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Tantas cosas pasan inadvertidas entre la tumultuaria cotidianidad, que hasta las palabras más corrientes esconden su significado o similitud con hechos y situaciones que les dieron vida. Pienso, por ejemplo, en el Magistrado (“oficial civil, revestido de autoridad judicial o administrativa”) que cuando se trata del Primer Magistrado, es sinónimo de Presidente de la República. El Magistrado, también es el miembro de los tribunales como el de Justicia y de Contraloría (y como aquí es costumbre darle alta categoría a cualquier cosa, siempre que los dueños del poder quieran revestir de autoridad a sus agentes políticos, también lo son los del Electoral).

El rimbombante título de Primer Magistrado de la Nación sustituye al democrático título de Presidente de la República. Pero ha sucedido, que más de un Primer Magistrado de los que ha tenido nuestra nación no ha hecho mérito al título. Lo han ostentado desde asesinos (los Somoza) hasta ladrones (Alemán). La historia, no me deja mentir.

Lo de Primer Magistrado, deduzco que también devino de la intención de darle al presidente una imagen de formador, educador o guía conductor del buen comportamiento social de sus conciudadanos. Una especie de maestro de civismo, papel imposible de cumplir para los personajes carentes de formación cívica sólida y comprobable a través de su propia conducta.

¿Cuál podría ser para el Primer Magistrado su instrumento educativo? El discurso por medio del cual, al mismo tiempo que le sirve para transmitir sus mensajes a la nación, le sirva para esclarecer sobre las causas de los problemas nacionales y convencer sobre la justedad de sus respuestas con su proyecto político. Su finalidad lógica, sería recabar la comprensión de la ciudadanía y, luego, si fuera convincente, su participación en la construcción de una sociedad democrática con justicia social.

Es una teoría que no ha encontrado respuestas en nuestra realidad histórica. Por eso, no hace falta mucho esfuerzo para distinguir la idea –o el ideal— del discurso educativo del Primer Magistrado del discurso cotidiano que escuchamos a nuestro Presidente actual, porque, sencillamente, no tiene coherencia con la necesidad de conducir al país de una forma cívica y democrática. Y de sobra conocemos las causas por las cuales no es posible hallar nada educativo en el discurso del Primer Magistrado.

El contenido del discurso oficial, en primer lugar, busca la defensa de su proyecto político exclusivista y familiar. Cuando aborda las profundas contradicciones socio económicas característica de nuestra sociedad, de donde arranca el atraso y la pobreza de millones de personas, no lo hace para encontrar la mejor vía de solución, la cual, en nuestro medio, sólo será posible con un consenso nacional, sino para arremeter contra todo el que crítica las políticas del gobierno. Con el discurso de Primer Magistrado de la Nación podría ganar comprensión, tolerancia o alianzas; en cambio, se afana en provocar el rechazo y la enemistad con sus agresiones verbales y acusaciones absurdas.

No necesito insistir en la agresividad del discurso del Presidente, porque todos lo escuchamos. Pero es bueno hacer notar la contradicción de su discurso con la necesidad nacional de lograr la participación y no la exclusión. El afán de imponer por sobre todo la autoridad no ética ni formativa, sino la autoridad de ordeno y mando; de obligar a ver todo según su propia visión, va parejo con su omisión del costo de la vida y otros problemas vitales.

El Presidente actúa como si nada fuera cierto de lo que se denuncia y se critica de su administración. Por ello, no ofrece la mínima explicación acerca de los abusos denunciados, del negocio con la colaboración venezolana y otros. Aunque se tratara de una mala percepción del público y los medios de comunicación, como él dice, hace caso omiso de su cargo de Primer Magistrado en vez de cumplir con su deber de abordar esos temas. El discurso educativo e informativo no aparece, sólo el discurso confrontador, retador y pendenciero. Y los abusos siguen ahí, impunes, como sus responsables.

El Presidente se desempeña al margen de la legalidad institucional; controla las instituciones con rigurosidad partidaria; maneja sin control legal sumas multimillonarias; derrocha dinero de forma ostentosa, con arrogancia y burla en propaganda personal y en actos fastuosos ante un pueblo hambreado. Una tal conducta, lo mínimo que provoca en la ciudadanía, es la crítica, y a ésta responde con declaraciones de “guerra” y atacando sin respeto para nadie ni siquiera para su cargo.

Lo vemos y lo sentimos a diario. Pero quizá no todos sospechemos alguna de las causas de la agresiva personalidad del Presidente. Pareciera un problemas psicológico el hecho de que se encuentra más a gusto, y aparentemente también realizado, en un clima de violencia. Algún especialista debería ocuparse de este fenómeno. Yo me limito a pensar empíricamente en que en nuestro Presidente parece estarse expresando el refrán de que “árbol que nace torcido, nunca su rama endereza”.

El Presidente formó su personalidad con una juventud truncada por la dictadura, cuya opresión armada debió ser respondida con la fuerza armada. Participar en esta lucha, requirió de unos la dureza de carácter para mandar sin consultar, y otros la obediencia disciplinaria, sin discutir. A nuestro futuro Primer Magistrado le tocó ser de los primeros, incluso en la cárcel, donde endureció el estilo. Ahí le conocí (1968).

En la cárcel, es más importante la solidaridad que la discrepancia, máxime que todos éramos víctimas de la misma dictadura. Mis diferencias con los compañeros del futuro Primer Magistrado fueron postergadas a favor de la solidaridad. De los demás, sólo uno del FSLN discrepaba en algunos aspectos ideológicos y en cuanto a la solidaridad con el resto: Axel Somarriba.

Allí observé una demostración del estilo autoritario, y la ausencia de interés en razonar para convencer del futuro Primer Mandatario. Con Somarraba no invocó la razón ni practicó la paciencia para convencerle de lo erróneo de su conducta no solidaria, sino que, ante una demostración de egoísmo de Axel, le lanzó con violencia a la cara su plato de comida acompañado de ofensas personales. Ahí terminó su gestión de jefe y la amistad con Somarraba, quien poco tiempo después renunció del FSLN por medio de una carta a La Prensa, en donde ocupó las ocho columnas de la primera página.

Después de aquello, no me constan otras acciones similares. Pero si no hubo cambio en las condiciones en las cuales nuestro futuro Primer Mandatario siguió siendo jefe en la clandestinidad, es evidente que su estilo de mando en vez de cambiar se reafirmó, pues hoy asoma el viejo estilo de mando desde su función de Primer Magistrado de la Nación. Pero si antes fue un incidente personal en una cárcel, hora es un problema político y social de toda Nicaragua.

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