Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

Todavía llueve en nuestro suelo bendito, a pesar de los acelerados cambios o desajustes que el cambio climático afecta al mundo por parejo. Repetir cuáles son los elementos dañinos es algo parecido a perder el tiempo en buscar soluciones; es el mayor depredador que existe junto a usted y a mí el que está destruyendo el medio ambiente: el hombre; que con sus desmedidas acciones por usurpar poder y gloria ha incrementado la temperatura del mar, lo cual ocasiona incesantes depresiones, tormentas y luego inmensos y destructivos huracanes de categoría cinco, capaces de borrar todo a su paso.

En países como los nuestros los suelos, que son nuestro escenario de sobrevivencia, sufren al máximo, pero en mayor dimensión los seres humanos que se adhieren a las riberas de los cauces, de los ríos, lagos, cerros y montañas, pues se acusa de un déficit brutal de viviendas y de la debida infraestructura que pueda paliar un poco los embates de la furia de la naturaleza.

Todavía llueve y hay que celebrarlo, sin embargo, es preciso tomar conciencia de que el oxígeno que todavía se respira, de las montañas o reservas forestales aún existentes, debe ser cuidado con la mayor estima o en su defecto con la ingente rigurosidad de las leyes, independientemente que esto ocasione mermas en las ganancias de la madera preciosa que sale a manos llenas por doquier, producto de la inoperancia burocrática para satisfacción del depredador.

Todavía llueve a pesar de los grandes árboles derribados, es espectacular la dimensión de los mismos cuando son llevados a los aserraderos para terminar la cadena que cercena la riqueza natural, que desaparece como agua entre las manos, así de fácil y sin poder hacer nada en vista de que estos señores orondos tienen la vacuna o el antídoto para salirse con las suyas.

La lluvia es el maná del cielo; el hombre parece querer hacer desaparecerla para convertir nuestro poético Sol en una verdadera tortura, que mine nuestra salud y la calidad del suelo, pues al desaparecer la lluvia, el suelo, se transforma en un inmediato desierto, a como se han convertido innumerables selvas en catastróficos arenales que llenan a la vida de sufrimiento y muerte. Y por supuesto, en la desaparición de toda esperanza, pues nuestro país nació para servirle al futuro. Defendámoslo entonces con carácter patriótico; ahora es tiempo de evitarlo. Imagínense por un momento Nicaragua sin Gallo Pinto y Tortilla, sería inverosímil.


*Docente UNI.