Jorge Eduardo Arellano
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Una corriente de pensamiento difundida en India a través de maestros de yoga, promueve la idea de que la existencia física es algo repugnante y sucio de lo que, los seres humanos que queremos “crecer” espiritualmente, debemos huir. Lo mismo se promueve desde la religión católica; esto provoca que vivamos la experiencia física con culpa y dolor.

Cuando no queda otra vía, métodos radicales de protesta como la huelga de hambre o auto inflingirse castigos y daño al propio cuerpo, han sido usados históricamente en contextos de opresión para hacer oposición y resistencia a sistemas que se autoproclaman únicos.

Entonces apelamos a la compasión, a despertar la compasión humana o los vestigios de ella, para movilizar las voluntades en función de nuestras demandas y deseos. Muchas veces recurrir a estos métodos sin antes agotar las vías, suele ser una manera de justificar el fin a través del medio, un medio en apariencia pacífico, pero que en realidad entraña mucha violencia y agresión, la peor de todas, diría yo, el daño al propio cuerpo.

El medio justifica el fin, sobre todo si el fin es un valor desprestigiado, como es el poder político, y por ende el poder económico.

Pero no es con el físico con el que deberíamos comenzar un proceso, sino con la mente y el corazón. De lo contrario sería poner la carreta delante del caballo.

Quienes celebran y alientan este tipo de sacrificio calificándolo de heroico, son irresponsables con el curso natural de la vida.

Lo primero es limpiarnos del pasado, de los rencores. Auto aceptarnos tal como somos, con nuestros deseos y anhelo, sin permitir que los rencores e insatisfacciones conduzcan nuestros actos en nombre de una supuesta libertad que no ha empezado por nosotros mismos.

Del otro lado y de ambas partes, la situación generada responde a una profunda y creciente intolerancia. Todo tiene su lugar y razón de ser en la jerarquía universal. La tolerancia es un DEBER que debemos imponernos. La tolerancia debe comenzar con tolerarnos a nosotros mismos, con nuestros deseos y anhelos, vivir la experiencia física sin culpa, dolor o rencor. La tolerancia debe abarcar toda nuestra vida: desde tolerar nuestro propio cuerpo, deseos y anhelos, hasta tolerar la forma, deseos y anhelos de los demás.

De la tolerancia surge la comprensión, la caridad y el amor. La tolerancia genera amor y no al revés. Un axioma popular, y por eso sabio, dice que solamente quienes tienen odio hacia sí mismos en su corazón, lo proyectan al mundo.

“Ningún sistema se puede atribuir a sí mismo de forma exclusiva, importancia o efectividad total. Si una montaña tiene una cumbre, es porque tiene una base que la sostiene”. P. Rajagopalachari, maestro hindú.


La Cavanga, junio 2008