla deben dar los primeros pasos que señalen voluntad de diálogo: las FARC pueden liberar unilateralmente y sin condiciones a los rehenes, el gobierno puede liberar todos presos políticos, comenzando por los que ya han cumplido condena.

Las declaraciones últimas del Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, prácticamente ha descalificado, al menos a la Secretaría General, para intervenir imparcialmente en la búsqueda de una solución negociada al conflicto colombiano. Por lo tanto, las Naciones Unidas podrían intervenir como mediadores para avenir voluntades y posiciones en función de instalar un diálogo político.

El Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Padre Miguel D´ Escoto, en coordinación con el Secretario General, Ban Ki-moon, podrían coordinar la conformación de un grupo mediador que puede tener como uno de sus actores al Grupo de Río, incorporándose estadistas centroamericanos como Daniel Ortega y el Nóbel Oscar Arias. El lugar inicial de los primeros contactos que no tienen porque ser oficiales, sino conversaciones, previas al diálogo, cuya función es allanar el camino hacia el diálogo, podrían realizarse en Nicaragua como un espacio natural de reconciliación, construcción de paz y con la rica experiencia que significó Manzanillo, Contadora, Esquipulas y Sapoá en nuestro propio conflicto regional pasado. Nicaragua tiene consigo la Iniciativa Mundial de Reconciliación que declara el próximo año como “Año Internacional de la Reconciliación”, lo cual le da a Daniel un instrumento y posición excepcional para trabajar por la paz en Colombia. Nuestro país debe transformarse en un espacio donde comiencen a generarse las condiciones de paz en Colombia.

Es correcta la afirmación de Fidel llamando a las FARC a la liberación unilateral y sin condiciones de los rehenes, dialogar, negociar, sin rendir las armas, pues ya el último proceso de diálogo en la misma Colombia expuso a las FARC a que les diezmaran 3 mil combatientes a manos de los paramilitares y el Ejército; la rendición de las armas será, no un punto de partida sino fruto del diálogo y la negociación para la paz, lo cual tendrá que pasar también por el desmantelamiento de las fuerzas paramilitares, la formulación de una política nacional coherente sobre el narcopoder y los problemas sociales no resueltos en 50 años de guerra; cualquier planteamiento de desarme unilateral, es extremadamente, cuando menos ingenuo, del peligro que conlleva.

Daniel debe aprovechar sin miramientos y con carácter de urgencias la providencial invitación del Presidente Uribe a visitar Cartagena para dialogar. Estamos seguros que de ese diálogo pueden surgir nuevas, viables y urgentes iniciativas que allanen el camino al diálogo, afirmando el liderazgo que el Presidente Ortega está llamado a desempeñar en aras de la unidad, paz y reconciliación latinoamericana.


*Director del Instituto
“Martin Luther King”. Upoli.

imlk@upoli.edu.ni