Ricardo Antonio Cuadra García
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III parte
Es necesario para comprender mejor las actuaciones de Eugenio Pacelli, analizar los desafíos que tuvo la Iglesia a principios del siglo XX. Los regímenes de corte liberal que habían surgido de la Ilustración eran hostiles a sus valores medievales. Los valores de igualdad, libertad y fraternidad, al igual que la búsqueda de la felicidad en este mundo y no en un mundo futuro especulativo, no calzaban con sus percepciones absolutistas y dogmáticas y menos con su práctica organizativa reflejada en la rigidez de su jerarquía eclesiástica. Las corrientes intelectuales modernistas empezaban a cuestionar la Biblia y la teoría de la evolución de Darwin contribuía más a ello. El Papado reaccionaba con temor a estas corrientes y no fueron pocos los libros que la Iglesia anatemizó e introdujo en su tristemente célebre Index Librorum Prohibitorum.

El poder del Papado estaba reducido al mínimo, ya no contaba con ejércitos a su servicio que en tiempos ancestrales le permitieron guardar su ortodoxia y su influencia en la sociedad. El Papado veía cómo los Estados formaban alianzas al tiempo que se armaban para reafirmar sus ambiciones territoriales. El Papa León XIII visualizó el problema y manifestó su interés para que una serie de leyes canónicas se organizaran en un código, para que así el Papado pudiese establecer nuevos concordatos con los Estados nacientes en Europa y restaurar la legitimidad del Estado Papal en el concierto europeo. No menos importante es que el Código Canónico se hiciera para disciplinar al clero masculino y a las religiosas, y aislarlos de las tendencias modernizadoras; Eugenio Pacelli fue uno de los padres del Código Canónico.

Antes de concluir la elaboración del Código Canónico (1917), la Iglesia representada por Eugenio Pacelli se dio a la tarea de empezar a negociar concordatos para restaurar la legitimidad del reducido estado pontificio. La oportunidad de oro se dio con el protectorado de Serbia, quien luchaba por su independencia del Imperio Austro-Húngaro. A pesar que el Estado Serbio era mayoritariamente cristiano ortodoxo, la Iglesia Romana negoció un concordato en el cual reconocía de hecho su independencia al no incluir en el tratado que Serbia era protectorado Austro-Húngaro. El Papado obtenía así el reconocimiento diplomático de un Estado extranjero, después de la desaparición del Estado Pontificio por la Unión Italiana en 1870, y al mismo tiempo contrarrestar la influencia de la Iglesia Ortodoxa sobre el clero y las minorías católicas de Serbia. El imperio Austro-Húngaro no se quedó con los brazos cruzados, pues su reacción fue de enérgica protesta, y los periódicos Austriacos de la época repudiaron con mucha ira el tratado y los ánimos de esos pueblos se enardecieron. El concordato se firmó unos días antes que en Sarajevo se asesinara al archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austriaco, lo cual fue la chispa que desencadenó la I Guerra Mundial.

En el período entre guerras no fueron pocas las críticas de la Iglesia a los valores de las democracias occidentales y no menos al proceso libertario femenino en la década de los veinte, cuando las damas de occidente se quitaban el corsé al ritmo del Charlestón. No fueron menores las críticas de la Iglesia al baile del Tango que inspiraba las canciones de Gardel.

Era el año 1929 bajo el papado de Pío XI, las coincidencias ideológicas con el naciente movimiento Fascista de Mussolini, se materializaron en el tratado de Letrán. Benito Mussolini era un enviado de la divina providencia manifestaba Pío XI. El tratado reconocía al Vaticano como Estado soberano, al tiempo que le daba ciertos edificios al Pontífice como el Castillo de Castelgandolfo para residencia de veraneo Papal. Italia asumía como única la religión católica y el gobierno Fascista le pagó 85 millones de dólares de la época como compensación por los territorios papales asumidos por el Estado Italiano en el siglo XIX. Es importante aclarar que estos Estados Pontificios tenían un origen fraudulento, en lo que muchos historiadores han llamado la estafa más grande de la humanidad, la tristemente célebre “Donación de Constantino”, documento elaborado por el Papa Zacarías en el siglo VIII. La gloria de la excelente negociación de los pactos de Letrán se la llevó el hermano de Eugenio Pacelli, Francesco Pacelli, diestro abogado de la Santa Sede.

El apoyo del Vaticano al régimen fascista fue incondicional, al extremo de tocar las campanas de todas las Iglesias de Italia cuando las tropas de Mussolini entraron triunfantes en la invasión de Etiopía, en 1935. Las tropas masacraron a miles de etíopes que se resistieron a la evangelización católica fascista.

En la década de los veinte, cuando Eugenio Pacelli fue Nuncio en Alemania, conoció a dos personas que iban a ejercer mucha influencia durante toda su vida: la monja Alemana Pasqualina Lechnert y el sacerdote Ludwig Kass. La primera fue vista en la época, como el poder detrás del trono en la burocracia Vaticana; el acceso al Pontífice era imposible sin la venia de la monja alemana. El Sacerdote Kass era el presidente del Partido del Centro de Alemania. Este partido se disolvió a principios de los treinta por efectos inmediatos del concordato que Eugenio Pacelli como secretario de Estado que Pío XI firmó con Adolf Hitler en 1933. Lo mismo había pasado en Italia con el “Partido Popular”, el cual había sido disuelto a consecuencia del pacto de Letrán para otorgar relevancia al movimiento de “Acción Católica”, alegórico al régimen fascista.

Este movimiento fue copiado en América Latina y en Nicaragua se le llamó “Camisas Azules”, dirigido por jóvenes intelectuales católicos convencidos de las virtudes del fascismo italiano. El concordato con Hitler obligaba al Vaticano y a los católicos a no participar en política en el tercer Reich, y la mayoría de los seguidores del “Partido del Centro” emigraron al partido Nazi de Hitler, lo cual permitió la toma del poder absoluto del Furher e inhibió a las fuerzas católicas para oponérsele. En tiempos de la II Guerra Mundial fueron muchos los occidentales que desconfiaban del obispo Kass, quien fue uno de los cercanos colaboradores del Papa Pío XII.

El Papa Pío XII, Eugenio Pacelli, también firmó en 1953 un concordato con Francisco Franco y avaló igualmente su dictadura. Los tres concordatos que la Iglesia firmó con dictadores totalitarios (Hitler, Mussolini y Franco), simbolizaban las coincidencias ideológicas que el Vaticano tenía con esos regímenes. Estas coincidencias son tres principalmente: el desprecio por los valores democráticos, el antijudaísmo militante y la fobia al comunismo bolchevique ateo. Por eso se comprende lo que algunos historiadores manifiestan cuando dicen que la trinidad personal de Eugenio Pacelli eran Hitler, Musolini y Franco. En la siguiente entrega analizaremos la “neutralidad dulce” y su consecuencia; un renaciente y vigoroso Estado Vaticano.

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