Jorge Eduardo Arellano
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La lengua es un hontanar inagotable. Cada individuo la aprende dentro del grupo social, y conoce mejor su uso en la escuela y en la vida. A veces --como afirma Rosenblat--, se comporta como “una institución arbitraria y tiránica”, porque constituye un sistema de signos que recibimos como una imposición (un mamífero doméstico de la familia de los cánidos tengo que llamarlo “perro” y no “parra” ni “porra”).

Pero la lengua, por otra parte, se transmite de generación en generación y se adquiere por aprendizaje. Y aquí es donde comienza la libertad del individuo, porque no sólo se somete a los principios y leyes que rigen su funcionamiento, sino que se convierte en un creador frente a su propio repertorio lingüístico, porque dentro de los cauces normales aprende su lengua a su modo: afirma sus gustos y preferencias, selecciona según su criterio y recurre a las formas que mejor se acomodan a sus posibilidades expresivas. En ese juego --agrega Rosenblat--, entre institución tiránica transmitida tradicionalmente y actitud personal de cada generación, está la vida de la lengua.

Una agarrada o un agarrón, para el nica, es una pelea o una disputa verbal; y un agarrado es el mismo pinche, el codo, tacaño, que no da ni agua porque difícilmente suelta lo que puede dar.

El nica no capta una idea, sino que la agarra “así” (haciendo sonar el dedo índice con el mayor); ni se apropia de algo… simplemente la agarra y cuento acabado. Y agarra para cualquier lado: El amor se convirtió en “algo entre dos compañeros en una misma lucha con montañas de por medio, pues él agarraba para un lado y yo para otro” (Benigna Mendiola. END/20/08/08).

Pero el nica, también, es capaz de tratar con antipatía o mala voluntad o, como quien dice, agarrarla con alguien, o le da por acosar o fastidiar con insistentes bromas o reclamos; es decir, lo agarra de encargo, como lo agarra fuera de base o lo agarra movido cuando quiere sorprender. A veces, asume un comportamiento diferente al acostumbrado, y entonces sí que le agarra feo. Pero cuando quiere descubrirle sus planes a alguien, es capaz de agarrarle la movida o agarrarle la jugada.

La lengua culta responde más al criterio de unidad hispánica, y se somete con mayor disciplina a las normas que aseguran esa unidad. Pero la lengua popular y familiar tiene un color local y es más vivaz y espontánea. Hay nicas dados a las murmuraciones o chismes. ¡Meras habladas! O a esa conversación inoportuna y perturbadora para quien la oye. ¡La pura habladera! Y se oye la habladera, es decir, ese rumor o ruido confuso de voces.

Y es que la lengua oral es vivaz, pero sobre todo viva y por eso afectiva: está íntimamente ligada a nuestras emociones y voliciones, ansiedades y temores. Y para expresar los hechos, muchas veces deforma las ideas y las palabras para acomodarlas a sus propias necesidades de expresión. Por el hablado o modo de hablar nos damos a conocer desde lejos; pero un compadre hablado se conoce mejor, porque subrepticiamente se ha puesto de acuerdo con otro.

Un hablador es un fanfarrón, un tipo presumido que hace alarde de lo que no es; o un imprudente, que no tiene sensatez ni cautela en lo que dice. Pero un hablantín habla hasta por los codos: “Borge tenía 35 años, yo 19; él era fogoso y hablaba hasta por los codos” (JEA, END/19/08/08).

El nica habla claro cuando dice la verdad sin tapujos, aunque hable duro, con voz fuerte y sonora. Con frecuencia habla golpeado, en tono fuerte y altanero, aunque hable mierdas o hable paja por las tonterías o impertinencias que dice. Pero lo peor, es cuando habla pestes, porque emite comentarios en perjuicio de un ausente. Eso sí, se abre su corazón en todo hablatón, porque sabe que se trata de un conjunto de actividades que, con el apoyo de las transmisiones radiales, se realizan generalmente para recaudar fondos con fines benéficos.

Por eso los nicas hemos inventado nuestro propio vocabulario, es decir, nuestras voces que por su forma y sobre todo por su significado nos distinguen de las demás comunidades lingüísticas. Así, para un mexicano de Tabasco arrechar es estar en celo, pero para un nica es disgustarse; un mexicano o un venezolano bolea (limpia los zapatos); pero para un nica no es fácil que lo boleen, porque lo mandan a uno de un lugar a otro evadiendo cada quien la responsabilidad en el caso. Un bolo en nuestro país es un ebrio, pero vea usted la diferencia: moneda común en Venezuela, gallo sin cola en Cuba y cuchillo largo como machete en Filipinas.

En Colombia, Puerto Rico, México y Venezuela, hartón es un plátano grande; pero en Nicaragua, un hartón de hermosa timba se come ese y otros plátanos más con chancho frito, porque para él toda hartazón es una hartadera, aunque se esté muriendo después de la hartada.

Sigamos el consejo de Don Quijote a Sancho Panza: “Come poco y cena aún más poco, que toda la salud del cuerpo se fragua en la oficina del estómago”.


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