Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

CAMBRIDGE
La historia muchas veces se escribe en términos de héroes militares, pero el enorme potencial de liderazgo humano va de Atila el Huno hasta la Madre Teresa. La mayoría de los líderes cotidianos siguen sin ser aclamados. El rol del liderazgo heroico en la guerra conduce a un énfasis excesivo en el mando y control y en el poder militar duro. En los Estados Unidos de hoy, el debate presidencial se produce entre el senador John McCain, un héroe de guerra, y el senador Barack Obama, un ex organizador de la comunidad.

La imagen del líder guerrero perdura en los tiempos modernos. El escritor Robert Kaplan señala el nacimiento de una “nueva clase guerrera tan cruel como siempre y mejor armada”, que abarca desde los mafiosos rusos y los cabecillas del narcotráfico en América latina hasta los terroristas que glorifican la violencia a la manera de los antiguos griegos durante el saqueo de Troya. Kaplan sostiene que los líderes modernos deben responder del mismo modo y que el liderazgo moderno exigirá un ethos pagano arraigado en el pasado.

Los guerreros inteligentes, sin embargo, saben cómo liderar con algo más que el simple uso de la fuerza. Los soldados a veces bromean diciendo que la descripción de su trabajo es sencilla: “matar gente y romper cosas”. Pero, como descubrió Estados Unidos en Irak, los corazones y las mentes también importan, y los guerreros inteligentes necesitan del poder blando de la atracción así como del poder duro de la coerción.

De hecho, una imagen excesivamente simplificada del liderazgo al estilo guerrero del primer mandato del presidente George W. Bush implicó contratiempos costosos para el papel de Estados Unidos en el mundo. Un Aquiles moderno viril no es el mejor líder guerrero en la era de las comunicaciones de hoy. El liderazgo militar hoy requiere habilidades políticas y gerenciales.

Muchos gobernantes autocráticos --en Zimbabwe, Myanmar, Bielorrusia y otras partes-- todavía lideran a la antigua. Combinan miedo con corrupción para mantener a las cleptocracias dominadas por “el hombre grande” y su camarilla. Una buena porción del mundo está gobernada de esa manera.

Algunos teóricos intentan explicarlo con una “teoría de liderazgo del macho alfa”. El psiquiatra Arnold M. Ludwig, por ejemplo, sostiene que de la misma manera que los monos, chimpancés o simios machos automáticamente empiezan a asumir más responsabilidad para su comunidad en particular una vez que alcanzan la condición dominante de macho alfa, lo mismo sucede con los gobernantes humanos.

Pero este tipo de explicaciones socio-biológicas del liderazgo tienen sólo un valor limitado. Hasta el momento no se ha identificado ningún gen del liderazgo y los estudios de gemelos machos idénticos y fraternales determinan que sólo un tercio de sus diferencias a la hora de ocupar roles de liderazgo formales puede encontrar una explicación en los factores genéticos. Si bien esto sugiere que las características congénitas influyen en el modo en que la gente desempeña determinados papeles, deja mucho espacio para que el comportamiento aprendido influya en los resultados.

Aún así, un efecto de la actitud tradicional de guerrero heroico en lo que concierne al liderazgo ha sido el de apoyar la creencia de que los líderes nacen y no se hacen, y que la naturaleza es más importante que la educación. La búsqueda de los rasgos esenciales de un líder dominó el campo de los estudios de liderazgo hasta fines de los años 1940, y sigue siendo frecuente en el discurso popular de hoy.

Una persona alta y apuesta entra en una habitación, llama la atención y “parece un líder”. Varios estudios demuestran que los hombres altos suelen ser más favorecidos y que los CEOs corporativos son más altos que el promedio. Sin embargo, algunos de los líderes más poderosos de la historia, como Napoleón, Stalin y Deng Xiaoping, apenas medían más de 1.50 metro.

El enfoque centrado en los rasgos no ha desaparecido de los estudios de liderazgo, pero se ha ampliado y se ha vuelto más flexible. Se llegó a considerar a los rasgos como patrones consistentes de personalidad más que como características heredadas. Esta definición mezcla naturaleza y educación y significa que, hasta cierto punto, los “rasgos” se pueden aprender más que simplemente heredarse.

Decimos que los líderes son más enérgicos, que asumen más riesgos, que son más optimistas, más persuasivos y más comprensivos que otra gente. Estos rasgos, sin embargo, están afectados en parte por la conformación genética de un líder y en parte por el contexto en el que se aprendieron y desarrollaron los rasgos.

Un experimento persuasivo recientemente demostró la interacción entre naturaleza y educación. A un grupo de empleadores se le pidió que contratara trabajadores que habían sido calificados por su aspecto. Si los empleadores sólo veían los antecedentes, la belleza no tenía ningún impacto en la contratación.

En cambio, sorprendentemente, cuando se incluyeron entrevistas telefónicas en el proceso, a la gente linda le fue mejor, aunque no fueran vistos por los empleadores. Una vida de afianzamiento social basada en su apariencia determinada genéticamente puede haber codificado en sus patrones de voz un tono de confianza que podía proyectarse por teléfono. Naturaleza y educación allí estaban íntimamente entrelazadas.

La genética y la biología importan en el liderazgo humano, pero no lo determinan como sugiere el enfoque tradicional del guerrero heroico. El “hombre grande” como tipo de líder funciona en aquellas sociedades basadas en redes de culturas tribales que descansan en el honor y la lealtad personal y familiar. Pero estas estructuras sociales no están bien adaptadas para hacer frente al mundo complejo de hoy basado en la información. En las sociedades modernas, las limitaciones institucionales como las constituciones y los sistemas legales impersonales circunscriben a este tipo de figuras heroicas.

Las sociedades que se basan en líderes heroicos son lentas a la hora de desarrollar la sociedad civil y el amplio capital social necesarios para liderar en un mundo moderno interconectado. El liderazgo moderno no tiene tanto que ver con quiénes somos o cómo nacimos como con lo que hemos aprendido y lo que hacemos como parte de un grupo. La naturaleza y la educación se entrelazan, pero la educación es mucho más importante en el mundo moderno de lo que reconoce el paradigma heroico.

Las sociedades de información modernas nos exigen ir más allá del enfoque de “hombre grande” en materia de liderazgo. Será interesante ver cómo juegan estos estereotipos clásicos en la contienda presidencial norteamericana este año.


Joseph S. Nye es profesor en Harvard y autor de The Powers to Lead (Los poderes para liderar).


Copyright: Project Syndicate, 2008.

www.project-syndicate.org