Jorge Eduardo Arellano
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Haifa
Los estadounidenses hablan del “estadounidense medio” y los ingleses del “inglés medio”. Ambos son conceptos casi míticos que supuestamente personifican el carácter auténtico de la nación. Israel también tiene su “israelí medio”, pero es muy distinto del concepto que describen estadounidenses e ingleses.

En lugar de ser más bien provinciano, el israelí medio es educado, bilingüe o multilingüe, y está muy bien conectado con el mundo exterior. Le ha dado a Israel el éxito en alta tecnología que el país ha disfrutado en la última década. El israelí medio es en gran medida secular, pero también incluye a los religiosos moderados. Es liberal y desprecia cualquier tipo de fanatismo, ya sea ortodoxo o nacionalista. Se basa en un firme espíritu, respaldado en las leyes, de igualdad de género que ha caracterizado al sionismo desde el principio.

El israelí medio no condena la homosexualidad y es claramente no xenófobo. Es en gran parte judío, aunque ahora una nueva generación de jóvenes profesionistas árabes está saliendo de las universidades y se está integrando --con dificultades-- al corazón de la sociedad civil. Y no olvidemos que el israelí medio está ganando dinero y pagando impuestos que apoyan a una amplia gama de tradicionalistas, fundamentalistas, chauvinistas y otros extremistas --judíos y musulmanes-- desde Gaza hasta Cisjordania, pasando por Jerusalén.

Esta mayoría silenciosa no tiene la representación que le corresponde en el Knessett, porque sus miembros evitan las carreras políticas. Es demasiado grande para considerarla una elite. No es exclusivamente urbana e incluye a personas de distintos orígenes culturales. Tiene una fuerte identidad común, recuerdos compartidos y una rica cultura. No se cierra al exterior ni es atávico.

Algunos palestinos tienen la esperanza de convertirse algún día en algo parecido al israelí medio. También les agradaría tener una vida, pragmatismo, creatividad e incluso alegría por sus triunfos. También les agradaría que se impusieran la moderación y la modernización, aunque tal vez no la secularización total. Estos palestinos son los aliados naturales del israelí medio.

Mis amigos europeos y estadounidenses, alimentados con una dieta exigua de reportajes periodísticos y análisis burdos hechos por algunos centros de reflexión, me preguntan a menudo por qué nuestras universidades están llenas de “post-sionistas” que se odian a sí mismos y que están en contra de Israel. Pero no lo están. El postsionismo es un espectro trillado, un término que floreció a mediados de los años noventa, cuando parecía que los líderes israelíes y palestinos estaban construyendo un proceso de paz. En respuesta, los israelíes desarrollaron rápidamente su propia tesis del “Fin de la Historia”, que indicaba que el sionismo pronto sería cosa del pasado, principalmente porque ya no habría necesidad de una ideología para apoyar lo que sería un Estado moderno normal, en paz con sus vecinos y los traumas de su pasado.

En ese entonces, los historiadores y los sociólogos analizaron los supuestos “pecados” del sionismo --por ejemplo, que hasta la fecha, los ciudadanos árabes de Israel nunca han gozado de derechos civiles iguales--. Otros estudiaron los crímenes contra los palestinos después de nuestra guerra de independencia, que fue de autodefensa. Mucha gente negó estos hechos; muchos otros los confrontaron. Quienes no éramos postsionistas, sino sionistas liberales, incluso estábamos orgullosos de la forma en que nuestra sociedad había iniciado esta fase de autoevaluación y autocrítica.

El problema más grave para el israelí medio es la situación de los palestinos en la ocupada Cisjordania y en la estancada Gaza. Nuestros líderes, desde Levy Eshkol (y en mucho mayor medida, Golda Meir) hasta Yitzhak Shamir, se equivocaron gravemente al no haber aprovechado la primera oportunidad para acordar una separación territorial y un horizonte temporal para la soberanía de los palestinos después de 1967. Se equivocaron gravemente al permitir que los colonos judíos se salieran con la suya en las cimas de las montañas bíblicas, mientras el israelí medio se hacía de la vista gorda. Se equivocaron gravemente --y esto se reconoce con menor frecuencia-- al desalentar a la clase media palestina moderada, gran parte de la cual ha salido de los territorios ocupados, dejando atrás una generación de guerreros jóvenes, ignorantes, hambrientos y enfurecidos.

Pero hay una solución al conflicto palestino-israelí. Es geográfica: una división del territorio y la separación de patrias que conlleva concesiones dolorosas pero viables de ambas partes. Jerusalén se dividirá, los refugiados palestinos no regresarán a sus hogares ancestrales y los asentamientos judíos en Cisjordania, al igual que sus contrapartes de Gaza, se desmantelarán o se les dejará a su suerte (lo que es inconcebible).

Por supuesto, a los extremistas no les agradará. En cambio, los moderados --todos los moderados-- la aceptarán, aunque sea a disgusto.

Si los moderados ganan, entonces por fin cobrará importancia el palestino medio. Si iguala al israelí medio, aunque tal vez al principio no entable amistad ni le agrade mucho, este tipo de palestino será la mejor noticia que el Medio Oriente haya recibido en mucho tiempo.

Por el momento, nosotros, los israelíes medios, debemos controlar a nuestros propios extremistas y esperar que los palestinos moderados triunfen.


Fania Oz-Salzberger es profesora de historia y Directora del Foro Posen de Investigación del Pensamiento Político de la Facultad de Derecho de la Universidad de Haifa; y tiene la cátedra Liberman de Estudios Israelíes modernos en la Universidad Monash. Entre sus libros se encuentran: “Translating the Enlightenment” e “Israelis in Berlin”.


Copyright: Project Syndicate, 2008.