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Resulta asombroso observar cómo los nicaragüenses compartimos con Sísifo su esencia trágica. Las elecciones en Nicaragua han sido un despliegue de repetidas experiencias,  marcadas por la fragilidad de un proceso electoral nunca sereno, siempre convulso. La  apariencia de cada período electoral es novedosa. Pero si se observa detenidamente nos  damos cuenta, con horror, que en el fondo, los actores son los mismos, las situaciones  son las mismas, la urgencia y los temores son los mismos. Se descubre que estamos  donde empezamos, de manera cíclica. Se nos descubre una gigantesca farsa que se  repite una y otra vez.

Una de los características más fáciles de identificar es la exaltación de cada elección,  como una elección “crucial”, “definitoria”, “decisiva para la continuación o destrucción  de nuestra democracia”, y cosas por el estilo, acompañada de la inseparable sombra del  fraude. Hay que darse cuenta, eso sí, de que la democracia entendida en sentido lato por los  nicaragüenses, es el sólo hecho de celebrar un remedo de elecciones cada cinco años. Si  esta es una aseveración exagerada, por favor, que alguien me corrija.

Otra característica es destacar la importancia del voto. “¡Hay que votar!”, se pregona  por todos lo medios. Y hay que votar porque (como en todas las elecciones) si no  hacemos valer nuestro derecho, ¡Nicaragua se hunde! (¡¿más?!). No votar  es una  actitud antipatriota, nos dicen los partidos. Como que si alguno de los partidos haya  actuado -alguna vez- pensando en hacer Patria y no en función de los intereses de sus  dueños y asociados.

Abundan en las páginas de opinión de los periódicos, patrióticos ensayos de articulistas  que promueven el derecho cívico al voto. Da la casualidad que su celo y pasión por el  voto coinciden con su deseo para obtener o repetir una diputación.

Una diputación que  fue obtenida de la forma más antidemocrática posible: es una dádiva de uno de los  dueños de los partidos, que conceden a cambio de la más canina lealtad. Lo más trágico  es que este hecho es aceptado y forma parte de nuestra convención política. Los  diputados en Nicaragua son elegidos directamente por el dueño del partido, y ninguno – ninguno- ha sido designado candidato a diputado producto de una competencia  democrática en representación de un poblado, municipio o departamento. Y sin  embargo no dejan de ser tratados por los medios de comunicación, y sorprendentemente  por los independientes, como si no fueran impostores.

Así podemos seguir y seguir, identificando distintas y “novedosas” repeticiones, como el  re-descubrir antes de cada elección, la receta del desarrollo. En esta ocasión le tocó el  turno al FUNIDES (que nunca lo hacen los partidos).

Descubrieron, después de un  concienzudo estudio,  que para alcanzar un desarrollo sostenido del 7%, Nicaragua  necesita un acuerdo de nación, donde priven el fortalecimiento del Estado de Derecho,  la educación de calidad, reducir los costos de generación eléctrica y otras verdades de  Perogrullo, pero tienen el cuidado de recitarlas de tal manera que ningún político,  partido o gobierno se sienta aludido, y menos, ofendido.

No hacen falta las fervorosas jornadas de oración, de toda la gama de religiones cristianas, para que Dios ilumine a los votantes a tomar la mejor decisión para el futuro  de Nicaragua, a la hora de votar. Vergüenza les debería de dar, a tantos líderes  religiosos, el querer hacer creer que Dios tendrá algo que ver con lo que resulta después  de cada elección presidencial, hechas en un país llevado a la miseria económica y moral,  por los mismos actores políticos que se baten, apasionadamente, en la lid electoral.  

Y así como Sísifo, llegamos a la cumbre al cabo de cinco años, las elecciones presidenciales, donde ciframos nuestros mayores temores y las más grandes esperanzas,  donde estamos convencidos que todo culmina y desde donde creemos que todo se  transformará. Sólo toma unos cuantos instantes para darnos cuenta, al igual que Sísifo,  que la piedra está en el fondo, nuevamente, y que hay que empujar la piedra, pesada y  brutal, hacia arriba, una vez más, porque la esperanza está, nuevamente, allá en la  cumbre, en las próximas elecciones. Amén.