Jorge Eduardo Arellano
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Es imposible, en un mundo cada vez más globalizado, que demanda la integración regional bajo nuevas reglas de solidaridad y cooperación para navegarlo, desde una economía pequeña, dependiente y con profundos desequilibrios socioeconómicos de desigualdad y pobreza, con una incipiente calificación de su mano de obra sin oferta de empleo y que se ve obligada a inmigrar, sin desconocer los antecedentes históricos de intervención militar y política, los daños de la desmembración del territorio nacional en la proximidad a un país con tentáculos evidentes de expansión imperialista enfocado a la defensa de sus propios intereses que ha dado la espalda, equivocadamente, a América Latina, no desarrollar con sensatez una política exterior que tenga cuatro objetivos prioritarios cuya vigencia sean de largo plazo, asumidos como nación, trascendiendo un periodo gubernamental:

1. Obtención de flujos estables de cooperación externa bajo condiciones preferenciales, que permitan crear condiciones para la reducción de la desigualdad socioeconómica y la dependencia, contribuyan a reducir la extrema pobreza y la pobreza con audaces programas de educación y salud pública acordes a los objetivos del III milenio de desarrollo humano, promuevan el apoyo presupuestario, la sanidad macroeconómica sin sacrificar el gasto social tratando de solventar la amplia deuda social que el modelo de un capitalismo feudal impuso, apoyen la transparencia y el fortalecimiento institucional, la profesionalización de las entidades públicas, el desarrollo sostenible y protección medioambiental, las vías de comunicación (hacia el interior y la Costa Atlántica), la ampliación de la infraestructura social y económica.


2. Promoción de la inversión internacional, pública y privada, enfocada a sectores claves para el desarrollo, principalmente la generación energética limpia y renovable, sin ceder la capacidad de regulación y control pertinente del Estado, sin sacrificar los recursos naturales; al sector agropecuario para la producción de granos básicos y alimentos para el consumo, para la autosostenibilidad y la exportación, la diversificación de la pesca y el turismo; la construcción de viviendas populares, la generación de empleo de “calidad” que desarrolle los recursos humanos y no sea simplemente “maquiladora” de tecnología ajena sobre la que no se adiciona valor agregado y los principales beneficios se destinan a los dueños de los “enclaves de ensamblaje”.

3. Apoyar los procesos migratorios para proteger a los nacionales en el exterior, dado que más de un 1.1 millones de nicaragüenses, por razones principalmente económicas, residen en el extranjero, mayoritariamente en Florida, California, Costa Rica y otros países centroamericanos, son fuente de divisas a través de las remesas, las cuales se convierten en el segundo rubro de ingresos por exportación forzada de nuestra “mano de obra barata”. Esa numerosa población de nacionales y sus descendientes residiendo fuera, no pueden ni deben ser desvinculados de la vida política, cultural y social del país; se requiere promover acuerdos con los países receptores para su protección y legalización, disponer las oficinas diplomáticas y consulares para la comunicación y mantener el vínculo con esa importante parte de Nicaragua, casi del mismo tamaño poblacional de Managua.

4. Solución favorable a los intereses nacionales en los conflictos territoriales, presentando los argumentos nicaragüense en los foros jurídicos, académicos, periodísticos, políticos y diplomáticos respectivos, con un lenguaje firme pero no belicista, de respeto al derecho internacional, en donde, un país pobre y débil, abierto al diálogo equitativo, demanda sostenidamente a la justicia internacional la restitución del derecho legítimo e histórico sobre el mar, sus cayos e islas, el derecho soberano sobre el río San Juan y la precisión de otros límites con Honduras, Colombia y Costa Rica, que se ha pretendido quitar o usufructuar para beneficios extranjeros.


La política exterior debe pretender en esencia “vender la imagen de Nicaragua” en el exterior, ante otros gobiernos y foros internacionales; resaltar nuestras virtudes y facilitar que los nicaragüenses, sus productos, sus fortalezas y experiencias, su cultura e historia, sus bellezas naturales y riquezas, sean conocidas y que los derechos de la nación y sus ciudadanos, respetados. Habiendo generado un ambiente propicio fluya la cooperación, se facilite la inversión y se obtenga el apoyo político-diplomático a las gestiones que la nación emprenda. El nombramiento del P. Miguel D’Escoto como Presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas en 2008, puede ser una oportunidad aprovechable y es un éxito diplomático del Gobierno de Nicaragua.

Sin sacrificar los principios de soberanía, independencia y autodeterminación, es posible luchar por preservar esos objetivos, insistir con ellos independientemente de los cambios gubernamentales en nuestro país y en los vecinos cercanos y lejanos. Luchar por ello, no es sólo una ineludible obligación política de quienes ostentan el poder, también es un derecho que tenemos todos y todas las nicaragüenses para un futuro mejor. No podemos dar bandazos erráticos, ni responder con emotiva irresponsabilidad ante las volátiles circunstancias nacionales y extranjeras. Es importante preservar la dignidad revolucionaria de un país pobre que pretende salir de la pobreza, sin ofender ni desacreditar a quienes nos ayudan, tampoco “lamer las botas del capitalismo autoritario”, sin bajar la cabeza ante la “Europa colonialista”, pero sí reconociendo con gratitud el apoyo, pidiéndolo y aceptándolo sin condicionamientos, tal y como es, una obligación de quienes en el pasado (y aún ahora) lanzaron al abandono a un grupo de países empobrecidos, saquearon sus riquezas, crearon y apañaron dictaduras y gobiernos autoritarios, impusieron precios injustos a nuestros productos, aplastaron su resistencia anticolonialista, exterminaron, esclavizaron y arrancaron de sus raíces una multitud de negros, indios y mestizos, nuestros antepasados; ellos por lo tanto tienen una gran deuda, una culpa por saldar, agravada ante nuestras propias culpas y responsabilidades; nosotros necesitamos la ayuda económica y técnica. Nuestras circunstancias como país requieren prudencia en el discurso, el lenguaje, la actuación y la gestión, el contexto económico externo es obviamente adverso, la inflación de precios de los productos básicos que se escasean, el petróleo, insumo fundamental en nuestras vidas, presenta una creciente factura que (independientemente del crédito venezolano) es tres veces más alta de lo que el país podía pagar con dificultad hace cuatro años. Podemos alzar la voz con respeto, estamos obligados a poner sobre la vista pública los argumentos para defender los derechos nacionales, criticar la injerencia dañina y revertir las políticas nacionales excluyentes e impunemente sesgadas a favor de intereses oligárquicos o elitistas, para comenzar algún día, tal vez sea posible, a pensar en el ser humano, las personas, los nicaragüenses, prioritariamente quienes se encuentran más vulnerables en su posición social y económica
Una política exterior no puede ser ajena a la política de desarrollo humano nacional integral y sostenible. Son indiscutiblemente inseparables.


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